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martes, 18 de abril de 2017

Reseña: "Your name", de Makoto Shinkai

Había ganas de ver “Your name”, el anime más taquillero de la historia en Japón. Una película que ha conseguido arrebatarle ese puesto a “El viaje de Chihiro” de Miyazaki merece como poco una oportunidad, aunque en mi caso tenía ciertas dudas. La única película que había visto de su director, Makoto Shinkai, era “Viaje a Agartha”, y aunque había leído maravillas de ella y la pintaban como una producción a la altura del estudio Ghibli, para mí fue una completa decepción. Aun así, las críticas y los números de “Your name” eran tan apabullantes que sentía una enrome curiosidad por ella. Y puedo decir, ahora que la he visto, que entiendo su enorme éxito. Os cuento por qué.

Dos adolescentes, un chico y una chica, se intercambian los cuerpos y, de vez en cuando y sin que ellos elijan cuándo sucede, pasan un día entero viviendo la vida del otro. La premisa parece de lo más tonta, suena a comedia chorra para adolescentes, pero “Your name” es la prueba de que no importa tanto si una premisa es buena u original: lo importante es si sabes sacarle partido, y Makoto Shinkai lo hace sobradamente. A través del intercambio de cuerpos nos va presentando a unos personajes con los que es imposible no empatizar, y no deja de resultar curioso que a veces los momentos que más información te dan de un personaje, su vida y sus relaciones, sean los momentos en que es el otro protagonista el que ocupa su cuerpo.

Los primeros compases de la película son frescos y se pasan volando. Mientras el espectador va conociendo la situación, son los momentos cómicos los que marcan un ritmo muy bien llevado que va in crescendo. Pero el gran acierto del director japonés es que, cuando puede parecer que la película se va a quedar en eso, en una serie de situaciones cómicas sin más relevancia, cuando el espectador aún no lo sabe pero empieza a necesitar algo más, entonces Shinkai gira el volante y se lleva la historia por otra carretera. Y lo importante es que esto sucede de forma natural, sin romper la unidad de la cinta.

Una revelación importante da paso a la segunda parte de la historia, en la que aparece el drama y empieza una auténtica aventura. Los protagonistas tendrán que enmendar una situación aparentemente imposible. El espectador se implica emocionalmente porque el director lo ha preparado todo para que así sea, y aunque los momentos cómicos no desaparecen, ahora pasan a un segundo plano y se encargan de rebajar la tensión y mantener la unidad de la película. No diré nada más de la trama, ni siquiera si el final es satisfactorio o no. En vez de eso, y a modo de resumen, destacaré lo mejor de la historia: personajes carismáticos (incluidos los secundarios), una trama en la que el espectador se implica emocionalmente, cambios y giros bien llevados que aparecen justo cuando son necesarios y un ritmo perfectamente medido que sostiene la película estupendamente.

A la animación no se le pueden sacar pegas. Mientras los gigantes Disney y Dreamworks le han pegado una patada en el culo a la animación tradicional y parecen no querer acordarse ya de que un día existió, en Japón parece que encontramos un foco de resistencia que, esperemos, aguante muchos años aún. Pues llamadme clásico, antiguo o ignorante (o las tres cosas), pero a mí la animación tradicional me transmite una vida y una calidez que no encuentro en el mismo grado en la animación digital. Centrándonos en la película que nos ocupa, decir que los dos ambientes en que viven los protagonistas, el rural y el urbano, están perfectamente retratados y consiguen transmitir sensaciones claramente diferenciadas. Dominan los tonos pastel, en los fondos casi se aprecia el trabajo hecho a mano y, al igual que en las películas del estudio Ghibli, no hay grandes alardes, pero todo resulta precioso, funciona y deja que la animación esté al servicio de la historia y no al revés. A veces menos es más. Quizá el diseño de personajes, por poner alguna pega, resulta algo estándar y no se diferencia mucho de lo visto en mil series y películas de anime, pero el carisma de los personajes pronto convierte esto en una cuestión sin importancia.


No quiero acabar esta reseña sin hablar de la música que, como todo lo demás, funciona a la perfección alternando temas pop en los momentos más ligeros con otras piezas que resaltan la tensión, el drama y la emoción cuando es necesario.

En definitiva, “Your name” es una película llena de aciertos y de buenas decisiones, quizá la obra con la que Makoto Shinkai, después de muchos años y de varias películas luchando por erigirse como el nuevo referente de la animación japonesa post Miyazaki, al fin se ha ganado el puesto. Si tenéis ocasión de verla (yo vivo en una gran capital y solo la han puesto durante unos días en dos cines, tirón de orejas para la distribuidora), no os la perdáis. Su tremendo éxito, en mi opinión, es más que merecido.

sábado, 8 de abril de 2017

Dulce despedida

Luisa recorre los pasillos del edificio por última vez. Camina despacio, muy pegada a la pared, y a cada paso su cadera chilla de dolor. Si su médico la viese, le echaría la bronca, le diría que esa caminata era del todo innecesaria. Pero ella no quiere desaparecer sin más de la oficina. Algunos de sus compañeros de trabajo lo han sido durante más de veinte años, y no piensa irse sin despedirse de ellos.
Lleva una caja de bombones en la mano; y no son de una marca cualquiera, porque le han costado un dineral. La paga que le va a quedar no es para tirar cohetes pero, como detalle de despedida, puede permitírselos. «Lo importante ―piensa― es que haya para todos y que se los coman a gusto.»
Nada más llegar se planta ante la mesa de José Antonio, de contabilidad, que se sorprende al verla.
―¡Luisa! ¿Cómo tú por aquí? Pero si me dijeron hace ya meses que te habías pre jubilado.
A ella no le sorprende la reacción de José Antonio. En realidad ha estado trabajando hasta hace tres días, pero para ese tío siempre ha sido como si no existiera. A las más jóvenes y guapas de la oficina, en cambio, las tiene bien controladas.
―No, en realidad me operaron hace unos meses de la cadera ―contesta ella amablemente―. No sirvió de mucho. Después me incorporé y he intentado trabajar durante un tiempo, pero no puedo. Al final me han dado la jubilación, pero ha sido hace solo unos días.
―Ah, pues no tenía ni idea, mujer. En fin, una pena, ¿no? Aunque bueno, oye, mejor para ti, así ya te quedas en casa tranquilita. ¡Ya me gustaría a mí!
Aunque el comentario no le hace ninguna gracia, ella sonríe. Después abre la caja de bombones.
―Toma, coge uno. Son de los que van rellenos de licor. Están muy buenos.
―¡Muchas gracias! Oye, no tenías que molestarte.
―Solo es un pequeño detalle de despedida.
Antes de que José Antonio empiece a desenvolverlo, ella ya camina hacia la mesa de Sandra, de recursos humanos, que hace como que no la ve hasta que Luisa deja la caja de bombones encima de su mesa, a solo unos centímetros de su mano.
―¡Luisa, cariño! Ya me han dicho que es tu último día. ¡Ay, me da mucha penita que te vayas!
Luisa la mira y se acuerda entonces del día en que, metida en uno de los cubículos del cuarto de baño mientras intentaba recuperarse de un pequeño mareo, la oyó entrar en los servicios junto a Rebeca y ponerse a hablar de ella. Puta vaca, inútil y amargada fueron solo algunos de los piropos que, creyéndose completamente solas, le dedicaron. Luisa, sin embargo, le ofrece un bombón, y aunque Sandra se lo piensa y lo mira con cara de estomecuestamediaclasedespinning, al final insiste y consigue que lo coja.
A Iñaki lo pilla cerrando a toda prisa una ventana de su ordenador en la que aparece una rubia con las tetas fuera. Lleva la página web de la empresa y es todo un artista de la tecnología. Luisa nunca ha llegado a verlos, pero los memes y chistes que hace sobre ella y que comparte con todos los demás compañeros deben de ser muy graciosos, a juzgar por cómo los otros cogen el móvil, miran la pantalla y después se parten de risa mientras la observan a ella con más o menos disimulo. Se despide de Luisa de una forma muy fría, casi sin mirarla a la cara, y como ella sabe que es de buen comer, le ofrece un bombón y le anima después a coger otro.
Sigue repartiendo bombones por toda la oficina: a Jesús, que los invitó a todos a su boda excepto a ella; a María, la organizadora por excelencia, que hace un grupo de whatsapp cada vez que hay un cumpleaños y que, a partir del segundo año, dejó de incluirla ―además de no interesarse nunca por si ella también cumplía años alguna vez―; a Julián, su superior directo, que le habla y le pide las cosas como si fuera imbécil para luego acabar quejándose lo haga como lo haga; a Carla, que la cagó con un cliente importante y, para quitarse la mierda de encima, la acusó a ella de haber preparado mal la documentación necesaria. Va lenta y son muchos en la oficina, así que el paseo le lleva un buen rato. Todos le sonríen y le dicen lo mucho que la van a echar de menos. Nadie le da un abrazo, ni siquiera dos besos. Todos cogen su bombón y comentan lo bueno que está.
―Cuidado, que son de los que van rellenos de licor― dice ella cuando ve que van a darle un bocadito en vez de metérselo entero en la boca.
El último es Andrés, de publicidad. Se queda parada antes de acercarse a su mesa. Que ella sepa, es el único de la oficina que nunca la ha tratado mal. Cuando él despega los ojos de la pantalla y la ve allí plantada le sonríe y se levanta. Se queda parado un momento para dejar paso a José Antonio, que va corriendo al servicio con cara de urgencia, y después se acerca a ella.
―¡Luisa! Es tu último día, ¿no?
―Sí, ya me despido.
―Se te va a echar de menos.
Ella observa la caja de bombones, que ya no pesa ni la mitad que cuando llegó. La ha llevado abierta por toda la oficina, pero ahora la tapa impide que se vean los tres o cuatro bombones que quedan.
―No digas mentiras.
―Que sí, mujer.
Él le da dos besos, aunque enseguida tienen que hacerse a un lado para que Rebeca, que corre hacia el baño con la cara muy blanca y la mano agarrándose la tripa, no los arroye.
―Bueno, ¿y qué tienes ahí? ―dice él mirando la caja.
Luisa duda antes de abrir la tapa. Piensa a toda prisa en una excusa para no hacerlo, para marcharse de allí sin ofrecerle un bombón a Andrés. Lo único que se le ocurre es decir que ya no quedan, que ha calculado mal y que se han acabado antes de lo que tenía previsto. En esos pocos minutos de duda, mientras Luisa se concede el tiempo necesario para tomar una decisión alargando su conversación con Andrés de la forma más tonta, Julián se levanta de su mesa y observa con terror que en la puerta del único cuarto de baño de la planta hay dos personas esperando. Poco después, cuando Sandra sale corriendo para allá, ya son cuatro.
Pero Luisa piensa entonces que Andrés, de algún modo, ha tenido muchas ocasiones de defenderla: que podría haber intercedido para que la incluyesen en los grupos de whatsapp, para que la invitasen a las comidas que organizaban todos los compañeros, que podría haberse puesto de su parte cuando Carla le echó a ella la culpa de la cagada con el cliente. Andrés nunca la ha tratado mal ―al menos, no directamente―, pero está segura de que, cuando los demás la ponen verde e inventan chistes sobre ella, él no se tapa los oídos; que cuando le llegan mensajes al móvil con memes sobre ella, no deja de abrirlos. Y seguro que hasta se ríe y los conserva si la ocurrencia es buena.
Abre la tapa y le ofrece los pocos bombones que quedan. Para entonces los que hacen cola en el baño, encogidos y visiblemente nerviosos, ya han empezado a meterles prisa a los de dentro de muy malas maneras. Iñaki sale corriendo hacia las escaleras con la esperanza de llegar a tiempo a los servicios de la planta de abajo. A María, agachada y con la cara descompuesta, se le han empezado a escapar las lágrimas.
―Son de los que van rellenos de licor. De un bocado, ¿eh?


lunes, 13 de marzo de 2017

Te llames como te llames

Cuando se conocieron eran Manrico y Leonora. Fue durante un otoño en Praga. A él le hizo gracia su forma de apretar los labios  cuando se concentraba; a ella el fugaz destello de rabia que él no conseguía disimular cada vez que alguien le corregía. Solo trabajaron juntos durante unos días, pero lograron que la ciudad entera hablase de ellos. Después estuvieron dos años sin verse.
Cuando volvieron a coincidir eran Violeta y Alfredo. Esta vez se encontraron en Milán, donde se hizo evidente que entre ellos estaba a punto de surgir una relación que iba a ir mucho más allá de lo profesional. El Un dì, felice, eterea nunca había sonado tan sincero en la ciudad italiana.
En Madrid fueron Rodolfo y Mimí, y las lágrimas que a él se le escapaban cada vez que ella moría en sus brazos eran tan abundantes y amargas que superaron ampliamente las exigencias del director de escena.
Durante años vivieron su historia con muchos nombres. A expensas del libreto fueron Porgy and Bess en Nueva York, Cio-Cio-San y Pinkerton en Viena, Peleas y Melisande en París, Tosca y Mario en Barcelona. Aunque pocas, hubo también algunas noches sin máscaras: noches en las que olvidaron sus matrimonios y cambiaron camerinos, maquillaje y trajes pomposos por restaurantes discretos y habitaciones de hotel; noches en las que se atrevieron a dejar de lado arias y dúos y se comunicaron improvisando susurros, gemidos y caricias.
Pero fue en el escenario donde vivieron los episodios más intensos de su historia. Porque ahí no había necesidad de fingir, ni tenían que buscar las palabras: solo recitar las que otros habían escrito para ellos y dejar que la música las elevase a la categoría de arte. Sobre el escenario emocionaban a miles de personas dejándose llevar y recibían aplausos por decir las cosas que estaban deseando decir.
Cada noche, tras la representación, el escenario quedaba a oscuras, pero sus historias nunca se apagaban del todo. Porque ni siquiera la muerte, que casi siempre triunfa en la ópera, podía evitar que todo volviese a empezar para ellos al día siguiente.


jueves, 26 de enero de 2017

Reseña de Tigre y Dragón, la espada del destino.

Cuando me enteré de que Netflix iba a atreverse con una secuela de Tigre y Dragón, la película con la que el director Ang Lee deslumbró al mundo en el año 2000, me llevé una gran alegría. No es que el fuerte de Netflix sea la producción de películas, pero llevan un tiempo intentando corregir eso y pensé que esta producción podía suponer un fuerte golpe sobre la mesa por parte del gigante de las series en streaming. Además, iban a contar con una de las actrices de la cinta original, así que había motivo para la esperanza. ¿Cómo ha quedado la cosa? ¿Es una secuela digna de la original? Mi veredicto es un claro NO, pero voy a intentar argumentar mi opinión sin hacer leña del árbol caído y resaltando también las cosas positivas de la película, que las hay.


La espada del destino retoma personajes de la cinta original (uno de ellos aparece y a otros solo se los menciona) para contarnos una historia que tiene lugar quince años después. La actriz Michelle Yeoh se mete de nuevo en la piel de Yu Shu Lien, un personaje que en esta ocasión debe proteger la espada celestial que un día perteneció a su amado Li Mu Bai del villano de turno que intenta hacerse con ella para proclamarse líder de las artes marciales. En medio de todo esto aparece un personaje de su pasado, el interpretado por Donnie Yen, el fichaje de peso en esta producción que viene a llenar el vacío de Chow Yun-Fat sin conseguirlo.

La historia, como veis, tiene muy poca chicha, y si al menos estuviera apoyada por personajes magnéticos, buenos diálogos o imágenes y músicas sugerentes, como ocurría en la película de Ang Lee, se le podría perdonar. Pero eso no sucede: los personajes resultan poco interesantes porque desde el principio sabes de sobra qué lugar ocupan en la historia y, sobre todo, cómo van a acabar. Solo Michelle Yeoh y Donnie Yen consiguen irradiar algo de magnetismo, y es más por su porte y su carisma que porque tengan o hagan un buen papel. El resto de actores tienen papeles de relleno, lo cual es especialmente doloroso en el caso de la pareja joven, ya que hay un intento de darles protagonismo que no cuaja.

En esta película hay acción por un tubo. No pasan 10 minutos sin que veamos una pelea, lo cual es un acierto teniendo en cuenta que ni la historia, ni los personajes ni la dirección nos van a retener frente al televisor. Y todo hay que decirlo: las escenas de acción sí están a un buen nivel, con momentos brillantes. ¿Pero era Tigre y Dragón simplemente una película de artes marciales? No, ni de lejos: una persona que se acercara a ella sin otra motivación que la de ver peleas de chinos, se llevaría una gran decepción al enfrentarse a su ritmo pausado, sus silencios y sus sutilezas.

Podemos decir, para no alargarnos más de lo necesario, que Tigre y Dragón, la espada del destino, es una película de artes marciales entretenida, pero no esperéis encontrar ni un ápice de la poesía visual y sonora que había en la cinta original; solo la pelea sobre el lago helado tiene destellos de ese estilo, pero duran muy poco. Netflix ha sido valiente, y hay cosas muy dignas en esta película para tratarse de una producción que se salta los cines y la distribución en formato físico para llegar directamente a televisores, móviles y tabletas en streaming, pero es también una oportunidad perdida para hacer una película que podría haber supuesto un paso adelante en este tipo de producciones, hasta ahora algo flojas.

Una lástima.


domingo, 15 de enero de 2017

Amistad de acero

Tendría que haberme divorciado hace cinco años, fue lo que pensé al abrir la puerta de mi nuevo apartamento. Era un cuchitril viejo de una sola habitación que olía a humedad y estaba lejos del centro, pero allí, con una maleta gigantesca en la mano y buena parte de mi vida metida en grandes cajas, sentía que, por primera vez en años, dispondría de un espacio para mí. Esa casa no era la del marido de alguien, ni siquiera la de un padre de familia ―aunque mis hijos pasarían allí algunos fines de semana―: era mi propio apartamento, y me sentía emocionado.
―¿Esto es tu nuevo palacio?
Norman, un amigo, me estaba ayudando con la mudanza. En el portal ya había dejado claro que el sitio le parecía una mierda ―opinión que había repetido al ver la escalera y al subir al ascensor―, y ver el apartamento por dentro no le hizo cambiar de opinión.
―Ya sé que no es gran cosa, pero me gusta ―contesté intentando que no me contagiase su actitud―. Además, es algo temporal. Ahora he tenido muchos gastos con los abogados y todo eso; cuando me recupere, ya alquilaré otra cosa mejor.
Esa era realmente mi idea: instalarme allí durante unos meses, quizá un año. Me sentía como un joven recién salido de casa y me imaginaba lo emocionante que iba a ser la vida nocturna en libertad con mi grupo de amigos, pero claro que aspiraba a vivir en un sitio mejor. Solo tenía que darme un tiempo y ahorrar un poco. Idiota de mí, eso era lo que pensaba entonces.
Me pasé la mañana sacando cosas de las cajas y colocando lo más básico. Norman solo me ayudó durante un rato. Él todavía estaba en mi apartamento cuando abrí una caja llena de libros y de cómics antiguos.
―¡Oye, a mí esto me interesa! ―dijo agachándose y rebuscando entre los ejemplares. Para mí todo aquello era casi basura: libritos amarillentos y tan deteriorados en su mayoría que iban perdiendo páginas a medida que Norman los sacaba de la caja. Casi todos esos cómics habían pertenecido a mi abuelo. Excepto unos pocos que él mismo me había comprado ―casi siempre justo antes de entrar al estadio cuando me llevaba a ver jugar a los Nets―, todos tenían muchísimos años y unas portadas que no me resultaban en absoluto familiares. A decir verdad, aunque mi abuelo intentó contagiarnos a mi padre y a mí el gusto por esas historias de superhéroes y aventuras, ninguno de los dos llegamos a seguirlas con mucho entusiasmo. Si yo tenía todos esos cómics era porque, poco después de que mi abuelo falleciese, mi abuela insistió en que me pasara por allí y me los llevase como recuerdo.
―Si ves algo que te interese, cógelo ―le dije a Norman.
―¿En serio? Tío, aquí hay cómics muy antiguos.
―Ya te digo. Mi abuelo se los pasó a mi padre, pero a él tampoco le iban mucho.
―¿Cómo puede ser que no os gustaran? A todos los chavales les flipan estas...
De repente se quedó callado. Yo en ese momento estaba de espaldas a él, pero me giré extrañado por su silencio. Llegué a percibir que miraba con asombro el cómic que sostenía entre las manos: uno de los pocos ejemplares que mi abuelo ―o quizá mi padre años después― había metido en una de esas fundas transparentes para que se conservase mejor.
―¿Por qué te has quedado callado? ―le dije―. ¿Has visto algo interesante?
―No ―contestó apresuradamente dejando caer de nuevo el cómic dentro de la caja―. No, qué va; solo uno que me encantaba cuando era crío. Joder, es que me ha parecido mucha casualidad que tú también lo tengas ―añadió tras soltar una carcajada nerviosa.
―Llévatelo, ya te he dicho que te lleves lo que te guste.
―Sí, creo que cogeré algunos. Y volviendo a lo de antes... me parece raro que a tu padre y a ti no os llamaran la atención los cómics.
―Bueno, conociendo a mi viejo, apuesto a que descubrió el porno con doce o trece años y se olvidó de los superhéroes.
―Ya. Pues, si hay que echarle la culpa al porno, seguro que tú con ocho años ya no leías cómics ―bromeó.
No volví a pensar en esa conversación en mucho tiempo. Y, como es normal, las semanas y meses siguientes me los pasé acoplándome a mi nuevo apartamento. No tardé demasiado en descubrir que esa recuperación económica de la que le había hablado a Norman, la que me permitiría mudarme a un sitio mejor en cosa de un año, iba a ser mucho más difícil de lo que tenía previsto. Los gastos del divorcio solo habían sido el anticipo de lo que se me venía encima. Pronto me di cuenta de que, tras pagar la manutención de los críos cada mes, mi cuenta corriente quedaba tan exhausta que hasta el alquiler más barato suponía un verdadero lujo. Mi exmujer no tenía ese problema: el piso en el que vivíamos era de sus padres, así que fue ella quien se quedó allí disfrutando de una nueva vida en la que palabras como alquiler o hipoteca no significaban una mierda. Pero, en mi caso, los primeros días del mes se llevaban por delante buena parte de una nómina que, la verdad sea dicha, tampoco daba para muchas florituras.
El ritmo de vida que empecé a llevar tampoco ayudó mucho en ese sentido. Animado por una panda de amigos que me había acogido con los brazos abiertos tras unos años de vida familiar, empecé a olvidar la frontera entre la noche y el día. Al principio solo sucedía los fines de semana, pero esa era una frontera que también empezó a esfumarse poco a poco: al principio el fin de semana empezaba el viernes noche, después lo adelanté al jueves e incluso al miércoles, y unas semanas después me costaba distinguir si era sábado o lunes. Mis juergas eran baratas ―como mucho pasaban de la cerveza enlatada a la embotellada― pero, aun así y a fuerza de salir noche tras noche, mis gastos empezaron a multiplicarse. Si a eso le sumáis que el cansancio me hacía rendir menos en el trabajo y que cada vez me llevaba menos comisiones, no os costará imaginar que, unos pocos meses después, mi situación había empeorado bastante.
Pronto empecé a retrasarme con el tema de la manutención, y mi exmujer se mostró muy poco comprensiva. Las cosas como son: la muy zorra estaba deseando que cometiese el más mínimo error para lanzarme a ese perro que tiene por abogado. Al final la situación se me hizo insostenible: terminé bebiendo más de la cuenta para olvidar que mi vida se había convertido en un agujero de mierda; y, para poner la guinda al pastel, esa afición por la bebida acabó costándome el empleo. Fue poco después de eso, cuando llevaba unas semanas en el paro, cuando volví a acordarme de Norman, de la mudanza y de nuestra conversación sobre cómics.
Recuerdo que estaba en la cocina. Debían de ser las tres o las cuatro de la tarde. Yo estaba recién levantado y con resaca, como era habitual, pero aun así me había propuesto comer algo y ponerme a ojear las ofertas de empleo del periódico, por si el puesto de director de alguna empresa multimillonaria estaba vacante o por si algún país jodidamente rico y lleno de petróleo necesitaba un presidente corrupto. De fondo, el parloteo de la televisión; las noticias habían acabado ya con los asuntos serios y empezaban a zambullirse en las habituales chorradas y curiosidades que preceden al deporte.
―... gracias, Frank, los que tengan pensado cambiar de coche próximamente se alegrarán de oír eso. Y ahora pasemos a la siguiente noticia. ¡Un millón y medio de dólares! ―Como un perro que oye la palabra galleta, me olvidé del periódico y levanté la cabeza al instante―. Esa es la cifra récord que ha alcanzado un cómic en una subasta que tuvo lugar ayer, ¿verdad, Jessica?
Sí, pero es que no hablamos de un cómic cualquiera, sino de un ejemplar de la revista “Action Comics nº1” que, como quizá algunos de ustedes sabrán, contiene la primera aparición de Superman. No es la primera vez que un ejemplar de este cómic, del que se sabe que existen menos de cien copias en el mundo, alcanza cifras de locura, ¡pero hasta ahora nunca una tan alta!
―Y es que, al parecer, se trata de uno de los ejemplares en mejor estado de conservación que han aparecido en los últimos años. Nos lo cuenta todo...
Seguí escuchando la noticia con los ojos pegados a la televisión y con el periódico arrugado y roto entre mis puños apretados. Y es que en la esquina de la pantalla, junto al rostro sonriente del presentador, aparecía una imagen del cómic en la que se veía perfectamente la portada: Superman, con un diseño prácticamente idéntico al actual, levantaba con toda la facilidad del mundo un enorme coche verde. Como ya imaginaréis, no era la primera vez que yo veía esa portada; sin saber que ese cómic tuviese ningún valor, lo había tenido en mis manos, lo había metido en la caja al preparar la mudanza y lo había subido junto con todos los demás a mi nuevo apartamento. Sí, vaya que si me acordaba: era uno de los pocos protegidos por una funda. Y, aunque la caja seguía ahí, en un rincón tras del sofá, estaba claro que el cómic habría desaparecido. Fui corriendo a comprobarlo. Norman... qué hijo de puta.
No nos habíamos vuelto a ver desde el día de la mudanza. Yo lo había llamado un par de veces y él me había dado largas; como tampoco es que tuviésemos una relación muy estrecha, no me había resultado extraño que se mostrase tan esquivo, pero ahora empezaba a entender por qué me había evitado. Fui enseguida a su casa, llamé al timbre y golpeé la puerta, pero una vecina metomentodo me dijo que no había nadie en casa. Aproveché que no tenía otra cosa que hacer para visitar a un par de amigos que tenemos en común y preguntarles si sabían algo de Norman. Uno de ellos me dijo que también llevaba un tiempo sin saber nada de él, y el otro me contó que no lo había visto en semanas, pero que, según había oído por ahí, el tío se había comprado un cochazo. Pues claro que se habría comprado un cochazo, y no tardaría en buscarse una casa enorme en alguna urbanización pija. Millón y medio de dólares dan para mucho, joder. Pero estaba dispuesto a visitar a Norman antes de que se largase de la ciudad y me costase más seguirle la pista.
Esa misma noche, muy encendido y con demasiadas cervezas en el cuerpo, me presenté de nuevo en su piso. Esta vez pasé del timbre y aporreé la puerta dispuesto a tirarla abajo si era preciso. Solo había gritado su nombre dos veces cuando esta se abrió.
―Tú... ¿pero qué coño haces aquí a estas...?
Ni siquiera le dejé acabar la frase. Me abalancé sobre él y enseguida los dos perdimos el equilibrio cayendo al suelo. Aproveché que Norman estaba debajo de mí, confundido y sin saber aún qué pasaba, para darle un puñetazo que hizo saltar las primeras gotas de sangre de sus labios.
―¡Eres un hijo de puta! ―le grité.
―¿Estás loco? ¡Cálmate, joder! ¿De qué cojones va esto?
―Lo sabes de sobra. ¿Dónde tienes el dinero?
―¿De qué dinero me estás hablando, por el amor de Dios?
―¡Un millón y medio de dólares! ―Aún más enfadado por el hecho de que se hiciera el tonto, le solté otro puñetazo―. Eso es lo que me has robado, puto cabrón.
―¿Qué yo te he...? ¡Para de una vez, ¿quieres?! Déjame hablar.
Me levanté y dejé que él hiciera lo mismo. Se llevó la mano a la cara, puso una mueca de dolor al comprobar que tenía el labio partido y sus dedos se enrojecieron con el hilo de sangre que escapaba de su nariz. A mí, sin embargo, me pareció que aquello era poco castigo. El dejar que se levantara no era más que una pequeña tregua: estaba dispuesto a recuperar lo que me pertenecía o a romperle todos los huesos de la cara.
―¿A ti se te ha ido la cabeza o qué?  ―me gritó enseñándome su mano manchada de sangre―. Me parece que voy a llamar a la policía ahora mismo.
―El cómic ese de Superman ―dije yo ignorando su amenaza―. Te lo llevaste tú, ¿verdad?
―Que yo me llevé... Joder, ¿y yo qué sé? Me dijiste que cogiese lo que quisiera y pillé unos cuantos.
Di un paso hacia adelante amenazando con lanzarme de nuevo sobre él. Se encogió contra la pared.
―¡No te atrevas a mentirme otra vez, hijo de puta! ¿Me vas a decir que no sabías lo que valía?
―¿Pero tú eres idiota o qué? ¿En serio crees que alguno de los cómics que tienes vale una puta mierda?
―Ese de la primera aparición de Superman. Estaba en mi caja, lo recuerdo perfectamente. Esta tarde han dicho en la tele que se ha subastado un ejemplar por un millón y medio de dólares, Norman, ¡un millón y medio! Y luego voy y le pregunto a Jerry sobre ti y me dice que te has comprado un cochazo.
―A Jerry, no me jodas... ―soltó una risotada nerviosa―. El coche me lo compré hace casi un año, gilipollas. ¿En serio vienes aquí a joderme confiando en la palabra de ese borracho idiota?
―¿Qué cojones me estás contando, Norman?
―Espera aquí ―me dijo, y viendo que yo no estaba dispuesto a dejar que se marchase sin acabar lo que había empezado, añadió―: No voy a irme a ningún sitio, solo quiero coger una cosa de aquella estantería, ¿vale?
Dejé que se alejase planteándome por primera vez la posibilidad de que me hubiese equivocado. ¿Y si no se trataba del número uno de Action Cómics? ¿Y si me había precipitado al pensar que Norman me la había jugado? Entonces volvió a acercarse con un cómic entre las manos. Era un ejemplar protegido por una funda transparente. Lo puso entre mis manos y, a través del plástico algo sucio por el paso del tiempo, vi a Superman levantando aquel coche verde: la misma escena que había visto por la tarde en los informativos. Miré a Norman sin comprender.
―Sácalo de la funda, venga.
Obedecí al instante manipulando aquel ejemplar con unas manos tan torpes que casi me resultaban extrañas. ¿Qué coño significaba todo aquello? Tiré la funda de plástico al suelo y sujeté el cómic notando que algo no estaba del todo bien: las páginas interiores se habían despegado de la portada y bailaban de forma independiente. Después me fijé más y me di cuenta de que ni siquiera tenían exactamente las mismas dimensiones. Sin comprender, queriendo creer que aquello era lo normal tratándose de una publicación tan antigua, abrí el cómic y comprobé lo equivocado que había estado durante todo el día.
Estaba lleno de tías en pelotas; casi todas ellas rubias delgaditas con unas tetas no demasiado grandes. Posaban de tal forma que uno no necesitaba de su imaginación para conocer hasta el más mínimo detalle de sus cuerpos, y en algunas páginas se las podía ver en plena acción con tipos bigotudos y algo mayores. Joder, aquello era porno, porno del malo. Y no es que yo le hiciera ascos a ese tipo de publicaciones pero, por la forma en que habían maquillado a las chicas, el estilo de sus peinados, el color algo apagado de las imágenes y hasta el tipo de papel, podía deducirse que aquella revista tenía muchos años. Entonces me acordé del capullo de mi padre: me lo imaginé con catorce años arrancando las páginas de aquel cómic millonario, tirándolas a la papelera y ocultando esa mierda de revista guarra bajo la famosa portada que anunciaba la primera aparición de Superman. Más de un millón de dólares a la mierda para que mi padre pudiera cascársela tranquilamente en su habitación. Bien hecho, papá.
―Ahí tienes tu millón y medio de dólares, gilipollas. Y ahora lárgate de mi casa antes de que llame a la policía.
La voz de Norman sonó lejos. Yo aún estaba intentando aferrarme a una realidad alternativa: a una en la que no hubiera rubias escuálidas abiertas de piernas entre mis manos, sino dibujos de Superman impartiendo justicia; a una en la que aquel cómic, protegido en su funda de plástico, apareciese en los informativos sobre un cartel lleno de ceros; a una realidad en la que mi padre no hubiese sido un puto imbécil durante toda su vida. Pero no había nada que hacer.
Tiré aquel cómic al suelo y me di la vuelta dispuesto a marcharme. Tocaba olvidar fortunas y lujos que nunca habían estado a mi alcance y volver a pensar en el alquiler, la manutención y la búsqueda de empleo. Aquel panorama me hundió de nuevo. Estaba a punto abandonar el piso de Norman, pensando en si debía murmurar una disculpa o si lo mejor era desaparecer sin más y para siempre cuando me di cuenta de algo: ese hijo de puta no podía saber lo de la revista guarra cuando se llevó el cómic de mi casa.
Me di la vuelta. Él estuvo a punto de gritarme para que me marchase de una vez, pero me miró a los ojos, se dio cuenta de lo que yo estaba pensando y, en lugar de hacerlo, dio un paso atrás mientras buscaba nervioso el teléfono móvil en su bolsillo. No me importó que empezara a marcar el número de la policía. Cerré la puerta. Me metí de nuevo en su apartamento.
Ya que iba a dormir en el calabozo...


viernes, 18 de noviembre de 2016

Reseña: Falcó, de Pérez-Reverte

Hacía mucho tiempo que no me acercaba a la obra de Reverte. Aunque he seguido las aventuras del capitán Alatriste (que también han tenido más de un capítulo de los que ponen a prueba la fidelidad del lector), me aparté de las novelas del autor hace ya años, pues no conectaba con los temas y los marcos que elegía para sus obras y estaba algo cansado de leer historias que, en mi opinión, se iban deshinchando conforme avanzaban. Sin embargo, la novela de la que hoy os hablo, la última que Reverte ha lanzado (que no es plan de que lleguen las navidades y no tener novela nueva en las estanterías), me dio buena espina y decidí hacerme con ella. Y puedo decir que me ha dado exactamente lo que esperaba.

Quizá me llamó la atención su acertada portada, sugerente como pocas. Quizá fue la sinopsis, toda una declaración de intenciones. El lugar y el momento histórico elegidos por el autor (España en otoño de 1936) eran también atrayentes, aunque en manos de Reverte corrían el riesgo de convertirse en marco de una clase de historia llena de valoraciones personales. Pero, aunque algo hay, al final creo que no son más que unas pinceladas que están al servicio de la aventura: una aventura de espías clásica a más no poder que repite esquemas y arquetipos del género, sí, pero que lo hace sin ruborizarse, apostando claramente por ello.

En la novela, Falcó, agente del Servicio de Nacional de Inteligencia y Operaciones franquista, deberá infiltrarse en zona roja para realizar una peligrosa misión que podría cambiar el curso de la historia de España. Reverte deja claro que la trama es ficticia, aunque esté documentada con hechos reales, y personalmente creo que ha hecho un gran trabajo encajando una clásica historia de espías en la España de la guerra civil. Y es que las páginas del libro rebosan conflicto, tensión y paranoia; el lector tiene la constante sensación de que el más mínimo contratiempo puede significar una bala en el pecho de los protagonistas (eso si tienen suerte) o una larga y angustiosa estancia en una sala de interrogatorios del bando contrario. Y en este sentido, el de los bandos, he disfrutado mucho con las descripciones que Reverte hace de unos y otros, muy en su línea: repartiendo hostias a derechas y a izquierdas, denunciando las vilezas y las mezquindades de todos y dejando claro también que hubo héroes en un conflicto sin sentido que desgarró nuestro país hasta lo indecible.

Reverte ha creado un personaje seductor: un hombre que divide a la gente en valientes y cobardes, que no se decanta por ningún bando, que sabe que puede morir en cualquier momento y por eso se mueve entre la fatalidad y el deseo de exprimir la vida. Un personaje que tiene sus propios valores; para algunos un hijoputa, para otros un héroe, y para muchos el fruto de una época y de una historia que demandaba la existencia ese tipo de personas o directamente las creaba. Falcó es un personaje que volverá, de eso estoy seguro, y si sus aventuras tienen buena acogida, acabará dándose un paseo por las pantallas de cine o de televisión, no me cabe duda.

En general, la novela se lee con mucha facilidad. No llega a las trescientas páginas y me parece además que es la longitud justa para una historia de este tipo. Hubo un momento hacia el final de la novela en que tuve la sensación de que volvía el Reverte del que yo llevaba tiempo huyendo, pues noté que estaba construyendo un final que no iba a estar a la altura. Afortunadamente, lo que sucede es que la historia no termina cuando se supone que ha de hacerlo, y es en ese momento en que se alarga cuando el autor construye unas escenas que, sin ser tampoco para tirar cohetes, al menos sí proporcionan la sensación de haber leído una novela que no se derrumba al final, dejando en general buen sabor de boca.

Concluyendo: su historia no es la repanocha, pero las virtudes por las que apuesta Reverte con Falcó son otras. Aventura, espionaje, tensión, intriga, política, el retrato de un país en su momento más complicado y, por encima de todo, un personaje atrayente que encaja a la perfección con el género. Si te atrae la propuesta como me atraía a mí, estoy seguro de que disfrutarás con la novela.

Autor: Arturo Pérez-Reverte
Título: Falcó
Editorial: Alfaguara
Idioma: Castellano
Año de publicación: 2016
Valoración: Buen entretenimiento

viernes, 4 de noviembre de 2016

Reseña: El castillo de las estrellas

Llevaba tiempo queriendo leer esta obra que hoy os traigo al blog. Fascinado por su estilo y por su ambientación, adquirí el primer álbum hace ya algún tiempo; aunque, sabiendo que la historia quedaba inconclusa y que terminaba en el segundo volumen, esperé pacientemente a la salida de este para leer el primero. No quería quedarme a medias, prefería disfrutarla del tirón. Ahora por fin lo he hecho y puedo decir que ha sido un acierto.

El castillo de las estrellas, de Alex Alice, es un maravilloso mosaico formado por múltiples influencias. Desde los libros de Julio Verne hasta la animación de Miyazaki pasando por el romanticismo alemán, el autor ha juntado en una obra muy personal todo aquello que le fascina, y lo ha hecho con tanto amor ―y se nota― que el resultado es fantástico. Pero dejadme que os ponga un poco en situación.

Portadas de los dos volúmenes que componen la historia en su edición española

Durante el siglo XIX, intrépidos exploradores
alteraron sin parar los límites de lo desconocido.
Ávidos de nuevos descubrimientos,
dirigieron sus miradas hacia las estrellas.

La acción arranca en 1869, una época en que la ciencia avanza acelerada hacia el progreso. El autor nos pone en medio de un contexto histórico concreto: Otto Von Bismarck quiere acabar con la fragmentación del territorio alemán y unificar todos los reinos, ducados y principados en un único "Reich". Y aquí, mezclada con esas pinceladas de realidad, es donde aparece la magia, lo fantástico de esta obra: el “éter”, una energía que, según creen algunos de los personajes, es capaz de trasladarnos a miles de kilómetros en solo unos segundos. Hay, por supuesto, quien busca esta energía con buenas intenciones, por la mera aventura del descubrimiento tan propia de esta época, y quien desea descubrirla con otras intenciones más oscuras.

Naves voladoras, globos, tecnología, antiguas leyendas como la de Perceval (o Parsifal) y los caballeros de la mesa redonda, castillos y reyes se dan cita en este cómic tan especial en el que al final priman claramente don conceptos: fantasía y aventura. De las buenas.

El autor ha escrito un guion emocionante y ágil. La historia avanza sin atropellos ni parones, y aunque a los personajes puede faltarles un puntito de carisma (esto es muy sutil y personal, pero tengo la sensación de que en este cómic hay personajes que han sido creados para hacer ese papel de seres entrañables y a mí no me lo han llegado a parecer del todo), al final el resultado es sobresaliente.

Por citar un pequeño fallo, diré que en ocasiones las secuencias no están del todo bien resueltas y que vemos pequeños saltos en la acción que se hacen un poco extraños para el lector habitual de cómics. Por ejemplo: en un balcón, un personaje corre hacia una barandilla dispuesto a saltar para caer dentro de una nave que viene a rescatarlo y así escapar de los villanos. Sin embargo, vemos en una viñeta al personaje corriendo hacia el balcón y en la siguiente al personaje cayendo ya dentro de la nave, y nos quedamos con la extraña sensación de que nos ha faltado ese instante de vuelo en que el personaje queda suspendido en el aire a medio camino entre el éxito y la derrota. A ese tipo de cosas me refiero. Pasan muy de vez en cuando, pero suponen una pequeña mancha en una narración casi impecable.

La influencia de la animación japonesa, y en concreto del genio Miyazaki y sus películas con el estudio Ghibli, es innegable. Se nota tanto en la estructura de la historia como en el plantel de personajes y en sus motivaciones, por no hablar de la ambientación y el gusto por las máquinas voladoras. Aquí todo respira un aire muy de “Nausicaa” y de “Laputa, un castillo en el cielo”, y esa es, a mi parecer, una de las grandes bazas de “El castillo de las estrellas”.

Por último, hay que hablar del dibujo, aunque no hará falta que me extienda mucho con este tema. Es toda una delicia, así de claro, mezcla de influencia japonesa con la tradición del cómic francobelga. Aquí también se aprecia claramente la fascinación del autor por Hayao Miyazaki: en los tonos pastel, en el diseño de personajes (el chambelán no puede ser más propio del director japonés) y en el gusto con el que recrea los impresionantes castillos y las fantásticas naves voladoras que aparecen en la historia. Tiene composiciones de página verdaderamente originales, artísticas, dinámicas, y siempre muy bellas. Tan pronto te encuentras una página llena de pequeñas viñetas como pasas la página y ves un inmenso dibujo que ocupa casi dos, consiguiendo así que el ojo no se acostumbre a nada y que todo resulte siempre fresco y dinámico. No hay mucho más que decir al respecto: creo que las imágenes que os dejo acompañando a esta reseña hablan por sí solas.

Concluyendo:

“El castillo de las estrellas”, de Alex Alice, es una obra que no os debéis perder a poco que os guste el cómic, y muy especialmente si adoráis las historias retro-futuristas, los relatos de Julio Verne y las primeras películas del estudio Ghibli. Hay aventura, descubrimiento y magia, y todo ello presentado con un dibujo bello hasta decir basta. Por último, decir que, aunque la historia concluye en el segundo volumen, el autor deja abierta la puerta a más historias en este mundo y con estos personajes. Si van a ser tan buenas como esta, ojalá no tarden mucho en llegar. Os dejo con una frase que aparece en las promociones de esta historia y que resume muy bien el espíritu de la misma:

No sabían que era imposible, así que lo hicieron.

¡Hasta la próxima!

Título: El castillo de las estrellas
Autor: Alex Alice
Editorial: Norma editorial
Precio: 18€ cada volumen
Año de publicación: 2015 - 2016
Valoración: Muy recomendable



miércoles, 26 de octubre de 2016

Inconvenientes de ser un genio

Odio los conciertos al aire libre. Al público le encanta eso de sentarse en una silla de plástico y escuchar a la orquesta fuera de su ambiente natural, pero a mí siempre me han parecido un coñazo; y sobre todo en esta ciudad, donde hay tanta humedad que los dedos se me quedan pegados al violín. Pero no es solo por eso: los músicos tenemos que competir con el ruido que hacen bichos, coches, ambulancias y a veces hasta campanas de iglesia; la acústica es horrorosa y, a poco que sople el viento, hay que sujetar la partitura al atril con pinzas para que no salga volando, lo que convierte el paso de páginas en un verdadero suplicio. Y para colmo los insectos, atraídos por la luz de los focos, se dan un banquete a nuestra costa en las casi dos horas que duran conciertos como este.
Por lo menos estoy sola en el último atril de la sección de violines y no tengo que aguantar a nadie. Mi compañero ha cogido la baja esta semana, ¡ese sí que ha sido listo! Se está ahorrando un concierto verdaderamente incómodo. Y difícil; ¿a quién se le habrá ocurrido que toquemos Scheherezade al aire libre? Aquí no se aprecia nada esta música. Pero bueno, al menos podremos ver cómo el imbécil de Víctor hacer el ridículo con sus solos de violín. Qué mal le salen, por dios. No sé por qué le han dado el puesto de concertino tocando como toca. Bueno, sí lo sé: siempre ha sido el niño bonito del director. Pues yo hice la prueba mucho mejor que él, ya lo creo. Lo que pasa es que es el típico que le cae bien a todo el mundo, sonriendo a todas horas y haciendo cumplidos más falsos que los billetes del monopoly; y con los directores siempre ha sido un pelota y un lameculos de campeonato, y eso a ellos les encanta. Pues le ha funcionado, solo hay que ver dónde está. Yo nunca lo he tragado, la verdad: a mí cada vez que me viene con esas sonrisas y con esos besos después de un concierto me dan ganas de darle un puñetazo en la cara.
Mierda, se me ha ido el santo al cielo. ¿Por dónde vamos? Me he perdido. Joder, me pongo a pensar en mis cosas en mitad del concierto y acabo despistándome. Bueno, puedo disimular un poco, porque esta pieza la hemos tocado tantas veces que de oídas me la sé más o menos. Pero más me vale reengancharme pronto o se acabará notando que no sé por dónde voy. Este pentagrama ya ha pasado, eso seguro, y el siguiente... el siguiente no me suena mucho. Menos mal que mis compañeros siguen adelante. La parte que viene ahora es muy difícil y no me acuerdo bien; si me situase en la partitura, podría tocarla perfectamente, pero así... Lo mejor será que levante un poco el arco de las cuerdas y haga playback por un rato. ¡Y encima ahora se me planta un bicho asqueroso en mitad de la partitura!
¿Qué es, un mosquito? No, es más alargado. Y verde. Qué asco, por favor, ya es lo que me faltaba esta noch... Un momento. ¡Un momento! ¡Pero si se ha puesto justo encima del compás que están tocando mis compañeros! Qué casualidad, no me lo puedo creer. Gracias a ese bicho me he podido reenganchar justo a tiempo, ¡menos mal! Míralo, qué gracioso, ahora avanza por la página prácticamente a la misma velocidad que la música. Es como si fuera un karaoke indicándome la velocidad a la que tengo que leer la partitura. Se está acabando el pentagrama, ¿te imaginas que ahora salta al siguiente? Sería la leche si... No jodas. ¡No jodas!
Vaya pedazo de casualidad. Es que no me lo puedo creer. ¡Y sigue avanzando al compás de la música! No, si ahora va a resultar que este bicho es un artista. Pues, visto lo visto, lo mismo cualquier día le dan el puesto de concertino. Ahora vienen unos compases de silencio: si se para y se espera, yo ya suelto el violín y que me metan en el manicomio. Seguro que no, mujer, tiene que haber sido una casualidad; una casualidad increíble, vale, pero solo una casualidad.
Se ha parado.
Joder, ya no sé qué pensar. Hay tres compases de silencio. El bicho sigue ahí quieto, como si esperara pacientemente a que el oboe termine su frase. Ahora ya estoy del todo segura de que empezará a moverse de nuevo en cuanto ponga el arco sobre la cuerda y llegue el momento de tocar. Pero tiene que ser cosa de mi imaginación, es totalmente imposible que...
Se va, ¡se va!
Se ha puesto en la espalda de uno de mis compañeros. ¡Joder, qué alivio! Ya creía que me estaba volviendo loca.
Por fin hemos acabado. Aplausos, aplausos, aplausos. Qué ganas de irme a casa, por dios. Víctor ha tocado de pena, pero le dan la enhorabuena igualmente. Le encanta ser el centro de atención. Capullo.
¡Mira!, el mosquito vuelve a plantarse en mi partitura. Y pensar que me ha sacado del apuro, ¡qué artista, el tío! Cuando cuente por ahí que el bicho seguía la música a la perfección, me tomarán por loca, eso seguro. Y para colmo ahora está plantado justo en el último compás, junto a la doble barra que indica el final de la pieza. No, si al final va a ser verdad que es un genio. Es que es mucha casualidad, joder. Demasiada.
¡Plaf!
Muere, listillo.




viernes, 14 de octubre de 2016

Reseña: Astérix y el papiro del César

La verdad, no me ha costado pensar cuál quería que fuese el primer cómic en aparecer por este blog. Son muchas las opciones, pero las aventuras de Astérix ocupan un lugar privilegiado en mi estantería y, aunque el cómic del que vamos a hablar ya lleva en el mercado un año aproximadamente, creo resulta perfecto para inaugurar la sección dedicada al noveno arte en este blog. ¿Me acompañáis a descubrir las bondades de un álbum titulado: Astérix y el papiro del César?


Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor...

Con esta mítica presentación, como siempre, comienza la nueva aventura de nuestros amigos Astérix y Obélix. Y es que las cosas no cambian aunque pasen los años, y ni siquiera aunque sean otras manos las encargadas de escribir y dibujar la colección; porque el álbum que nos ocupa es ya el segundo creado por Jean-Yves Ferry y Didier Conrad, que cogieron el testigo dejado por los inmensos Goscinny y Uderzo, padres de la criatura (recordemos que Goscinny falleció en 1977 y que Uderzo continuó publicando álbumes en solitario hasta que, en 2013, pasó el testigo a los nuevos autores, a quienes supervisa). Y si Ferry y Conrad demostraron estar a la altura en su primer trabajo, Astérix y los pictos, creo que en esta ocasión van un paso más allá. Pero, antes de explicar esto, dejadme que os cuente un poco de qué va esta aventura.

Julio César está a punto de publicar un libro que pasará a la historia: sus famosos Comentarios a la guerra de las Galias (sí, ese libro que taaan bien conocen los que estudian latín). Sin embargo su editor, Bonus Promoplús, no está del todo contento con la versión final del texto, en concreto con el capítulo en que César habla del irreductible poblado galo de nuestros amigos, que supone la única mancha en una campaña militar perfecta. El editor tiene claro qué es lo mejor: suprimir ese capítulo. Si Astérix, Obélix y los suyos no aparecen en los textos, en unos años nadie se acordará de ellos y la historia recordará a César como el hombre que conquistó TODA la Galia. El emperador, seducido por esa idea, accede y ordena destruir el capítulo, pero la casualidad querrá que el texto en cuestión acabe precisamente en la aldea gala, donde nuestros amigos, indignados, emprenderán una lucha para que la historia no olvide su valentía y su resistencia.


Con esta interesante premisa tenemos una aventura divertidísima en la que los personajes se cuestionan las ventajas e inconvenientes de la tradición oral y la escrita, en la que una predicción de horóscopo dará a Obélix más de un dolor de cabeza, donde un entrañable personaje pondrá en duda el liderazgo del bueno de Abraracúrcix y en la que veremos al druida Panorámix como nunca lo habíamos visto.

Como decía al principio, Ferry y Conrad se han currado un álbum absolutamente genial. Astérix y los pictos, su primer trabajo en la colección, era una buena historia que no llegaba a brillar pero que dejaba claro que estos autores sabían lo que se hacían. Pero esta nueva aventura, en mi opinión, está a un nivel altísimo, tanto que me atrevería a decir que puede codearse con los mejores álbumes de Goscinny y Uderzo. Puede sonar atrevido, pero soy de los que opina que el mitificar a unos autores (por mucho que lo merezcan) no quita para que valoremos justamente el trabajo de otros nuevos.


La historia de Jean-Yves Ferry, como ya he dicho, es ocurrente, está llena de humor y nos presenta a los personajes en situaciones bien conocidas que son seña de identidad de la colección y también en otras nuevas que dejan claro que este autor quiere dejar su huella. El argumento me parece especialmente ingenioso, y a todos aquellos que amamos los libros y que tenemos alguna idea de cómo funciona el mundo editorial nos hará mucha gracia ver al mismísimo Julio César doblegándose a la dictadura de su editor, por citar solamente una de las muchas situaciones en que el cómic parodia la realidad del mundo editorial. También resulta llamativo ver a los personajes preocupados por cómo pasarán a la historia, especialmente sabiendo lo que sabemos hoy sobre esos personajes (y me refiero sobre todo a Julio César). Y a aquellos a los que les preocupe que el estilo de este nuevo autor pueda romper mucho con el de los álbumes clásicos, les diré que no es así en absoluto: su estilo encaja perfectamente con el de Goscinny y el espíritu de Astérix está intacto, y eso ya de por sí es toda una alegría.

En cuanto al dibujo de Conrad, qué decir: no echaremos de menos a Uderzo, ¿puede haber piropo mayor? El artista ha adaptado su estilo para imitar a la perfección los lápices de Uderzo, y las imágenes extraídas del álbum que acompañan a esta reseña  pueden dar fe de ello. Todo resulta reconocible, todo está como tiene que estar; ¿y por qué iba a cambiar, si funcionaba de maravilla? Además, la imagen de Astérix y Obélix forma parte ya de la cultura popular, así que me parece todo un acierto que el autor haya optado por no cambiar nada. Quizá en algunos momentos sus dibujos y las composiciones de sus viñetas y páginas sean algo más dinámicas que las de su predecesor (lo cual no es malo en absoluto), pero eso es algo natural que va con los tiempos y tan sutil que no rompe con lo anterior.


No quisiera terminar mi reseña sin mencionar una pequeña escena: una que tiene lugar justo en la última página, tras el ineludible banquete con que el poblado galo (para desgracia de los pobres jabalíes) celebra siempre el éxito de sus aventuras. Es complicado explicarla y hacer ver lo especial que resulta sin desvelar detalles, pero se trata de una genialidad que enlaza el tema de la tradición oral con la propia existencia de la colección y en la que los nuevos autores hacen un precioso homenaje a Goscinny y Uderzo. Prestadle especial atención.

Y hasta aquí la primera reseña de cómic del blog. No me extiendo más. ¿Te gustan Astérix y Obélix?; El papiro del César es lectura obligada. ¿No te gustan?; pfff, ¿en serio? ¿Nunca has leído un álbum de Astérix?; pues, teniendo en cuenta que el orden de lectura da un poco igual, si empiezas con El papiro del César seguro que aciertas.

¡Hasta la próxima reseña, por Tutatis!