Tendría
que haberme divorciado hace cinco años, fue lo que pensé al abrir
la puerta de mi nuevo apartamento. Era un cuchitril viejo de una sola
habitación que olía a humedad y estaba lejos del centro, pero allí, con una
maleta gigantesca en la mano y buena parte de mi vida metida en grandes cajas, sentía
que, por primera vez en años, dispondría de un espacio para mí. Esa casa no era
la del marido de alguien, ni siquiera la de un padre de familia ―aunque mis
hijos pasarían allí algunos fines de semana―: era mi propio apartamento, y me
sentía emocionado.
―¿Esto
es tu nuevo palacio?
Norman,
un amigo, me estaba ayudando con la mudanza. En el portal ya había dejado claro
que el sitio le parecía una mierda ―opinión que había repetido al ver la
escalera y al subir al ascensor―, y ver el apartamento por dentro no le hizo
cambiar de opinión.
―Ya
sé que no es gran cosa, pero me gusta ―contesté intentando que no me contagiase
su actitud―. Además, es algo temporal. Ahora he tenido muchos gastos con los
abogados y todo eso; cuando me recupere, ya alquilaré otra cosa mejor.
Esa
era realmente mi idea: instalarme allí durante unos meses, quizá un año. Me
sentía como un joven recién salido de casa y me imaginaba lo emocionante que
iba a ser la vida nocturna en libertad con mi grupo de amigos, pero claro que
aspiraba a vivir en un sitio mejor. Solo tenía que darme un tiempo y ahorrar un
poco. Idiota de mí, eso era lo que pensaba entonces.
Me
pasé la mañana sacando cosas de las cajas y colocando lo más básico. Norman
solo me ayudó durante un rato. Él todavía estaba en mi apartamento cuando abrí
una caja llena de libros y de cómics antiguos.
―¡Oye,
a mí esto me interesa! ―dijo agachándose y rebuscando entre los ejemplares. Para
mí todo aquello era casi basura: libritos amarillentos y tan deteriorados en su
mayoría que iban perdiendo páginas a medida que Norman los sacaba de la caja. Casi
todos esos cómics habían pertenecido a mi abuelo. Excepto unos pocos que él
mismo me había comprado ―casi siempre justo antes de entrar al estadio cuando
me llevaba a ver jugar a los Nets―, todos tenían muchísimos años y unas
portadas que no me resultaban en absoluto familiares. A decir verdad, aunque mi
abuelo intentó contagiarnos a mi padre y a mí el gusto por esas historias de
superhéroes y aventuras, ninguno de los dos llegamos a seguirlas con mucho
entusiasmo. Si yo tenía todos esos cómics era porque, poco después de que mi
abuelo falleciese, mi abuela insistió en que me pasara por allí y me los
llevase como recuerdo.
―Si
ves algo que te interese, cógelo ―le dije a Norman.
―¿En
serio? Tío, aquí hay cómics muy antiguos.
―Ya
te digo. Mi abuelo se los pasó a mi padre, pero a él tampoco le iban mucho.
―¿Cómo
puede ser que no os gustaran? A todos los chavales les flipan estas...
De
repente se quedó callado. Yo en ese momento estaba de espaldas a él, pero me
giré extrañado por su silencio. Llegué a percibir que miraba con asombro el
cómic que sostenía entre las manos: uno de los pocos ejemplares que mi abuelo
―o quizá mi padre años después― había metido en una de esas fundas transparentes
para que se conservase mejor.
―¿Por
qué te has quedado callado? ―le dije―. ¿Has visto algo interesante?
―No
―contestó apresuradamente dejando caer de nuevo el cómic dentro de la caja―.
No, qué va; solo uno que me encantaba cuando era crío. Joder, es que me ha
parecido mucha casualidad que tú también lo tengas ―añadió tras soltar una
carcajada nerviosa.
―Llévatelo,
ya te he dicho que te lleves lo que te guste.
―Sí,
creo que cogeré algunos. Y volviendo a lo de antes... me parece raro que a tu
padre y a ti no os llamaran la atención los cómics.
―Bueno,
conociendo a mi viejo, apuesto a que descubrió el porno con doce o trece años y
se olvidó de los superhéroes.
―Ya.
Pues, si hay que echarle la culpa al porno, seguro que tú con ocho años ya no
leías cómics ―bromeó.
No
volví a pensar en esa conversación en mucho tiempo. Y, como es normal, las
semanas y meses siguientes me los pasé acoplándome a mi nuevo apartamento. No
tardé demasiado en descubrir que esa recuperación económica de la que le había
hablado a Norman, la que me permitiría mudarme a un sitio mejor en cosa de un
año, iba a ser mucho más difícil de lo que tenía previsto. Los gastos del
divorcio solo habían sido el anticipo de lo que se me venía encima. Pronto me
di cuenta de que, tras pagar la manutención de los críos cada mes, mi cuenta
corriente quedaba tan exhausta que hasta el alquiler más barato suponía un
verdadero lujo. Mi exmujer no tenía ese problema: el piso en el que vivíamos
era de sus padres, así que fue ella quien se quedó allí disfrutando de una
nueva vida en la que palabras como alquiler
o hipoteca no significaban una
mierda. Pero, en mi caso, los primeros días del mes se llevaban por delante
buena parte de una nómina que, la verdad sea dicha, tampoco daba para muchas
florituras.
El
ritmo de vida que empecé a llevar tampoco ayudó mucho en ese sentido. Animado
por una panda de amigos que me había acogido con los brazos abiertos tras unos
años de vida familiar, empecé a olvidar la frontera entre la noche y el día. Al
principio solo sucedía los fines de semana, pero esa era una frontera que
también empezó a esfumarse poco a poco: al principio el fin de semana empezaba
el viernes noche, después lo adelanté al jueves e incluso al miércoles, y unas
semanas después me costaba distinguir si era sábado o lunes. Mis juergas eran
baratas ―como mucho pasaban de la cerveza enlatada a la embotellada― pero, aun
así y a fuerza de salir noche tras noche, mis gastos empezaron a multiplicarse.
Si a eso le sumáis que el cansancio me hacía rendir menos en el trabajo y que cada
vez me llevaba menos comisiones, no os costará imaginar que, unos pocos meses
después, mi situación había empeorado bastante.
Pronto
empecé a retrasarme con el tema de la manutención, y mi exmujer se mostró muy
poco comprensiva. Las cosas como son: la muy zorra estaba deseando que
cometiese el más mínimo error para lanzarme a ese perro que tiene por abogado.
Al final la situación se me hizo insostenible: terminé bebiendo más de la
cuenta para olvidar que mi vida se había convertido en un agujero de mierda; y,
para poner la guinda al pastel, esa afición por la bebida acabó costándome el empleo.
Fue poco después de eso, cuando llevaba unas semanas en el paro, cuando volví a
acordarme de Norman, de la mudanza y de nuestra conversación sobre cómics.
Recuerdo
que estaba en la cocina. Debían de ser las tres o las cuatro de la tarde. Yo
estaba recién levantado y con resaca, como era habitual, pero aun así me había
propuesto comer algo y ponerme a ojear las ofertas de empleo del periódico, por
si el puesto de director de alguna empresa multimillonaria estaba vacante o por
si algún país jodidamente rico y lleno de petróleo necesitaba un presidente
corrupto. De fondo, el parloteo de la televisión; las noticias habían acabado
ya con los asuntos serios y empezaban a zambullirse en las habituales chorradas
y curiosidades que preceden al deporte.
―... gracias, Frank, los que tengan
pensado cambiar de coche próximamente se alegrarán de oír eso. Y ahora pasemos a
la siguiente noticia. ¡Un millón y medio de dólares!
―Como un perro que oye la palabra galleta,
me olvidé del periódico y levanté la cabeza al instante―. Esa es la cifra récord que ha alcanzado un cómic en una subasta que
tuvo lugar ayer, ¿verdad, Jessica?
―Sí, pero es que no hablamos de un cómic
cualquiera, sino de un ejemplar de la revista “Action Comics nº1” que, como
quizá algunos de ustedes sabrán, contiene la primera aparición de Superman. No
es la primera vez que un ejemplar de este cómic, del que se sabe que existen
menos de cien copias en el mundo, alcanza cifras de locura, ¡pero hasta ahora
nunca una tan alta!
―Y es que, al parecer, se trata de
uno de los ejemplares en mejor estado de conservación que han aparecido en los
últimos años. Nos lo cuenta todo...
Seguí
escuchando la noticia con los ojos pegados a la televisión y con el periódico
arrugado y roto entre mis puños apretados. Y es que en la esquina de la
pantalla, junto al rostro sonriente del presentador, aparecía una imagen del
cómic en la que se veía perfectamente la portada: Superman, con un diseño
prácticamente idéntico al actual, levantaba con toda la facilidad del mundo un
enorme coche verde. Como ya imaginaréis, no era la primera vez que yo veía esa
portada; sin saber que ese cómic tuviese ningún valor, lo había tenido en mis
manos, lo había metido en la caja al preparar la mudanza y lo había subido
junto con todos los demás a mi nuevo apartamento. Sí, vaya que si me acordaba:
era uno de los pocos protegidos por una funda. Y, aunque la caja seguía ahí, en
un rincón tras del sofá, estaba claro que el cómic habría desaparecido. Fui
corriendo a comprobarlo. Norman... qué hijo de puta.
No
nos habíamos vuelto a ver desde el día de la mudanza. Yo lo había llamado un
par de veces y él me había dado largas; como tampoco es que tuviésemos una
relación muy estrecha, no me había resultado extraño que se mostrase tan
esquivo, pero ahora empezaba a entender por qué me había evitado. Fui enseguida
a su casa, llamé al timbre y golpeé la puerta, pero una vecina metomentodo me
dijo que no había nadie en casa. Aproveché que no tenía otra cosa que hacer
para visitar a un par de amigos que tenemos en común y preguntarles si sabían
algo de Norman. Uno de ellos me dijo que también llevaba un tiempo sin saber
nada de él, y el otro me contó que no lo había visto en semanas, pero que,
según había oído por ahí, el tío se había comprado un cochazo. Pues claro que
se habría comprado un cochazo, y no tardaría en buscarse una casa enorme en
alguna urbanización pija. Millón y medio de dólares dan para mucho, joder. Pero
estaba dispuesto a visitar a Norman antes de que se largase de la ciudad y me
costase más seguirle la pista.
Esa
misma noche, muy encendido y con demasiadas cervezas en el cuerpo, me presenté
de nuevo en su piso. Esta vez pasé del timbre y aporreé la puerta dispuesto a
tirarla abajo si era preciso. Solo había gritado su nombre dos veces cuando esta
se abrió.
―Tú...
¿pero qué coño haces aquí a estas...?
Ni
siquiera le dejé acabar la frase. Me abalancé sobre él y enseguida los dos
perdimos el equilibrio cayendo al suelo. Aproveché que Norman estaba debajo de
mí, confundido y sin saber aún qué pasaba, para darle un puñetazo que hizo
saltar las primeras gotas de sangre de sus labios.
―¡Eres
un hijo de puta! ―le grité.
―¿Estás
loco? ¡Cálmate, joder! ¿De qué cojones va esto?
―Lo
sabes de sobra. ¿Dónde tienes el dinero?
―¿De
qué dinero me estás hablando, por el amor de Dios?
―¡Un
millón y medio de dólares! ―Aún más enfadado por el hecho de que se hiciera el
tonto, le solté otro puñetazo―. Eso es lo que me has robado, puto cabrón.
―¿Qué
yo te he...? ¡Para de una vez, ¿quieres?! Déjame hablar.
Me
levanté y dejé que él hiciera lo mismo. Se llevó la mano a la cara, puso una
mueca de dolor al comprobar que tenía el labio partido y sus dedos se
enrojecieron con el hilo de sangre que escapaba de su nariz. A mí, sin embargo,
me pareció que aquello era poco castigo. El dejar que se levantara no era más
que una pequeña tregua: estaba dispuesto a recuperar lo que me pertenecía o a
romperle todos los huesos de la cara.
―¿A
ti se te ha ido la cabeza o qué? ―me
gritó enseñándome su mano manchada de sangre―. Me parece que voy a llamar a la
policía ahora mismo.
―El
cómic ese de Superman ―dije yo ignorando su amenaza―. Te lo llevaste tú,
¿verdad?
―Que
yo me llevé... Joder, ¿y yo qué sé? Me dijiste que cogiese lo que quisiera y
pillé unos cuantos.
Di
un paso hacia adelante amenazando con lanzarme de nuevo sobre él. Se encogió
contra la pared.
―¡No
te atrevas a mentirme otra vez, hijo de puta! ¿Me vas a decir que no sabías lo
que valía?
―¿Pero
tú eres idiota o qué? ¿En serio crees que alguno de los cómics que tienes vale
una puta mierda?
―Ese
de la primera aparición de Superman. Estaba en mi caja, lo recuerdo
perfectamente. Esta tarde han dicho en la tele que se ha subastado un ejemplar
por un millón y medio de dólares, Norman, ¡un millón y medio! Y luego voy y le
pregunto a Jerry sobre ti y me dice que te has comprado un cochazo.
―A
Jerry, no me jodas... ―soltó una risotada nerviosa―. El coche me lo compré hace
casi un año, gilipollas. ¿En serio vienes aquí a joderme confiando en la palabra
de ese borracho idiota?
―¿Qué
cojones me estás contando, Norman?
―Espera
aquí ―me dijo, y viendo que yo no estaba dispuesto a dejar que se marchase sin
acabar lo que había empezado, añadió―: No voy a irme a ningún sitio, solo
quiero coger una cosa de aquella estantería, ¿vale?
Dejé
que se alejase planteándome por primera vez la posibilidad de que me hubiese
equivocado. ¿Y si no se trataba del número uno de Action Cómics? ¿Y si me había precipitado al pensar que Norman me
la había jugado? Entonces volvió a acercarse con un cómic entre las manos. Era
un ejemplar protegido por una funda transparente. Lo puso entre mis manos y, a
través del plástico algo sucio por el paso del tiempo, vi a Superman levantando
aquel coche verde: la misma escena que había visto por la tarde en los
informativos. Miré a Norman sin comprender.
―Sácalo
de la funda, venga.
Obedecí
al instante manipulando aquel ejemplar con unas manos tan torpes que casi me
resultaban extrañas. ¿Qué coño significaba todo aquello? Tiré la funda de
plástico al suelo y sujeté el cómic notando que algo no estaba del todo bien:
las páginas interiores se habían despegado de la portada y bailaban de forma
independiente. Después me fijé más y me di cuenta de que ni siquiera tenían
exactamente las mismas dimensiones. Sin comprender, queriendo creer que aquello
era lo normal tratándose de una publicación tan antigua, abrí el cómic y
comprobé lo equivocado que había estado durante todo el día.
Estaba
lleno de tías en pelotas; casi todas ellas rubias delgaditas con unas tetas no
demasiado grandes. Posaban de tal forma que uno no necesitaba de su imaginación
para conocer hasta el más mínimo detalle de sus cuerpos, y en algunas páginas
se las podía ver en plena acción con tipos bigotudos y algo mayores. Joder, aquello
era porno, porno del malo. Y no es que yo le hiciera ascos a ese tipo de
publicaciones pero, por la forma en que habían maquillado a las chicas, el
estilo de sus peinados, el color algo apagado de las imágenes y hasta el tipo
de papel, podía deducirse que aquella revista tenía muchos años. Entonces me
acordé del capullo de mi padre: me lo imaginé con catorce años arrancando las
páginas de aquel cómic millonario, tirándolas a la papelera y ocultando esa
mierda de revista guarra bajo la famosa portada que anunciaba la primera
aparición de Superman. Más de un millón de dólares a la mierda para que mi
padre pudiera cascársela tranquilamente en su habitación. Bien hecho, papá.
―Ahí
tienes tu millón y medio de dólares, gilipollas. Y ahora lárgate de mi casa
antes de que llame a la policía.
La
voz de Norman sonó lejos. Yo aún estaba intentando aferrarme a una realidad
alternativa: a una en la que no hubiera rubias escuálidas abiertas de piernas entre
mis manos, sino dibujos de Superman impartiendo justicia; a una en la que aquel
cómic, protegido en su funda de plástico, apareciese en los informativos sobre
un cartel lleno de ceros; a una realidad en la que mi padre no hubiese sido un
puto imbécil durante toda su vida. Pero no había nada que hacer.
Tiré
aquel cómic al suelo y me di la vuelta dispuesto a marcharme. Tocaba olvidar
fortunas y lujos que nunca habían estado a mi alcance y volver a pensar en el
alquiler, la manutención y la búsqueda de empleo. Aquel panorama me hundió de
nuevo. Estaba a punto abandonar el piso de Norman, pensando en si debía
murmurar una disculpa o si lo mejor era desaparecer sin más y para siempre
cuando me di cuenta de algo: ese hijo de puta no podía saber lo de la revista
guarra cuando se llevó el cómic de mi casa.
Me
di la vuelta. Él estuvo a punto de gritarme para que me marchase de una vez,
pero me miró a los ojos, se dio cuenta de lo que yo estaba pensando y, en lugar
de hacerlo, dio un paso atrás mientras buscaba nervioso el teléfono móvil en su
bolsillo. No me importó que empezara a marcar el número de la policía. Cerré la
puerta. Me metí de nuevo en su apartamento.
Ya
que iba a dormir en el calabozo...
Me gustó, aunque me gustó más que no consiguiera el dinero. Menudo personaje, desde el principio me cae mal. Solo sabe quejarse y maldecir a su ex porque le pide el dinero de la manutención (que por cierto es para SUS hijos) y cuando se retrasa por el loable propósito de darse juerga tras juerga, pues la "muy zorra" arremete. Sí espero que acabe en el calabozo y que su amigo se pegue una fiesta en su honor.
ResponderEliminarCoincido bastante con Castigadora. El relato me gusta y me lo leí esperando el desenlace. Pero ya la primera frase me amarga un poco el comienzo, y el personaje protagonista, como dice una conocida amiga común, no me encanta. Además de lo dicho en el comentario anterior, esos recuerdos paternos... bueno. Además, como amante de los comics, alguien que encima los tiene arrumbados y abandonados, y más siendo clásicos, tendría bien merecido que otros se llevaran la pasta, jajajajaja. Muy bien escrito. Mejor el autor que el prota. Gracias Raúl.
ResponderEliminarQué chulo. Mantiene la atención todo el tiempo y consigue que quieras saber qué pasa. Que el protagonista caiga mal, mola. Yo pondría más claro el final para que no deje espacio a interpretaciones porque creo que tu intención no es un final abierto y no queda clarísimo que se da la vuelta porque de todas formas el amigo es un rastrero. Como siempre, un placer leerte.
ResponderEliminarPara los amantes del cómic, el protagonista es aún más impresentable si cabe, cierto. Has conseguido retratar a alguien muy, muy penoso. Ese aire a relato American white trash tiene su punto. Me gusta la elección de los nombres: Superman (la mejor versión del ser humano... irónicamente, alienígena y ficticio), Norman (el hombre normal, mediocre, que va a lo suyo); y Jerry, el prota, en honor a los creadores del hombre de acero (es intencionado, ¿no?).
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