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lunes, 9 de abril de 2018

Hoy no me abrí



Hoy me estuve llamando un rato y no me abrí.

No me sorprendía encontrarme allí, subido al escalón de la entrada, esperando que yo mismo me abriera. ¿Quién si no uno tiene más derecho a llamar a su propia puerta? ¿Quién sino uno tiene el derecho de llegar de visita a la hora que le apetezca? Y es que nos visitamos tan poco que llegamos a olvidar el proceso de llegada, espera y entrada. Y me debía una visita, la verdad es que me la debía.

Pero hoy me estuve llamando y no me abrí.

Y eso que no aporreé el portero como esos chavales que, de prisa, quieren que les abras antes de haber tocado. No insistí porque sabía que no me gustaba. Un simple toque, con la duración adecuada, era mas que suficiente. Luego la supuesta corta espera, acercando el oído al interfono. Pesaban las bolsas del Mercadona así que las apoyé en el escalón y esperé. La seguridad que empieza a temblar conforme pasan los minutos me llevó a pensar qué me podía estar pasando que no me abría ya. Me impacienté pero confié en mi mismo, como no podía ser de otra manera.

Pero no me abrí hoy, hoy no me abrí.

Pulsé de nuevo pasados unos minutos. El tiempo necesario para salir del baño o terminar la conversación, dos de los motivos que se le pasan a uno por la cabeza cuando se hace esta espera. No cabía la siesta, no era la hora y sabía que me estaba quitando. Ya había pasado también aquella época en que, en los días malos, prefería hacerme el no presente quedándome quieto a más no poder hasta estar convencido que el visitante inesperado se había marchado. A propósito, ¿por qué será que nos causa zozobra no abrir la puerta cuando llaman y estamos dentro?, ¿por qué extraña razón, si el que está fuera no puede vernos ni sabe si estamos o no? Alguna recóndita culpabilidad nos impulsa a responder a la llamada, imagino.

Pero hoy me estuve llamando y no me abrí.

Imaginé una y mil causas. La mente prolífica se expande cuando toca una espera a su vez inesperada. Pesaban las bolsas y apoyadas en el estrecho escalón prometían una caída segura sobre la acera. Es curioso, me dio por pensar, que sea cual sea la combinación de compras que uno haga, sea como sea la colocación, si se va suficientemente cargado, la bolsa apoyada en el suelo siempre volcará al lugar opuesto al que esperamos, que suele coincidir con aquel que facilita que cualquier cosa se desparrame. Está demostrado, pueden hacerlo. De hecho, estoy convencido de que fue en este en lo que se basó Newton para formular su ley de la Gravedad. Compren si quieren durante diez días lo mismo. Lo mismo hasta el más mínimo detalle. Métanlo en la bolsa del supermercado de todas las maneras que se les ocurra, ojo que tienen  que ser de esas que no se separan de ninguna manera y que están especialmente pensadas para que los que compramos solos atasquemos la fila de la caja. Cárguense lo suficiente, eso sí, una sola bolsa ligera no sirve. Apoyen, tengan el valor de apoyar la bolsa en cualquier superficie horizontal, y verán que, sea la que sea la forma en la ordenaron las compras, la bolsa derivará hacia el lado opuesto al que les interesa. Pruébenlo.

La tercera insistencia sin respuesta me hace preocupar mucho más. Estoy convencido de que estoy arriba. ¿Dónde voy a estar a estas horas de la tarde? Existe un poco de desesperanza cuando la puerta de destino no se abre o, peor, cuando no se encuentra respuesta aunque luego no llegue a abrirse. Parece, cuando ocurre, que uno se ha trasladado a la China a hacer la visita. Siente como si no existiese ya otro lugar en el mundo. Como si, en este caso, no pudiera uno sentarse en un bar a tomarse una cervecita o como si no hubiese otro destino. Miré insistentemente el cuadro del portero, confiando que la mirada intensa atraería la respuesta.

Pero no fue así, hoy no me abrí.

A saber dónde me habré metido o el por qué hoy no quiero abrirme. Terminaré entendiéndolo, qué duda cabe, pero por el momento me asalta un cierto desconsuelo. No cabe otra que escoger otro destino aunque en este caso el destino no importe porque tarde o temprano tendré que abrirme. No puedo imaginarme dejarme esta noche durmiendo al raso.

Una última llamada que se hace como para cumplir con el protocolo, con la esperanza de que finalmente aparezca una voz que, aunque acelerada, te abra por fin la puerta. Siempre cabe haber llegado justo cuando empezaba a ducharme. Pero en este caso el argumento se desinfla por sí mismo al recordar que me di la ducha media hora antes de salir.

Me llevé la llave, desde luego, pueden haberse estado preguntando. Pero no era hoy cuestión de irrumpir en casa sin previo aviso. Hay confianzas que, a veces, no puede uno tomarse ni con uno mismo. Quizá tan solo necesite un poco de tiempo. Ya con la llamada debo estar sobre aviso.

Viendo que la tarde todavía brilla de azul oscuro, recojo las bolsas volcadas y me voy a dar una vuelta. Volveré más tarde, que seguro que termino por abrirme.

Pero no olvidaré que hoy me estuve llamando y no me abrí.

 

jueves, 26 de enero de 2017

Reseña de Tigre y Dragón, la espada del destino.

Cuando me enteré de que Netflix iba a atreverse con una secuela de Tigre y Dragón, la película con la que el director Ang Lee deslumbró al mundo en el año 2000, me llevé una gran alegría. No es que el fuerte de Netflix sea la producción de películas, pero llevan un tiempo intentando corregir eso y pensé que esta producción podía suponer un fuerte golpe sobre la mesa por parte del gigante de las series en streaming. Además, iban a contar con una de las actrices de la cinta original, así que había motivo para la esperanza. ¿Cómo ha quedado la cosa? ¿Es una secuela digna de la original? Mi veredicto es un claro NO, pero voy a intentar argumentar mi opinión sin hacer leña del árbol caído y resaltando también las cosas positivas de la película, que las hay.


La espada del destino retoma personajes de la cinta original (uno de ellos aparece y a otros solo se los menciona) para contarnos una historia que tiene lugar quince años después. La actriz Michelle Yeoh se mete de nuevo en la piel de Yu Shu Lien, un personaje que en esta ocasión debe proteger la espada celestial que un día perteneció a su amado Li Mu Bai del villano de turno que intenta hacerse con ella para proclamarse líder de las artes marciales. En medio de todo esto aparece un personaje de su pasado, el interpretado por Donnie Yen, el fichaje de peso en esta producción que viene a llenar el vacío de Chow Yun-Fat sin conseguirlo.

La historia, como veis, tiene muy poca chicha, y si al menos estuviera apoyada por personajes magnéticos, buenos diálogos o imágenes y músicas sugerentes, como ocurría en la película de Ang Lee, se le podría perdonar. Pero eso no sucede: los personajes resultan poco interesantes porque desde el principio sabes de sobra qué lugar ocupan en la historia y, sobre todo, cómo van a acabar. Solo Michelle Yeoh y Donnie Yen consiguen irradiar algo de magnetismo, y es más por su porte y su carisma que porque tengan o hagan un buen papel. El resto de actores tienen papeles de relleno, lo cual es especialmente doloroso en el caso de la pareja joven, ya que hay un intento de darles protagonismo que no cuaja.

En esta película hay acción por un tubo. No pasan 10 minutos sin que veamos una pelea, lo cual es un acierto teniendo en cuenta que ni la historia, ni los personajes ni la dirección nos van a retener frente al televisor. Y todo hay que decirlo: las escenas de acción sí están a un buen nivel, con momentos brillantes. ¿Pero era Tigre y Dragón simplemente una película de artes marciales? No, ni de lejos: una persona que se acercara a ella sin otra motivación que la de ver peleas de chinos, se llevaría una gran decepción al enfrentarse a su ritmo pausado, sus silencios y sus sutilezas.

Podemos decir, para no alargarnos más de lo necesario, que Tigre y Dragón, la espada del destino, es una película de artes marciales entretenida, pero no esperéis encontrar ni un ápice de la poesía visual y sonora que había en la cinta original; solo la pelea sobre el lago helado tiene destellos de ese estilo, pero duran muy poco. Netflix ha sido valiente, y hay cosas muy dignas en esta película para tratarse de una producción que se salta los cines y la distribución en formato físico para llegar directamente a televisores, móviles y tabletas en streaming, pero es también una oportunidad perdida para hacer una película que podría haber supuesto un paso adelante en este tipo de producciones, hasta ahora algo flojas.

Una lástima.