Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de abril de 2017

Dulce despedida

Luisa recorre los pasillos del edificio por última vez. Camina despacio, muy pegada a la pared, y a cada paso su cadera chilla de dolor. Si su médico la viese, le echaría la bronca, le diría que esa caminata era del todo innecesaria. Pero ella no quiere desaparecer sin más de la oficina. Algunos de sus compañeros de trabajo lo han sido durante más de veinte años, y no piensa irse sin despedirse de ellos.
Lleva una caja de bombones en la mano; y no son de una marca cualquiera, porque le han costado un dineral. La paga que le va a quedar no es para tirar cohetes pero, como detalle de despedida, puede permitírselos. «Lo importante ―piensa― es que haya para todos y que se los coman a gusto.»
Nada más llegar se planta ante la mesa de José Antonio, de contabilidad, que se sorprende al verla.
―¡Luisa! ¿Cómo tú por aquí? Pero si me dijeron hace ya meses que te habías pre jubilado.
A ella no le sorprende la reacción de José Antonio. En realidad ha estado trabajando hasta hace tres días, pero para ese tío siempre ha sido como si no existiera. A las más jóvenes y guapas de la oficina, en cambio, las tiene bien controladas.
―No, en realidad me operaron hace unos meses de la cadera ―contesta ella amablemente―. No sirvió de mucho. Después me incorporé y he intentado trabajar durante un tiempo, pero no puedo. Al final me han dado la jubilación, pero ha sido hace solo unos días.
―Ah, pues no tenía ni idea, mujer. En fin, una pena, ¿no? Aunque bueno, oye, mejor para ti, así ya te quedas en casa tranquilita. ¡Ya me gustaría a mí!
Aunque el comentario no le hace ninguna gracia, ella sonríe. Después abre la caja de bombones.
―Toma, coge uno. Son de los que van rellenos de licor. Están muy buenos.
―¡Muchas gracias! Oye, no tenías que molestarte.
―Solo es un pequeño detalle de despedida.
Antes de que José Antonio empiece a desenvolverlo, ella ya camina hacia la mesa de Sandra, de recursos humanos, que hace como que no la ve hasta que Luisa deja la caja de bombones encima de su mesa, a solo unos centímetros de su mano.
―¡Luisa, cariño! Ya me han dicho que es tu último día. ¡Ay, me da mucha penita que te vayas!
Luisa la mira y se acuerda entonces del día en que, metida en uno de los cubículos del cuarto de baño mientras intentaba recuperarse de un pequeño mareo, la oyó entrar en los servicios junto a Rebeca y ponerse a hablar de ella. Puta vaca, inútil y amargada fueron solo algunos de los piropos que, creyéndose completamente solas, le dedicaron. Luisa, sin embargo, le ofrece un bombón, y aunque Sandra se lo piensa y lo mira con cara de estomecuestamediaclasedespinning, al final insiste y consigue que lo coja.
A Iñaki lo pilla cerrando a toda prisa una ventana de su ordenador en la que aparece una rubia con las tetas fuera. Lleva la página web de la empresa y es todo un artista de la tecnología. Luisa nunca ha llegado a verlos, pero los memes y chistes que hace sobre ella y que comparte con todos los demás compañeros deben de ser muy graciosos, a juzgar por cómo los otros cogen el móvil, miran la pantalla y después se parten de risa mientras la observan a ella con más o menos disimulo. Se despide de Luisa de una forma muy fría, casi sin mirarla a la cara, y como ella sabe que es de buen comer, le ofrece un bombón y le anima después a coger otro.
Sigue repartiendo bombones por toda la oficina: a Jesús, que los invitó a todos a su boda excepto a ella; a María, la organizadora por excelencia, que hace un grupo de whatsapp cada vez que hay un cumpleaños y que, a partir del segundo año, dejó de incluirla ―además de no interesarse nunca por si ella también cumplía años alguna vez―; a Julián, su superior directo, que le habla y le pide las cosas como si fuera imbécil para luego acabar quejándose lo haga como lo haga; a Carla, que la cagó con un cliente importante y, para quitarse la mierda de encima, la acusó a ella de haber preparado mal la documentación necesaria. Va lenta y son muchos en la oficina, así que el paseo le lleva un buen rato. Todos le sonríen y le dicen lo mucho que la van a echar de menos. Nadie le da un abrazo, ni siquiera dos besos. Todos cogen su bombón y comentan lo bueno que está.
―Cuidado, que son de los que van rellenos de licor― dice ella cuando ve que van a darle un bocadito en vez de metérselo entero en la boca.
El último es Andrés, de publicidad. Se queda parada antes de acercarse a su mesa. Que ella sepa, es el único de la oficina que nunca la ha tratado mal. Cuando él despega los ojos de la pantalla y la ve allí plantada le sonríe y se levanta. Se queda parado un momento para dejar paso a José Antonio, que va corriendo al servicio con cara de urgencia, y después se acerca a ella.
―¡Luisa! Es tu último día, ¿no?
―Sí, ya me despido.
―Se te va a echar de menos.
Ella observa la caja de bombones, que ya no pesa ni la mitad que cuando llegó. La ha llevado abierta por toda la oficina, pero ahora la tapa impide que se vean los tres o cuatro bombones que quedan.
―No digas mentiras.
―Que sí, mujer.
Él le da dos besos, aunque enseguida tienen que hacerse a un lado para que Rebeca, que corre hacia el baño con la cara muy blanca y la mano agarrándose la tripa, no los arroye.
―Bueno, ¿y qué tienes ahí? ―dice él mirando la caja.
Luisa duda antes de abrir la tapa. Piensa a toda prisa en una excusa para no hacerlo, para marcharse de allí sin ofrecerle un bombón a Andrés. Lo único que se le ocurre es decir que ya no quedan, que ha calculado mal y que se han acabado antes de lo que tenía previsto. En esos pocos minutos de duda, mientras Luisa se concede el tiempo necesario para tomar una decisión alargando su conversación con Andrés de la forma más tonta, Julián se levanta de su mesa y observa con terror que en la puerta del único cuarto de baño de la planta hay dos personas esperando. Poco después, cuando Sandra sale corriendo para allá, ya son cuatro.
Pero Luisa piensa entonces que Andrés, de algún modo, ha tenido muchas ocasiones de defenderla: que podría haber intercedido para que la incluyesen en los grupos de whatsapp, para que la invitasen a las comidas que organizaban todos los compañeros, que podría haberse puesto de su parte cuando Carla le echó a ella la culpa de la cagada con el cliente. Andrés nunca la ha tratado mal ―al menos, no directamente―, pero está segura de que, cuando los demás la ponen verde e inventan chistes sobre ella, él no se tapa los oídos; que cuando le llegan mensajes al móvil con memes sobre ella, no deja de abrirlos. Y seguro que hasta se ríe y los conserva si la ocurrencia es buena.
Abre la tapa y le ofrece los pocos bombones que quedan. Para entonces los que hacen cola en el baño, encogidos y visiblemente nerviosos, ya han empezado a meterles prisa a los de dentro de muy malas maneras. Iñaki sale corriendo hacia las escaleras con la esperanza de llegar a tiempo a los servicios de la planta de abajo. A María, agachada y con la cara descompuesta, se le han empezado a escapar las lágrimas.
―Son de los que van rellenos de licor. De un bocado, ¿eh?


lunes, 13 de marzo de 2017

Te llames como te llames

Cuando se conocieron eran Manrico y Leonora. Fue durante un otoño en Praga. A él le hizo gracia su forma de apretar los labios  cuando se concentraba; a ella el fugaz destello de rabia que él no conseguía disimular cada vez que alguien le corregía. Solo trabajaron juntos durante unos días, pero lograron que la ciudad entera hablase de ellos. Después estuvieron dos años sin verse.
Cuando volvieron a coincidir eran Violeta y Alfredo. Esta vez se encontraron en Milán, donde se hizo evidente que entre ellos estaba a punto de surgir una relación que iba a ir mucho más allá de lo profesional. El Un dì, felice, eterea nunca había sonado tan sincero en la ciudad italiana.
En Madrid fueron Rodolfo y Mimí, y las lágrimas que a él se le escapaban cada vez que ella moría en sus brazos eran tan abundantes y amargas que superaron ampliamente las exigencias del director de escena.
Durante años vivieron su historia con muchos nombres. A expensas del libreto fueron Porgy and Bess en Nueva York, Cio-Cio-San y Pinkerton en Viena, Peleas y Melisande en París, Tosca y Mario en Barcelona. Aunque pocas, hubo también algunas noches sin máscaras: noches en las que olvidaron sus matrimonios y cambiaron camerinos, maquillaje y trajes pomposos por restaurantes discretos y habitaciones de hotel; noches en las que se atrevieron a dejar de lado arias y dúos y se comunicaron improvisando susurros, gemidos y caricias.
Pero fue en el escenario donde vivieron los episodios más intensos de su historia. Porque ahí no había necesidad de fingir, ni tenían que buscar las palabras: solo recitar las que otros habían escrito para ellos y dejar que la música las elevase a la categoría de arte. Sobre el escenario emocionaban a miles de personas dejándose llevar y recibían aplausos por decir las cosas que estaban deseando decir.
Cada noche, tras la representación, el escenario quedaba a oscuras, pero sus historias nunca se apagaban del todo. Porque ni siquiera la muerte, que casi siempre triunfa en la ópera, podía evitar que todo volviese a empezar para ellos al día siguiente.


domingo, 12 de febrero de 2017

"HAGO REALIDAD TUS DESEOS"


Al pueblo había llegado una mujer, llena de pañuelos de colores, baratijas, olor a incienso, y hierbas que parecía beber compulsivamente cuando no estaba fumando su pipa a la puerta del mercado. Llevaba allí unos quince días cuando una mañana levantó un simple tenderete de tela roja, muy fina, tanto que quien estaba en el interior podía ver lo que pasaba fuera y viceversa.
A la entrada del llamativo tenderete colocó un cartel que rezaba: "Haré que tus deseos se hagan realidad". Más por curiosidad que por creencia, entró, a los dos días, uno de los vecinos del pueblo. El carnicero. Ella lo miró sin pestañear, lo había visto por el mercado como a casi todos los habitantes, sabía quién era pero teniendo en cuenta que llevaba delantal y olía a animal muerto, podría haberlo deducido fácilmente. El carnicero se sentó en la silla que le ofreció frente a ella. Como muda intermediaria, una mesa redonda.
Dio una calada a su pipa, impregnó el aire con olor a menta y le preguntó sin rodeos:
─¿Cuál es su deseo?
─¿Es una pitonisa? ¿Adivina el futuro?
─Ni lo uno, ni lo otro. Soy una viajera con un pequeño don que suelo compartir, haré que su deseo se haga realidad. ¿Qué desea?
─Deseo tener mucho dinero para poder ampliar mi negocio y permitirme tener un ayudante. Estoy muy cansando.
─¿Eso es todo?
─Sí.
─Bien, ahora haré lo siguiente ─se levantó y bordeó la mesa aproximándose a él─ voy a escribir cómo lograr su deseo en la palma de su mano. Lo escribiré con esta preciosa pluma ─apareció de la nada, en su mano derecha, una pluma de vívidos colores acorde con el escenario donde estaba transcurriendo la extraña escena, o eso pensó el carnicero─. Debe darse prisa en leer lo que escriba, puesto que la tinta se borrará en tres segundos.
─¿Qué? ─ella tomó su mano, y girándose la ocultó con su cuerpo a la vista del cliente mientras escribía todo lo necesario para que él consiguiera hacer realidad su deseo. Al acabar volvió a girarse y colocó la palma de la mano del carnicero a la altura de sus ojos. Él, medio aturdido, por lo raro de la situación, alcanzó a leer algunas frases escritas en una enjuta letra que a pesar de todo era fácilmente legible: "Comprar un traje y jabón en la tienda frente a la carnicería y solicitar ayuda a la mujer..." y justo entonces se borró todo lo escrito.
─¿Qué? No puede ser. No he podido leerlo. Además, ¿qué tiene esto que ver con mi deseo? Dejar la carnicería para comprar no sé qué... Eso solo haría que perdiera clientes y dinero. ¡Es una estafadora! ¡No tiene ni idea de cómo hacer que mi deseo se haga realidad!
─Disculpe, señor, pero ya le adelanté lo que iba a pasar y el tiempo del que disponía. No sé qué tiene que ver con su sueño ─dijo con su mirada gatuna─ pero es lo que la pluma ha escrito y ella no se equivoca.
─¡No pienso pagar por esto!
─Pero si ya lo ha hecho, señor ─y le enseñó un par de billetes que desaparecieron al instante entre sus dedos. El carnicero estaba más asustado que enfadado por la pérdida del dinero, y se palpó el bolsillo para asegurarse que su cartera estuviera en su sitio, pero pudo localizarla, en un segundo intento, en el bolsillo contrario. Se levantó titubeante y antes de irse se giró de cara a la señora que había vuelto a su asiento al otro lado de la mesa redonda, y le preguntó:
─¿De verdad eso hará mi sueño realidad? ─ella le guiñó un ojo como respuesta.

Una semana más tarde, otro vecino del pueblo entró en el tenderete y la escena se repitió. Muchos de los habitantes cruzaron el tul rojo de la entrada, cada uno con su deseo, cada cual con su anhelo. Y la "Gran Señora", como empezaban a apodarla, mantenía su pluma al servicio de todos ellos.
Muchas semanas pasaron desde que se instalara allí, y una tarde, en la cantina del pueblo, el carnicero, absolutamente transformado: barba recortada, peinado con limón y el delantal impoluto a juego con sus inmaculadas uñas, les contaba a los que aún no habían acudido a visitar a la Gran Señora, cómo esta había cambiado su vida.
─Pero, ¿tú que deseo le dijiste? Porque el mío no se ha cumplido. Bueno, al menos no como yo esperaba.
─La Gran Señora, sabe cuál es tu deseo aunque no se lo digas ─comentaba otro parroquiano.
─La Gran Señora, sabe cuál es tu deseo aunque tú no lo sepas ─proclamó otro adepto de la mujer. Y así, uno tras otro, iban ensalzando sus buenas artes.
Había llegado, hacía muy poco, un forastero al pueblo, que en el aquel momento escuchaba atento las historias. Tras un rato escuchando a esa buena gente, por su cabeza cruzó la idea de desenmascarar a aquella farsante, no estaba bien aprovecharse de la gente sencilla, alguien como él debía evitarlo. Así que le pidió al carnicero que le contara su historia con detalle. Cuando el complacido narrador acabó, el forastero le indicó:
─Pero no ha ampliado su negocio, ni ha conseguido un ayudante. ¿Cuánto hace que visitó a la señora?
─La Gran Señora ─puntualizó el carnicero─ La visité hace unos cinco meses o así.
─Entiendo. ¿Y le dijo cuándo se haría realidad su deseo? Porque por ahora nada, ¿no?
─Bueno, sí, pero no. Después de seguir su consejo y acudir a la tienda y todo lo demás conocí a la que ahora es mi mujer, y esperamos un hijo ─añadió con una sonrisa que no le cabía en la cara.
─¡Entonces va a ser incluso más pobre que antes!
─Eso, señor, depende de cómo mida usted la fortuna. Además dentro de pocos meses tendré al que será mi ayudante ­─volvió a sonreír y su sonrisa se extendió desde los ojos a todo el rostro─ puede, incluso, que más de uno.
─¿De verdad no se da cuenta de que ha sido engañado?
─¿Engañado? Si esto es un engaño, que vengan muchos más como este.
Dejándolo por imposible, el forastero, lanzó un cebo diferente:
─¿Y cómo cree que lo hace?
─¿El qué?
─Adivinar los deseos de la gente.
─Es por la pluma de "tinta rápida". Bueno, al menos nosotros la llamamos así.
─La pluma. No me lo creo, ella dirige la pluma, debe haber algo más, y yo voy a averiguarlo.
Todos se quedaron boquiabiertos ante la osadía del forastero. Tal vez podría descubrirlo pero, ¿y si eso molestaba a la Gran Señora y se iba? Nadie estaba de acuerdo con esa temeridad.
**
Un brillo de advertencia destelló en la mirada de la Gran Señora cuando el desconocido entró en su tenderete, pero no dejó que esa expresión fuera más allá de sus ojos.
─Bienvenido al pueblo ─le saludó mientras fumaba su pipa.
─Gracias, ¿ha oído hablar de mí?
─En realidad no, pero sé que no es de aquí.
─Ya veo ─realizó una pausa, pero al ver que ella no iniciaba la conversación, sino que se limitaba a observarlo, continuó─ Vengo para que haga realidad mi deseo.
─Su deseo ─repitió mientras exhalaba el humo─ ¿Y cuál sería?
─¿No puede adivinarlo? En el pueblo se dice que usted revela, a quién le pide ayuda, su verdadero deseo.
─No soy responsable de lo que se dice en el pueblo sobre mí, solo puedo convivir con ello. Y tampoco adivino los motivos que tiene la gente para venir a verme ─utilizó la palabra motivo adrede, pero el forastero no se inmutó al respecto.
─Entiendo ─otro silencio acompañó a sus palabras. Ambos se estudiaban con cautela, preparando el siguiente envite. Pero esta vez fue ella quien rompió el silencio:
─¿Quiere un té?
─No me gustan los brebajes extranjeros.
─¡Vaya! Eso sí que no me lo esperaba. ¿Teme que lo envenene con mi té? ¿O tal vez que lo drogue? ─preguntó perspicaz.
─Puede.
─¿Quiere que beba de su taza primero?
─No, aun así no sabría si puedo fiarme de usted.
─Un desconfiado y curtido viajero, por lo que veo.
─No se debe aceptar comida ni bebida en el hogar del enemigo ─citó la frase que había aprendido en aquel libro cuyo nombre no podía recordar.
─¿Somos enemigos?
─Tal vez solo contrincantes.
─Aprecio la corrección ─sonrió.
─Deberíamos entrar en materia, ¿no?
─Usted dirá.
─Mi mayor deseo es conocer su secreto.
─¿Y para qué querría saber eso? ─esbozó una cínica sonrisa.
─Tal vez para levantar un tenderete justo a su lado, tal vez porque me gusta conocer los secretos de la gente.
─Tal vez para desenmascarar a una timadora ─escrutó.
─Tal vez ─concedió.
─¿Está seguro que ese es su verdadero deseo?
─Sí.
─Como desee. Supongo que conoce la rutina y el tiempo del que dispone.
─Sí, lo sé. No se preocupe, vengo informado ─sonrió con malicia. Era evidente lo que debía hacer, si la tinta solo permanecía tres segundos en su mano, debía empezar a leer por el final, así sabría lo que quería.
La Gran Señora, se levantó acompañada de un suave movimiento de su ropa de seda, dejó su pipa en la mesa y salvó la distancia que la separaba del forastero.. Cogió su mano e interpuso su cuerpo  entre ella y la mirada inquisitoria de él. La pluma surgió de su mano, pero el forastero no le hizo el menor aprecio, seguía intentado atisbar cualquier rastro de las letras que le iba a escribir en la palma de la mano. Ella alzó una ceja y se dispuso a darle exactamente aquello que quería. Cuando acabó, el tiró de la mano sin miramientos y empezó a leer desde el final hacia arriba: "Pero aquello no le hizo feliz". "Así fue como descubrió el secreto de la señora" "Y entonces lo supo y las piezas encajaron"... Y la tinta desapareció.
─¿Qué es esto? No he podido leer nada.
─Pues qué raro, porque estaba escrito la mar de claro.
─Solo leí que descubrí su secreto, pero no cómo.
─Pero es imposible, estaba todo ahí, al principio ─dijo con sorna la última palabra y sonrió para sus adentros.
─Sabía que iba a leer desde el final y lo ha hecho a propósito ─reclamó indignado.
─¿Cómo iba a saber yo, una estafadora, tal cosa? ¿Empezó a leer desde la última frase y siguió hacia arriba? ─negaba con la cabeza a modo de fingido regaño─ Quiso hacer trampa y mire lo que le pasó.
─Quiero hacerlo de nuevo.
─No se puede. Solo hay una oportunidad.
─No quiere que lo averigüe, ¿cierto?
─Pero si ya lo ha hecho, solo que no se da cuenta, igual que no supo leerlo correctamente.
─¿A qué se refiere?
─La gente como usted jamás estará satisfecha con lo que tenga o averigüe. No quiere conseguir lo que desea. Ni si quiera sabe lo que desea ─él la miró escéptico─ ¡Oh, vamos! No le importa nada mi secreto, seguirá viviendo igual lo sepa o no. Solo quiere ganar, le da igual cómo.
─¿Qué está insinuando?
─La gran mayoría de la gente no sabe lo que quiere, lo aprende mientras persigue objetivos equivocados. ¿Cree que si le hubiera dicho al carnicero que lo que necesitaba era un motivo para esforzarse, lo habría aceptado de buen grado? Si le hubiera dicho que sería rico, siendo más pobre ¿me habría creído? Pero mírelo ahora.
─¿Está admitiendo que no puede hacer realidad los deseos? Es una farsante, lo sabía, lo sabía.
─Y supongo que eso lo hace inmensamente feliz.

─¿Qué? ─Y entonces lo supo y las piezas encajaron. Así fue como descubrió el secreto de la señora. Pero aquello no le hizo feliz.

domingo, 15 de enero de 2017

Amistad de acero

Tendría que haberme divorciado hace cinco años, fue lo que pensé al abrir la puerta de mi nuevo apartamento. Era un cuchitril viejo de una sola habitación que olía a humedad y estaba lejos del centro, pero allí, con una maleta gigantesca en la mano y buena parte de mi vida metida en grandes cajas, sentía que, por primera vez en años, dispondría de un espacio para mí. Esa casa no era la del marido de alguien, ni siquiera la de un padre de familia ―aunque mis hijos pasarían allí algunos fines de semana―: era mi propio apartamento, y me sentía emocionado.
―¿Esto es tu nuevo palacio?
Norman, un amigo, me estaba ayudando con la mudanza. En el portal ya había dejado claro que el sitio le parecía una mierda ―opinión que había repetido al ver la escalera y al subir al ascensor―, y ver el apartamento por dentro no le hizo cambiar de opinión.
―Ya sé que no es gran cosa, pero me gusta ―contesté intentando que no me contagiase su actitud―. Además, es algo temporal. Ahora he tenido muchos gastos con los abogados y todo eso; cuando me recupere, ya alquilaré otra cosa mejor.
Esa era realmente mi idea: instalarme allí durante unos meses, quizá un año. Me sentía como un joven recién salido de casa y me imaginaba lo emocionante que iba a ser la vida nocturna en libertad con mi grupo de amigos, pero claro que aspiraba a vivir en un sitio mejor. Solo tenía que darme un tiempo y ahorrar un poco. Idiota de mí, eso era lo que pensaba entonces.
Me pasé la mañana sacando cosas de las cajas y colocando lo más básico. Norman solo me ayudó durante un rato. Él todavía estaba en mi apartamento cuando abrí una caja llena de libros y de cómics antiguos.
―¡Oye, a mí esto me interesa! ―dijo agachándose y rebuscando entre los ejemplares. Para mí todo aquello era casi basura: libritos amarillentos y tan deteriorados en su mayoría que iban perdiendo páginas a medida que Norman los sacaba de la caja. Casi todos esos cómics habían pertenecido a mi abuelo. Excepto unos pocos que él mismo me había comprado ―casi siempre justo antes de entrar al estadio cuando me llevaba a ver jugar a los Nets―, todos tenían muchísimos años y unas portadas que no me resultaban en absoluto familiares. A decir verdad, aunque mi abuelo intentó contagiarnos a mi padre y a mí el gusto por esas historias de superhéroes y aventuras, ninguno de los dos llegamos a seguirlas con mucho entusiasmo. Si yo tenía todos esos cómics era porque, poco después de que mi abuelo falleciese, mi abuela insistió en que me pasara por allí y me los llevase como recuerdo.
―Si ves algo que te interese, cógelo ―le dije a Norman.
―¿En serio? Tío, aquí hay cómics muy antiguos.
―Ya te digo. Mi abuelo se los pasó a mi padre, pero a él tampoco le iban mucho.
―¿Cómo puede ser que no os gustaran? A todos los chavales les flipan estas...
De repente se quedó callado. Yo en ese momento estaba de espaldas a él, pero me giré extrañado por su silencio. Llegué a percibir que miraba con asombro el cómic que sostenía entre las manos: uno de los pocos ejemplares que mi abuelo ―o quizá mi padre años después― había metido en una de esas fundas transparentes para que se conservase mejor.
―¿Por qué te has quedado callado? ―le dije―. ¿Has visto algo interesante?
―No ―contestó apresuradamente dejando caer de nuevo el cómic dentro de la caja―. No, qué va; solo uno que me encantaba cuando era crío. Joder, es que me ha parecido mucha casualidad que tú también lo tengas ―añadió tras soltar una carcajada nerviosa.
―Llévatelo, ya te he dicho que te lleves lo que te guste.
―Sí, creo que cogeré algunos. Y volviendo a lo de antes... me parece raro que a tu padre y a ti no os llamaran la atención los cómics.
―Bueno, conociendo a mi viejo, apuesto a que descubrió el porno con doce o trece años y se olvidó de los superhéroes.
―Ya. Pues, si hay que echarle la culpa al porno, seguro que tú con ocho años ya no leías cómics ―bromeó.
No volví a pensar en esa conversación en mucho tiempo. Y, como es normal, las semanas y meses siguientes me los pasé acoplándome a mi nuevo apartamento. No tardé demasiado en descubrir que esa recuperación económica de la que le había hablado a Norman, la que me permitiría mudarme a un sitio mejor en cosa de un año, iba a ser mucho más difícil de lo que tenía previsto. Los gastos del divorcio solo habían sido el anticipo de lo que se me venía encima. Pronto me di cuenta de que, tras pagar la manutención de los críos cada mes, mi cuenta corriente quedaba tan exhausta que hasta el alquiler más barato suponía un verdadero lujo. Mi exmujer no tenía ese problema: el piso en el que vivíamos era de sus padres, así que fue ella quien se quedó allí disfrutando de una nueva vida en la que palabras como alquiler o hipoteca no significaban una mierda. Pero, en mi caso, los primeros días del mes se llevaban por delante buena parte de una nómina que, la verdad sea dicha, tampoco daba para muchas florituras.
El ritmo de vida que empecé a llevar tampoco ayudó mucho en ese sentido. Animado por una panda de amigos que me había acogido con los brazos abiertos tras unos años de vida familiar, empecé a olvidar la frontera entre la noche y el día. Al principio solo sucedía los fines de semana, pero esa era una frontera que también empezó a esfumarse poco a poco: al principio el fin de semana empezaba el viernes noche, después lo adelanté al jueves e incluso al miércoles, y unas semanas después me costaba distinguir si era sábado o lunes. Mis juergas eran baratas ―como mucho pasaban de la cerveza enlatada a la embotellada― pero, aun así y a fuerza de salir noche tras noche, mis gastos empezaron a multiplicarse. Si a eso le sumáis que el cansancio me hacía rendir menos en el trabajo y que cada vez me llevaba menos comisiones, no os costará imaginar que, unos pocos meses después, mi situación había empeorado bastante.
Pronto empecé a retrasarme con el tema de la manutención, y mi exmujer se mostró muy poco comprensiva. Las cosas como son: la muy zorra estaba deseando que cometiese el más mínimo error para lanzarme a ese perro que tiene por abogado. Al final la situación se me hizo insostenible: terminé bebiendo más de la cuenta para olvidar que mi vida se había convertido en un agujero de mierda; y, para poner la guinda al pastel, esa afición por la bebida acabó costándome el empleo. Fue poco después de eso, cuando llevaba unas semanas en el paro, cuando volví a acordarme de Norman, de la mudanza y de nuestra conversación sobre cómics.
Recuerdo que estaba en la cocina. Debían de ser las tres o las cuatro de la tarde. Yo estaba recién levantado y con resaca, como era habitual, pero aun así me había propuesto comer algo y ponerme a ojear las ofertas de empleo del periódico, por si el puesto de director de alguna empresa multimillonaria estaba vacante o por si algún país jodidamente rico y lleno de petróleo necesitaba un presidente corrupto. De fondo, el parloteo de la televisión; las noticias habían acabado ya con los asuntos serios y empezaban a zambullirse en las habituales chorradas y curiosidades que preceden al deporte.
―... gracias, Frank, los que tengan pensado cambiar de coche próximamente se alegrarán de oír eso. Y ahora pasemos a la siguiente noticia. ¡Un millón y medio de dólares! ―Como un perro que oye la palabra galleta, me olvidé del periódico y levanté la cabeza al instante―. Esa es la cifra récord que ha alcanzado un cómic en una subasta que tuvo lugar ayer, ¿verdad, Jessica?
―Sí, pero es que no hablamos de un cómic cualquiera, sino de un ejemplar de la revista “Action Comics nº1” que, como quizá algunos de ustedes sabrán, contiene la primera aparición de Superman. No es la primera vez que un ejemplar de este cómic, del que se sabe que existen menos de cien copias en el mundo, alcanza cifras de locura, ¡pero hasta ahora nunca una tan alta!
―Y es que, al parecer, se trata de uno de los ejemplares en mejor estado de conservación que han aparecido en los últimos años. Nos lo cuenta todo...
Seguí escuchando la noticia con los ojos pegados a la televisión y con el periódico arrugado y roto entre mis puños apretados. Y es que en la esquina de la pantalla, junto al rostro sonriente del presentador, aparecía una imagen del cómic en la que se veía perfectamente la portada: Superman, con un diseño prácticamente idéntico al actual, levantaba con toda la facilidad del mundo un enorme coche verde. Como ya imaginaréis, no era la primera vez que yo veía esa portada; sin saber que ese cómic tuviese ningún valor, lo había tenido en mis manos, lo había metido en la caja al preparar la mudanza y lo había subido junto con todos los demás a mi nuevo apartamento. Sí, vaya que si me acordaba: era uno de los pocos protegidos por una funda. Y, aunque la caja seguía ahí, en un rincón tras del sofá, estaba claro que el cómic habría desaparecido. Fui corriendo a comprobarlo. Norman... qué hijo de puta.
No nos habíamos vuelto a ver desde el día de la mudanza. Yo lo había llamado un par de veces y él me había dado largas; como tampoco es que tuviésemos una relación muy estrecha, no me había resultado extraño que se mostrase tan esquivo, pero ahora empezaba a entender por qué me había evitado. Fui enseguida a su casa, llamé al timbre y golpeé la puerta, pero una vecina metomentodo me dijo que no había nadie en casa. Aproveché que no tenía otra cosa que hacer para visitar a un par de amigos que tenemos en común y preguntarles si sabían algo de Norman. Uno de ellos me dijo que también llevaba un tiempo sin saber nada de él, y el otro me contó que no lo había visto en semanas, pero que, según había oído por ahí, el tío se había comprado un cochazo. Pues claro que se habría comprado un cochazo, y no tardaría en buscarse una casa enorme en alguna urbanización pija. Millón y medio de dólares dan para mucho, joder. Pero estaba dispuesto a visitar a Norman antes de que se largase de la ciudad y me costase más seguirle la pista.
Esa misma noche, muy encendido y con demasiadas cervezas en el cuerpo, me presenté de nuevo en su piso. Esta vez pasé del timbre y aporreé la puerta dispuesto a tirarla abajo si era preciso. Solo había gritado su nombre dos veces cuando esta se abrió.
―Tú... ¿pero qué coño haces aquí a estas...?
Ni siquiera le dejé acabar la frase. Me abalancé sobre él y enseguida los dos perdimos el equilibrio cayendo al suelo. Aproveché que Norman estaba debajo de mí, confundido y sin saber aún qué pasaba, para darle un puñetazo que hizo saltar las primeras gotas de sangre de sus labios.
―¡Eres un hijo de puta! ―le grité.
―¿Estás loco? ¡Cálmate, joder! ¿De qué cojones va esto?
―Lo sabes de sobra. ¿Dónde tienes el dinero?
―¿De qué dinero me estás hablando, por el amor de Dios?
―¡Un millón y medio de dólares! ―Aún más enfadado por el hecho de que se hiciera el tonto, le solté otro puñetazo―. Eso es lo que me has robado, puto cabrón.
―¿Qué yo te he...? ¡Para de una vez, ¿quieres?! Déjame hablar.
Me levanté y dejé que él hiciera lo mismo. Se llevó la mano a la cara, puso una mueca de dolor al comprobar que tenía el labio partido y sus dedos se enrojecieron con el hilo de sangre que escapaba de su nariz. A mí, sin embargo, me pareció que aquello era poco castigo. El dejar que se levantara no era más que una pequeña tregua: estaba dispuesto a recuperar lo que me pertenecía o a romperle todos los huesos de la cara.
―¿A ti se te ha ido la cabeza o qué?  ―me gritó enseñándome su mano manchada de sangre―. Me parece que voy a llamar a la policía ahora mismo.
―El cómic ese de Superman ―dije yo ignorando su amenaza―. Te lo llevaste tú, ¿verdad?
―Que yo me llevé... Joder, ¿y yo qué sé? Me dijiste que cogiese lo que quisiera y pillé unos cuantos.
Di un paso hacia adelante amenazando con lanzarme de nuevo sobre él. Se encogió contra la pared.
―¡No te atrevas a mentirme otra vez, hijo de puta! ¿Me vas a decir que no sabías lo que valía?
―¿Pero tú eres idiota o qué? ¿En serio crees que alguno de los cómics que tienes vale una puta mierda?
―Ese de la primera aparición de Superman. Estaba en mi caja, lo recuerdo perfectamente. Esta tarde han dicho en la tele que se ha subastado un ejemplar por un millón y medio de dólares, Norman, ¡un millón y medio! Y luego voy y le pregunto a Jerry sobre ti y me dice que te has comprado un cochazo.
―A Jerry, no me jodas... ―soltó una risotada nerviosa―. El coche me lo compré hace casi un año, gilipollas. ¿En serio vienes aquí a joderme confiando en la palabra de ese borracho idiota?
―¿Qué cojones me estás contando, Norman?
―Espera aquí ―me dijo, y viendo que yo no estaba dispuesto a dejar que se marchase sin acabar lo que había empezado, añadió―: No voy a irme a ningún sitio, solo quiero coger una cosa de aquella estantería, ¿vale?
Dejé que se alejase planteándome por primera vez la posibilidad de que me hubiese equivocado. ¿Y si no se trataba del número uno de Action Cómics? ¿Y si me había precipitado al pensar que Norman me la había jugado? Entonces volvió a acercarse con un cómic entre las manos. Era un ejemplar protegido por una funda transparente. Lo puso entre mis manos y, a través del plástico algo sucio por el paso del tiempo, vi a Superman levantando aquel coche verde: la misma escena que había visto por la tarde en los informativos. Miré a Norman sin comprender.
―Sácalo de la funda, venga.
Obedecí al instante manipulando aquel ejemplar con unas manos tan torpes que casi me resultaban extrañas. ¿Qué coño significaba todo aquello? Tiré la funda de plástico al suelo y sujeté el cómic notando que algo no estaba del todo bien: las páginas interiores se habían despegado de la portada y bailaban de forma independiente. Después me fijé más y me di cuenta de que ni siquiera tenían exactamente las mismas dimensiones. Sin comprender, queriendo creer que aquello era lo normal tratándose de una publicación tan antigua, abrí el cómic y comprobé lo equivocado que había estado durante todo el día.
Estaba lleno de tías en pelotas; casi todas ellas rubias delgaditas con unas tetas no demasiado grandes. Posaban de tal forma que uno no necesitaba de su imaginación para conocer hasta el más mínimo detalle de sus cuerpos, y en algunas páginas se las podía ver en plena acción con tipos bigotudos y algo mayores. Joder, aquello era porno, porno del malo. Y no es que yo le hiciera ascos a ese tipo de publicaciones pero, por la forma en que habían maquillado a las chicas, el estilo de sus peinados, el color algo apagado de las imágenes y hasta el tipo de papel, podía deducirse que aquella revista tenía muchos años. Entonces me acordé del capullo de mi padre: me lo imaginé con catorce años arrancando las páginas de aquel cómic millonario, tirándolas a la papelera y ocultando esa mierda de revista guarra bajo la famosa portada que anunciaba la primera aparición de Superman. Más de un millón de dólares a la mierda para que mi padre pudiera cascársela tranquilamente en su habitación. Bien hecho, papá.
―Ahí tienes tu millón y medio de dólares, gilipollas. Y ahora lárgate de mi casa antes de que llame a la policía.
La voz de Norman sonó lejos. Yo aún estaba intentando aferrarme a una realidad alternativa: a una en la que no hubiera rubias escuálidas abiertas de piernas entre mis manos, sino dibujos de Superman impartiendo justicia; a una en la que aquel cómic, protegido en su funda de plástico, apareciese en los informativos sobre un cartel lleno de ceros; a una realidad en la que mi padre no hubiese sido un puto imbécil durante toda su vida. Pero no había nada que hacer.
Tiré aquel cómic al suelo y me di la vuelta dispuesto a marcharme. Tocaba olvidar fortunas y lujos que nunca habían estado a mi alcance y volver a pensar en el alquiler, la manutención y la búsqueda de empleo. Aquel panorama me hundió de nuevo. Estaba a punto abandonar el piso de Norman, pensando en si debía murmurar una disculpa o si lo mejor era desaparecer sin más y para siempre cuando me di cuenta de algo: ese hijo de puta no podía saber lo de la revista guarra cuando se llevó el cómic de mi casa.
Me di la vuelta. Él estuvo a punto de gritarme para que me marchase de una vez, pero me miró a los ojos, se dio cuenta de lo que yo estaba pensando y, en lugar de hacerlo, dio un paso atrás mientras buscaba nervioso el teléfono móvil en su bolsillo. No me importó que empezara a marcar el número de la policía. Cerré la puerta. Me metí de nuevo en su apartamento.
Ya que iba a dormir en el calabozo...