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lunes, 9 de abril de 2018

Hoy no me abrí



Hoy me estuve llamando un rato y no me abrí.

No me sorprendía encontrarme allí, subido al escalón de la entrada, esperando que yo mismo me abriera. ¿Quién si no uno tiene más derecho a llamar a su propia puerta? ¿Quién sino uno tiene el derecho de llegar de visita a la hora que le apetezca? Y es que nos visitamos tan poco que llegamos a olvidar el proceso de llegada, espera y entrada. Y me debía una visita, la verdad es que me la debía.

Pero hoy me estuve llamando y no me abrí.

Y eso que no aporreé el portero como esos chavales que, de prisa, quieren que les abras antes de haber tocado. No insistí porque sabía que no me gustaba. Un simple toque, con la duración adecuada, era mas que suficiente. Luego la supuesta corta espera, acercando el oído al interfono. Pesaban las bolsas del Mercadona así que las apoyé en el escalón y esperé. La seguridad que empieza a temblar conforme pasan los minutos me llevó a pensar qué me podía estar pasando que no me abría ya. Me impacienté pero confié en mi mismo, como no podía ser de otra manera.

Pero no me abrí hoy, hoy no me abrí.

Pulsé de nuevo pasados unos minutos. El tiempo necesario para salir del baño o terminar la conversación, dos de los motivos que se le pasan a uno por la cabeza cuando se hace esta espera. No cabía la siesta, no era la hora y sabía que me estaba quitando. Ya había pasado también aquella época en que, en los días malos, prefería hacerme el no presente quedándome quieto a más no poder hasta estar convencido que el visitante inesperado se había marchado. A propósito, ¿por qué será que nos causa zozobra no abrir la puerta cuando llaman y estamos dentro?, ¿por qué extraña razón, si el que está fuera no puede vernos ni sabe si estamos o no? Alguna recóndita culpabilidad nos impulsa a responder a la llamada, imagino.

Pero hoy me estuve llamando y no me abrí.

Imaginé una y mil causas. La mente prolífica se expande cuando toca una espera a su vez inesperada. Pesaban las bolsas y apoyadas en el estrecho escalón prometían una caída segura sobre la acera. Es curioso, me dio por pensar, que sea cual sea la combinación de compras que uno haga, sea como sea la colocación, si se va suficientemente cargado, la bolsa apoyada en el suelo siempre volcará al lugar opuesto al que esperamos, que suele coincidir con aquel que facilita que cualquier cosa se desparrame. Está demostrado, pueden hacerlo. De hecho, estoy convencido de que fue en este en lo que se basó Newton para formular su ley de la Gravedad. Compren si quieren durante diez días lo mismo. Lo mismo hasta el más mínimo detalle. Métanlo en la bolsa del supermercado de todas las maneras que se les ocurra, ojo que tienen  que ser de esas que no se separan de ninguna manera y que están especialmente pensadas para que los que compramos solos atasquemos la fila de la caja. Cárguense lo suficiente, eso sí, una sola bolsa ligera no sirve. Apoyen, tengan el valor de apoyar la bolsa en cualquier superficie horizontal, y verán que, sea la que sea la forma en la ordenaron las compras, la bolsa derivará hacia el lado opuesto al que les interesa. Pruébenlo.

La tercera insistencia sin respuesta me hace preocupar mucho más. Estoy convencido de que estoy arriba. ¿Dónde voy a estar a estas horas de la tarde? Existe un poco de desesperanza cuando la puerta de destino no se abre o, peor, cuando no se encuentra respuesta aunque luego no llegue a abrirse. Parece, cuando ocurre, que uno se ha trasladado a la China a hacer la visita. Siente como si no existiese ya otro lugar en el mundo. Como si, en este caso, no pudiera uno sentarse en un bar a tomarse una cervecita o como si no hubiese otro destino. Miré insistentemente el cuadro del portero, confiando que la mirada intensa atraería la respuesta.

Pero no fue así, hoy no me abrí.

A saber dónde me habré metido o el por qué hoy no quiero abrirme. Terminaré entendiéndolo, qué duda cabe, pero por el momento me asalta un cierto desconsuelo. No cabe otra que escoger otro destino aunque en este caso el destino no importe porque tarde o temprano tendré que abrirme. No puedo imaginarme dejarme esta noche durmiendo al raso.

Una última llamada que se hace como para cumplir con el protocolo, con la esperanza de que finalmente aparezca una voz que, aunque acelerada, te abra por fin la puerta. Siempre cabe haber llegado justo cuando empezaba a ducharme. Pero en este caso el argumento se desinfla por sí mismo al recordar que me di la ducha media hora antes de salir.

Me llevé la llave, desde luego, pueden haberse estado preguntando. Pero no era hoy cuestión de irrumpir en casa sin previo aviso. Hay confianzas que, a veces, no puede uno tomarse ni con uno mismo. Quizá tan solo necesite un poco de tiempo. Ya con la llamada debo estar sobre aviso.

Viendo que la tarde todavía brilla de azul oscuro, recojo las bolsas volcadas y me voy a dar una vuelta. Volveré más tarde, que seguro que termino por abrirme.

Pero no olvidaré que hoy me estuve llamando y no me abrí.

 

domingo, 12 de febrero de 2017

"HAGO REALIDAD TUS DESEOS"


Al pueblo había llegado una mujer, llena de pañuelos de colores, baratijas, olor a incienso, y hierbas que parecía beber compulsivamente cuando no estaba fumando su pipa a la puerta del mercado. Llevaba allí unos quince días cuando una mañana levantó un simple tenderete de tela roja, muy fina, tanto que quien estaba en el interior podía ver lo que pasaba fuera y viceversa.
A la entrada del llamativo tenderete colocó un cartel que rezaba: "Haré que tus deseos se hagan realidad". Más por curiosidad que por creencia, entró, a los dos días, uno de los vecinos del pueblo. El carnicero. Ella lo miró sin pestañear, lo había visto por el mercado como a casi todos los habitantes, sabía quién era pero teniendo en cuenta que llevaba delantal y olía a animal muerto, podría haberlo deducido fácilmente. El carnicero se sentó en la silla que le ofreció frente a ella. Como muda intermediaria, una mesa redonda.
Dio una calada a su pipa, impregnó el aire con olor a menta y le preguntó sin rodeos:
─¿Cuál es su deseo?
─¿Es una pitonisa? ¿Adivina el futuro?
─Ni lo uno, ni lo otro. Soy una viajera con un pequeño don que suelo compartir, haré que su deseo se haga realidad. ¿Qué desea?
─Deseo tener mucho dinero para poder ampliar mi negocio y permitirme tener un ayudante. Estoy muy cansando.
─¿Eso es todo?
─Sí.
─Bien, ahora haré lo siguiente ─se levantó y bordeó la mesa aproximándose a él─ voy a escribir cómo lograr su deseo en la palma de su mano. Lo escribiré con esta preciosa pluma ─apareció de la nada, en su mano derecha, una pluma de vívidos colores acorde con el escenario donde estaba transcurriendo la extraña escena, o eso pensó el carnicero─. Debe darse prisa en leer lo que escriba, puesto que la tinta se borrará en tres segundos.
─¿Qué? ─ella tomó su mano, y girándose la ocultó con su cuerpo a la vista del cliente mientras escribía todo lo necesario para que él consiguiera hacer realidad su deseo. Al acabar volvió a girarse y colocó la palma de la mano del carnicero a la altura de sus ojos. Él, medio aturdido, por lo raro de la situación, alcanzó a leer algunas frases escritas en una enjuta letra que a pesar de todo era fácilmente legible: "Comprar un traje y jabón en la tienda frente a la carnicería y solicitar ayuda a la mujer..." y justo entonces se borró todo lo escrito.
─¿Qué? No puede ser. No he podido leerlo. Además, ¿qué tiene esto que ver con mi deseo? Dejar la carnicería para comprar no sé qué... Eso solo haría que perdiera clientes y dinero. ¡Es una estafadora! ¡No tiene ni idea de cómo hacer que mi deseo se haga realidad!
─Disculpe, señor, pero ya le adelanté lo que iba a pasar y el tiempo del que disponía. No sé qué tiene que ver con su sueño ─dijo con su mirada gatuna─ pero es lo que la pluma ha escrito y ella no se equivoca.
─¡No pienso pagar por esto!
─Pero si ya lo ha hecho, señor ─y le enseñó un par de billetes que desaparecieron al instante entre sus dedos. El carnicero estaba más asustado que enfadado por la pérdida del dinero, y se palpó el bolsillo para asegurarse que su cartera estuviera en su sitio, pero pudo localizarla, en un segundo intento, en el bolsillo contrario. Se levantó titubeante y antes de irse se giró de cara a la señora que había vuelto a su asiento al otro lado de la mesa redonda, y le preguntó:
─¿De verdad eso hará mi sueño realidad? ─ella le guiñó un ojo como respuesta.

Una semana más tarde, otro vecino del pueblo entró en el tenderete y la escena se repitió. Muchos de los habitantes cruzaron el tul rojo de la entrada, cada uno con su deseo, cada cual con su anhelo. Y la "Gran Señora", como empezaban a apodarla, mantenía su pluma al servicio de todos ellos.
Muchas semanas pasaron desde que se instalara allí, y una tarde, en la cantina del pueblo, el carnicero, absolutamente transformado: barba recortada, peinado con limón y el delantal impoluto a juego con sus inmaculadas uñas, les contaba a los que aún no habían acudido a visitar a la Gran Señora, cómo esta había cambiado su vida.
─Pero, ¿tú que deseo le dijiste? Porque el mío no se ha cumplido. Bueno, al menos no como yo esperaba.
─La Gran Señora, sabe cuál es tu deseo aunque no se lo digas ─comentaba otro parroquiano.
─La Gran Señora, sabe cuál es tu deseo aunque tú no lo sepas ─proclamó otro adepto de la mujer. Y así, uno tras otro, iban ensalzando sus buenas artes.
Había llegado, hacía muy poco, un forastero al pueblo, que en el aquel momento escuchaba atento las historias. Tras un rato escuchando a esa buena gente, por su cabeza cruzó la idea de desenmascarar a aquella farsante, no estaba bien aprovecharse de la gente sencilla, alguien como él debía evitarlo. Así que le pidió al carnicero que le contara su historia con detalle. Cuando el complacido narrador acabó, el forastero le indicó:
─Pero no ha ampliado su negocio, ni ha conseguido un ayudante. ¿Cuánto hace que visitó a la señora?
─La Gran Señora ─puntualizó el carnicero─ La visité hace unos cinco meses o así.
─Entiendo. ¿Y le dijo cuándo se haría realidad su deseo? Porque por ahora nada, ¿no?
─Bueno, sí, pero no. Después de seguir su consejo y acudir a la tienda y todo lo demás conocí a la que ahora es mi mujer, y esperamos un hijo ─añadió con una sonrisa que no le cabía en la cara.
─¡Entonces va a ser incluso más pobre que antes!
─Eso, señor, depende de cómo mida usted la fortuna. Además dentro de pocos meses tendré al que será mi ayudante ­─volvió a sonreír y su sonrisa se extendió desde los ojos a todo el rostro─ puede, incluso, que más de uno.
─¿De verdad no se da cuenta de que ha sido engañado?
─¿Engañado? Si esto es un engaño, que vengan muchos más como este.
Dejándolo por imposible, el forastero, lanzó un cebo diferente:
─¿Y cómo cree que lo hace?
─¿El qué?
─Adivinar los deseos de la gente.
─Es por la pluma de "tinta rápida". Bueno, al menos nosotros la llamamos así.
─La pluma. No me lo creo, ella dirige la pluma, debe haber algo más, y yo voy a averiguarlo.
Todos se quedaron boquiabiertos ante la osadía del forastero. Tal vez podría descubrirlo pero, ¿y si eso molestaba a la Gran Señora y se iba? Nadie estaba de acuerdo con esa temeridad.
**
Un brillo de advertencia destelló en la mirada de la Gran Señora cuando el desconocido entró en su tenderete, pero no dejó que esa expresión fuera más allá de sus ojos.
─Bienvenido al pueblo ─le saludó mientras fumaba su pipa.
─Gracias, ¿ha oído hablar de mí?
─En realidad no, pero sé que no es de aquí.
─Ya veo ─realizó una pausa, pero al ver que ella no iniciaba la conversación, sino que se limitaba a observarlo, continuó─ Vengo para que haga realidad mi deseo.
─Su deseo ─repitió mientras exhalaba el humo─ ¿Y cuál sería?
─¿No puede adivinarlo? En el pueblo se dice que usted revela, a quién le pide ayuda, su verdadero deseo.
─No soy responsable de lo que se dice en el pueblo sobre mí, solo puedo convivir con ello. Y tampoco adivino los motivos que tiene la gente para venir a verme ─utilizó la palabra motivo adrede, pero el forastero no se inmutó al respecto.
─Entiendo ─otro silencio acompañó a sus palabras. Ambos se estudiaban con cautela, preparando el siguiente envite. Pero esta vez fue ella quien rompió el silencio:
─¿Quiere un té?
─No me gustan los brebajes extranjeros.
─¡Vaya! Eso sí que no me lo esperaba. ¿Teme que lo envenene con mi té? ¿O tal vez que lo drogue? ─preguntó perspicaz.
─Puede.
─¿Quiere que beba de su taza primero?
─No, aun así no sabría si puedo fiarme de usted.
─Un desconfiado y curtido viajero, por lo que veo.
─No se debe aceptar comida ni bebida en el hogar del enemigo ─citó la frase que había aprendido en aquel libro cuyo nombre no podía recordar.
─¿Somos enemigos?
─Tal vez solo contrincantes.
─Aprecio la corrección ─sonrió.
─Deberíamos entrar en materia, ¿no?
─Usted dirá.
─Mi mayor deseo es conocer su secreto.
─¿Y para qué querría saber eso? ─esbozó una cínica sonrisa.
─Tal vez para levantar un tenderete justo a su lado, tal vez porque me gusta conocer los secretos de la gente.
─Tal vez para desenmascarar a una timadora ─escrutó.
─Tal vez ─concedió.
─¿Está seguro que ese es su verdadero deseo?
─Sí.
─Como desee. Supongo que conoce la rutina y el tiempo del que dispone.
─Sí, lo sé. No se preocupe, vengo informado ─sonrió con malicia. Era evidente lo que debía hacer, si la tinta solo permanecía tres segundos en su mano, debía empezar a leer por el final, así sabría lo que quería.
La Gran Señora, se levantó acompañada de un suave movimiento de su ropa de seda, dejó su pipa en la mesa y salvó la distancia que la separaba del forastero.. Cogió su mano e interpuso su cuerpo  entre ella y la mirada inquisitoria de él. La pluma surgió de su mano, pero el forastero no le hizo el menor aprecio, seguía intentado atisbar cualquier rastro de las letras que le iba a escribir en la palma de la mano. Ella alzó una ceja y se dispuso a darle exactamente aquello que quería. Cuando acabó, el tiró de la mano sin miramientos y empezó a leer desde el final hacia arriba: "Pero aquello no le hizo feliz". "Así fue como descubrió el secreto de la señora" "Y entonces lo supo y las piezas encajaron"... Y la tinta desapareció.
─¿Qué es esto? No he podido leer nada.
─Pues qué raro, porque estaba escrito la mar de claro.
─Solo leí que descubrí su secreto, pero no cómo.
─Pero es imposible, estaba todo ahí, al principio ─dijo con sorna la última palabra y sonrió para sus adentros.
─Sabía que iba a leer desde el final y lo ha hecho a propósito ─reclamó indignado.
─¿Cómo iba a saber yo, una estafadora, tal cosa? ¿Empezó a leer desde la última frase y siguió hacia arriba? ─negaba con la cabeza a modo de fingido regaño─ Quiso hacer trampa y mire lo que le pasó.
─Quiero hacerlo de nuevo.
─No se puede. Solo hay una oportunidad.
─No quiere que lo averigüe, ¿cierto?
─Pero si ya lo ha hecho, solo que no se da cuenta, igual que no supo leerlo correctamente.
─¿A qué se refiere?
─La gente como usted jamás estará satisfecha con lo que tenga o averigüe. No quiere conseguir lo que desea. Ni si quiera sabe lo que desea ─él la miró escéptico─ ¡Oh, vamos! No le importa nada mi secreto, seguirá viviendo igual lo sepa o no. Solo quiere ganar, le da igual cómo.
─¿Qué está insinuando?
─La gran mayoría de la gente no sabe lo que quiere, lo aprende mientras persigue objetivos equivocados. ¿Cree que si le hubiera dicho al carnicero que lo que necesitaba era un motivo para esforzarse, lo habría aceptado de buen grado? Si le hubiera dicho que sería rico, siendo más pobre ¿me habría creído? Pero mírelo ahora.
─¿Está admitiendo que no puede hacer realidad los deseos? Es una farsante, lo sabía, lo sabía.
─Y supongo que eso lo hace inmensamente feliz.

─¿Qué? ─Y entonces lo supo y las piezas encajaron. Así fue como descubrió el secreto de la señora. Pero aquello no le hizo feliz.

domingo, 5 de febrero de 2017

La soledad acompañada


            

 
 
            ―¿Qué te cuentas? ―pregunta el pequeño.
            ―¿Y tú de donde sales?
            ―Te esperaba más despierto ―contesta altivamente el niño.
            ―Yo a ti no te esperaba. Eres lo que me falta hoy ―dice apartando la vista y mirando como pasa fugazmente el AVE. Se vuelve de espaldas y se dirige a lo más alejado del huerto. El nublado y el viento frío hace que hoy lo haya encontrado más oscuro, más apagado. Las lechugas han notado los días de bajas temperaturas y se han encogido. Estarán reflexionando y se encierran en sí mismas, se dice. Tan solo las coloridas acelgas mantienen sus tonos vivos. Rojo, blanco y amarillo tan intensos que hipnotizan. Aún tiene que encontrar qué plato hacer con ellas. Por lo menos el olor a tierra húmeda le anima.
            ―¿Por qué te vas?, tenemos que hablar ―dice el pequeño.
            El hombre vuelve la cabeza mientras hace por abrir el embarrado baúl.
            ―¿Hablar?, ¿hablar de qué?, ¿vienes por aquí y no es para echar una mano? ―termina de abrirlo y levanta la tapa― Te pareces a las tías con eso del "tenemos que hablar". Y será lo mismo ¿no?, lo único que quieres es que te escuche.
            ―Bueno, puedo ayudarte un poco ―dice el crio moviéndose nervioso. Sus mejillas se enrojecen.
            ―Te ruborizas. Claro. No tienes por qué. A mí por suerte ya no me pasa. ―dice sacando unos guantes y un azadón.
            ―¿De verdad? ―su tono ahora es infantil, de sorpresa―. Entonces, ¿era posible?, ¿cómo lo conseguiste? Te envidio.
            ―No fue fácil. Necesité años, ¿sabes? Pero como con tantas otras cosas se trata sobre todo de no pensar en ello. Si te pones a nadar, céntrate en hacerlo y no pienses. Mientras nadas no puedes pensar en que te pica la pierna, tan solo se trata de seguir nadando. Si no, te ahogas, o te ruborizas.
            ―¿Y con las mujeres?
            ―Tampoco ya. Con el tiempo te das cuenta de que todo el mundo es débil. Solo se trata de quien es capaz de ocultarlo más tiempo, y mejor. ¿Me ayudas, entonces?
            El niño se acerca y se pone los guantes que le ofrece. Toma un rastrillo pequeño y se queda pensativo, mirando el terreno, como si se enfrentara a la mas difícil decisión de su vida.
            ―Dudando como siempre, ¿no? Anda y remueve toda esta parte, junto a la valla. Quita las malas hierbas y destripa los terrones más grandes. Si encuentras lombrices déjalas y no te asustes que no hacen nada.
            El crio se arrodilla y se pone a remover la tierra.
            El hombre se acerca a su lomo especial, el las lechugas, los brócoli y las alcachofas, el único que no ha plantado él y que trata con el más intenso mimo y se agacha retirando cada pequeña hierba, cada piedrecita y ajustando la salida de la goma de riego. Quienes lo plantaron son tan especiales pará el que, por mucho que lo cuida, no le encanta como queda.            
            ―Eso, y a mi ni puto caso. Joder. Sigues tan perfeccionista. En eso no has cambiado nada. ―dice el niño que parece tener ojos en la nuca.
            ―No es perfeccionismo, es hacer las cosas bien. ―le ha picado el comentario. A pesar de que se lo dijeron hace tiempo, le sigue resultando difícil aceptar las críticas. Quizá no tendría que dejar que le ayudara. Levanta la vista y observa los huertos vecinos. Pocos hortelanos hoy. El joven de la barba que parece vivir en el huerto no para de moverse. Dos filas más allá una mujer monta las cañas. En un mes se podrán plantar los primeros tomates.El jubilado de siempre apila las mismas cañas. No ve más niños pero, piensa, seguro que cada uno tiene el suyo.
            ―¿Para cuándo el cambio de coche? No me gusta el que tienes.
            ―Mira niño, me la sopla lo que te guste  ―el hombre se levanta y lo mira desde arriba―, si has venido aquí a tocar las pelotas, ya puedes estar marchándote. Si vienes para ayudar, perfecto, si no, deja las cosas y largo.
            ―Tú no quieres que me marche. Si no fuese por ti, ya no estaría aquí. Me quieres demasiado aunque me niegues lo mismo.
            ―¡Yo que voy a quererte! ¡Eres lo más incómodo con lo que me he cruzado!
            ―Soy incómodo porque me tienes en cuenta, porque te afecto, porque te importo. Solo ignoramos lo que no nos importa. No has aprendido mucho, veo que sigues siendo como yo.
             Aprieta el azadón y lo mira con ira. No sería un asesinato, ni siquiera un suicidio. Esto no puede estar penado, piensa. Pero, ¿bastaría que me lo cargara con un solo golpe?, ¿serviría de algo? Y, si lo entierro, ¿sería ecológico? Seguro que no. Sus pensamientos derivan al absurdo.
            ―Tienes suerte niño listillo ―contesta finalmente y se levanta. Se dirige a la entrada y con firmeza, casi con ira, clava la laya en el pequeño recinto exterior, donde quiere plantar rosas. Trabajar con firmeza le hace sentirse mejor. Por un momento se siente solo y libre. Está intentando aprender a desviar los pensamientos y transformarlos en fuerza. A veces se ríe de si mismo cuando considera que si algunos de sus pensamientos se trasmitieran a la tierra igual ésta se volvería yerma, o igual fructificaría con los mas extraños vegetales. No sabe que saldría si enterrara a ese niño. ¿Otro él?
            ―¿Y el tema pareja, cómo lo llevamos? ―interrumpe el silencio el niño.
            ―¡Genial ―dice sarcásticamente el hombre―-, sabía que la pregunta saldría. Tu obsesión de siempre. En este momento, nada. Se está muy bien así, ¿sabes?
            ―Si, ya veo lo bien que se está. ―habla ahora con tono irónico, como canturreando― Y te alquilas una parcela para ocupar el tiempo, ¿no? Lo veo genial. ¡Ohhhh! ¡Qué excitante! ¡Wow! La ilusión de mi vida, ¡un huerto!
            ―¡Oye!, ¿qué pasa?, ¡tú no tienes ni idea! Siempre pensando en lo mismo. Tan imaginativo como te crees y eres más clásico que las monjas del seminario. No se vive de ilusiones, colega, ni de fantasías. Puedes creerte lo que quieras, pero el que tiene que lidiar con las cosas ahora, soy yo. Qué bien se critica desde el tendido de sombra.
            El niño vuelve la cabeza y lo mira fijamente.
            ―Eres un manta ¿sabes? A estas alturas tenias que haber visitado Canadá, tener pareja y dos niños y un coche descapotable. ¡Y ser astronauta!, ¡joder! Mira que lo deseé, mira que lo pensé y lo calculé todo. Y ahora te veo y, ¿qué me encuentro? Un mísero funcionario, solo y dedicado a plantar lechugas. ¿Es que no me esforcé lo suficiente?, ¿es que no lo soñé con suficiente fuerza?, ¿con qué derecho te has cargado todas mis ilusiones? ¡Me lo debes capullo!
            El rostro del crio enrojece. Unas lagrimas retenidas explotan ahora en las mejillas calientes. Golpea el suelo con fuerza. Vuelve a remover el terreno haciendo saltar la tierra.
            ―¡Inútil!, ¡eres un inútil! ― grita el pequeño.
            ―¡Yo a ti no te debo nada, imbécil!, ¿¡te enteras!? Eres tú el que me ha hecho la vida tan complicada. Tú, sí tú, capullo. ¿Quién te pidió que fantasearas tanto?, ¿quién quiere ser como tú querías ser? Tendrías que dejar de quejarte, que es lo que siempre hiciste y aprender a construir. Los deseos no bastan estúpido ¿Te parece poco lo que he conseguido?, ¿lo que soy?, ¿no te parece suficiente un huerto?, Pues te jodes. A mí me parece mucho, estoy encantado con él. Y si quieres venir por aquí será para trabajar y para ver cómo crece. Eres un insatisfecho. ¡No te aguanto!
            El niño escucha arrodillado en la tierra. Siguen discurriendo lágrimas por sus mofletudas mejillas. El hombre continúa el trabajo, malhumorado. Se siente contemplado pero no se mueve. No sabe si se ha pasado. El niño termina por acercarse y le tira del bolsillo del pantalón. Él deja el trabajo y lo mira. Le asoma una sonrisa y le dice: 
            ―Venga, no discutamos. Nos queda todo el tiempo juntos. No se vive de ilusiones, ¿sabes?, y las cosas cuestan. Más de lo que puedes imaginar. No se consigue lo que se quiere, lo importante es no dejar de luchar por lo que se desea. Lo mejor es la lucha, no el resultado ―hace una breve pausa y continúa­―. ¿Sabes?, sigo haciendo maquetas, como te gustaba. Estoy a punto de terminar la Enterprise, la original, y me ha quedado de lujo.
            ―¿Puedo plantar algo? ―dice el crio con voz entrecortada y temerosa.
            El hombre le acaricia la enmarañada cabeza.
            ―¡Desde luego! Ven y te doy los plantones.