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viernes, 21 de abril de 2017

Eterno retorno



Estoy sentada en clase, en la esquina de la primera fila, por mis gafas de culo de vaso. Navegan frente a ellas algunos pelos escapados de mis dos trenzas de niña empollona. Observo mi reflejo en la ventana: soy toda gafas, trenzas y jersey amplio, con coderas, heredado de mi hermano. Y sí, soy una niña empollona: la delegada de 6º A, y exenta de gimnasia desde cuarto curso.
La Pajarito está explicando algo sobre la época medieval. Me pongo a dibujar disimuladamente en el margen de mi cuaderno la figura de perfil de una chica punkie que vi ayer en la parada del autobús. Su cresta será de dos colores, verde y rojo, porque dibujo con el lápiz Staedtler 2B que usamos para subrayar en el libro las “palabras clave” que la profe destaca de tanto en tanto: cruzadas, caballeros, torneos, peste negra, siervos de la gleba, y cualquiera saca los plastidecor ahora.
Para Navidades pediré otra vez un Telesketch. Mi madre no quiere comprármelo porque, aunque sabe que me encanta dibujar, dice que es mucho mejor usar lápiz y papel y que una máquina no favorece la creatividad de los niños. Jolines, cuando se pone así parece la Pajarito y no hay quien la aguante.
Acaba la clase; ahora toca mates. Mariajo, sentada a mi lado, rebusca chuches en su cartera. Me ofrece una: “¿Quieres piruleta o chupachús, Rocío?” Le digo que ahora no, gracias; y saco el plastidecor rojo y pinto una parte de la cresta de Nuria –he decidido que la chica punkie se llama Nuria–. El Pantuflo entra, saluda, nos hace callar. Hoy nos va a explicar algo nuevo, difícil, “pero lo veréis otra vez en octavo, así que tranquilos”. Agarra la tiza, se gira hacia la pizarra, se acaricia con la mano libre sus patillas frondosas (me pregunto si le gustarán a su mujer y si harán muchas cosquillas a los mofletes de su hijo recién nacido; nos enseñó una foto de los dos el otro día) y se lanza a escribir fórmulas.
Me quedo mirando fijamente. Esos trazos en la pizarra los he visto antes. Sé de qué está hablando, sé la palabra que va a decir a continuación. Miro los apuntes de mi cuaderno. Se ha posado una mosca encima de la cresta de Nuria, justo donde ya sabía que se posaría. Porque esto ya lo he vivido. Ya lo he visto, ya lo he oído, hasta lo he olido antes. Huele, claro que sí, a chicle de fresa. Mariajo está masticando lo que le queda de su chupachús Kojak; sí, como antes, en esa otra vida. O quizás lo he soñado. O estoy soñando ahora mismo. Pero no, es imposible que sea un sueño. Me suenan las tripas, después va a ser la hora del recreo; si estuviera durmiendo en mi cama no tendría esta hambre.
Los recuerdos me golpean y me aturullan. Antes yo no era Rocío, la empollona de 6º A. Fui alumna de este cole cuando aún lo llevaban las monjas y era un hacha en mates; desastre en todo lo demás. Pero pillé escarlatina y luego está todo oscuro. Y antes de eso, no fui al cole. Tenía padres que me concedían todos los caprichos, cama con dosel, una enorme casa de muñecas, un perro, sirvientes. Era un chico fuerte y travieso, Thomas, que trepaba a las copas de los árboles aunque me lastimara las palmas de las manos y me arañara las rodillas. El primo Edgar me amenazaba con ahorcar a mi perro si alguna vez contaba que a veces él sacaba las pistolas de mi padre del cajón bajo llave de su buró para admirarlas en secreto. Antes, más antes, yo no era Thomas. Era Chandramukhi, y mi madre era hermosa y morena, y decían que me parecía a ella. Cabellos negrísimos, casi azules, largos hasta los tobillos; y cara redonda y dulce como la de la luna. Ella me preparaba el mejor laddu del mundo y al mirarme me sonreía. Aquella noche, antes de la boda, me regaló un cofrecillo de lata, porque “te has de ir con tu nueva familia, y quiero que tengas un recuerdo mío”. Mucho, mucho antes, yo no era Chandramukhi…
―Reparto ciento cincuenta pesetas entre tres niños y siete niñas, de manera que cada niña reciba cinco pesetas más que cada niño. ¿Cuánto recibe cada niño y cada niña? ¿Rocío, te animas a salir al encerado?
El Pantuflo me tiende la tiza. Parpadeo muchas veces. Sé la respuesta; pero mi garganta está seca.
―¿Te pasa algo?
―¿Puedo ir al servicio?―necesito beber agua. Y pronto, cuanto antes, zamparme el bocadillo de Nocilla de mi mochila. Estoy débil.
―María José, ve con tu compañera.
Mariajo asiente, me conduce de la mano hasta el baño de las chicas. Entro, me quito las gafas con cuidado y las dejo en el extremo más ancho del lavabo. Me refresco la cara y bebo. Vuelvo a ponerme las gafas y veo que Mariajo mira preocupada lo pálida que estoy.
―Espérame, voy a pasar al baño un momento―cierro la puerta, llena de pintadas de los gamberros del cole.
Me siento en la taza. Al terminar, saco un pañuelo de papel del bolsillo y al limpiarme, veo una mancha roja, más roja que el rojo del pelo de Nuria. Me vuelven destellos de recuerdos. A Chandramukhi la casaron a la semana de aquello. Al primo Edgar lo encontraron un día en el suelo al lado del buró, sobre un charco oscuro.
Salgo del servicio. Me arde la cara. Igual tengo fiebre.
―¡Oye, qué colorada estás ahora! Vamos a dirección a que llamen a tu casa.

Más tarde, en casa, mi madre me mima más de lo habitual. Me gusta mucho mi madre, más que la de antes, aunque quizá no tanto como la de más antes. Y ya me da igual lo del Telesketch.





lunes, 19 de diciembre de 2016

Regalo de Navidad




Tienes dieciséis años y una melena larga, roja e indomable que te llega hasta la cintura y te ayuda a esconder el cuerpecillo flaco y lechoso de niña que está dejando de serlo. No tienes amigos; tu padre apenas te atiende, se emborracha y se va por ahí y te pasas las horas mirando por la ventana y deambulando por casa, intuyendo monstruos en la oscuridad y oyendo esas voces que te dan ideas raras. El tocadiscos se estropeó y no puedes entretenerte oyendo música, ni siquiera esas composiciones clásicas algo aburridas que tanto le gustaban a mamá. Te has intentado suicidar un par de veces.
              Llega otra navidad y esa mañana observas por la ventana los patos que vuelan y que no acaban de marcharse nunca, a pesar del frío. Son estúpidos. Como no se vayan, se congelarán. Te preguntas si estar congelado es parecido a la sensación que te embarga a ti desde hace tanto tiempo. Tu padre te regala un rifle después de comer. Aprender a disparar te va a animar a salir, respirar aire fresco, hacer ejercicio, te dice. ¿Qué diría mamá? Bueno, se fue y no pinta nada su opinión. El fusil es un semiautomático. La marca es Ruger 10/22. Tiene mira telescópica,  culata de madera de cedro y quinientas municiones. Miras a papá. Tiene los ojos algo vidriosos y el rostro enrojecido. Sabes que no es por el frío de fuera. Bajas la mirada y musitas un gracias y confías en que tu pelo cubra algo la mueca que a veces pasa por tu sonrisa.
Dedicas los siguientes días a familiarizarte con tu fusil calibre 22. Sales al exterior y practicas tirándole a algunas latas de cola y muchas cervezas vacías. Tu melena pelirroja vuela al viento. Cada día lo haces mejor. Pero temes la noche. Los  monstruos se reactivan al caer la madrugada y empiezas a dejar tu regalo junto a la cabecera de la cama.  Acariciarlo te calma y te ayuda a dormir.
Un día miras por la ventana y ves el patio de tu antiguo colegio. Allí pasaste la primaria como quien pasa una varicela, sintiendo que eras la apestada. Total, como ahora en el instituto. Echas un vistazo al calendario. Hoy es lunes, 29 de enero de 1979, y coges el rifle y empiezas a disparar. Vaya, está genial. Mola la mira telescópica. Es muy fácil acertar así. Hoy no vas a ir a clase. Esto es mucho más divertido. En un cuarto de hora, matas a dos personas. Hieres a nueve, son ocho niños y un policía.

Todavía te llamas Brenda Spencer, pero tu pelo entrecano más que rojo es corto y has engordado. Vas a cumplir cincuenta y un años y te han denegado la condicional otra vez. Y eso que has aducido que lo que pasó fue bajo la influencia de las drogas. Que tu padre había abusado de ti de niña. Incluso has llegado a decir que te arrepentías de lo ocurrido, a ver si colaba. Esas dos personas a las que mataste eran al director de la escuela, que intentaba proteger a los alumnos, y al conserje que después intentó arrastrar su cuerpo lejos de la carnicería. Te condenaron a cadena perpetua revisable en 1980; parece que va a ser perpetua, a este paso. Cuando disparaste esos casi cuarenta tiros no pensaste en que te harías vieja en esta prisión para mujeres en California.
Solo en que era lunes y que eso te animaba el día.
Estuviste seis horas atrincherada en tu casa hasta que la policía te convenció para que te entregaras. Fuiste sincera cuando te preguntaron por qué lo hiciste. ¿No se supone que hay que decir siempre la verdad? Viste a los niños como a los patos del estanque. Blancos muy, muy fáciles, como las latas de refresco. Pero esto era muchísimo mejor, porque los niños se movían, corriendo sobre esas piernecitas, a ciegas, como  pollos sin cabeza. No, no había ninguna razón para matarlos. Solo era divertido. Te asomas a la ventana enrejada y recuerdas a papá. Es navidad, pero han pasado más de treinta y cinco años. Y alguno más desde que mamá se fue. ¿Estarán juntos?, te preguntas. Esperas que no, que él se esté achicharrando entre las llamas del infierno.
Y luego saliste en todos los periódicos. Y en la tele. Y esos británicos hicieron una canción sobre ti. Para ti. Tell me why I don’t like Mondays… Tell me why…  Te gusta mucho la canción. Te anima escucharla los lunes, cuando das vueltas por el patio de la cárcel con este invento, el mp3, que no está mal. Mola casi tanto como el semiautomático de culata oscura que te dio papá por navidad. Solo había que mirar, apuntar, apretar el gatillo. Ahora tus placeres son más comedidos, aunque igual de solitarios. En vez de quinientas balas, tienes quinientas canciones grabadas. Solo tienes que mirar la lista en esa pequeña pantalla, elegir una, y apretar el botón del triángulo.
En la cola del desayuno ves que al ser un día especial el café no está congelado y hay una pequeña porción de un dulce. Te sientas en una esquina y enciendes tu mp3. Alguien te dice “Feliz navidad” mientras estás ocupada seleccionando entre tus canciones. La boca de la mujer se abre y cierra, tú realmente no oyes las palabras, estás con tu música. Esbozas tu sonrisa-mueca, algo más arrugada, y caes en la cuenta: ya no te has intentado suicidar más. Tu cárcel es tu casa, nunca estás sola, y parece que esos monstruos y esas voces que te perturbaban están tranquilos últimamente.