Mostrando entradas con la etiqueta magia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta magia. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de febrero de 2017

"HAGO REALIDAD TUS DESEOS"


Al pueblo había llegado una mujer, llena de pañuelos de colores, baratijas, olor a incienso, y hierbas que parecía beber compulsivamente cuando no estaba fumando su pipa a la puerta del mercado. Llevaba allí unos quince días cuando una mañana levantó un simple tenderete de tela roja, muy fina, tanto que quien estaba en el interior podía ver lo que pasaba fuera y viceversa.
A la entrada del llamativo tenderete colocó un cartel que rezaba: "Haré que tus deseos se hagan realidad". Más por curiosidad que por creencia, entró, a los dos días, uno de los vecinos del pueblo. El carnicero. Ella lo miró sin pestañear, lo había visto por el mercado como a casi todos los habitantes, sabía quién era pero teniendo en cuenta que llevaba delantal y olía a animal muerto, podría haberlo deducido fácilmente. El carnicero se sentó en la silla que le ofreció frente a ella. Como muda intermediaria, una mesa redonda.
Dio una calada a su pipa, impregnó el aire con olor a menta y le preguntó sin rodeos:
─¿Cuál es su deseo?
─¿Es una pitonisa? ¿Adivina el futuro?
─Ni lo uno, ni lo otro. Soy una viajera con un pequeño don que suelo compartir, haré que su deseo se haga realidad. ¿Qué desea?
─Deseo tener mucho dinero para poder ampliar mi negocio y permitirme tener un ayudante. Estoy muy cansando.
─¿Eso es todo?
─Sí.
─Bien, ahora haré lo siguiente ─se levantó y bordeó la mesa aproximándose a él─ voy a escribir cómo lograr su deseo en la palma de su mano. Lo escribiré con esta preciosa pluma ─apareció de la nada, en su mano derecha, una pluma de vívidos colores acorde con el escenario donde estaba transcurriendo la extraña escena, o eso pensó el carnicero─. Debe darse prisa en leer lo que escriba, puesto que la tinta se borrará en tres segundos.
─¿Qué? ─ella tomó su mano, y girándose la ocultó con su cuerpo a la vista del cliente mientras escribía todo lo necesario para que él consiguiera hacer realidad su deseo. Al acabar volvió a girarse y colocó la palma de la mano del carnicero a la altura de sus ojos. Él, medio aturdido, por lo raro de la situación, alcanzó a leer algunas frases escritas en una enjuta letra que a pesar de todo era fácilmente legible: "Comprar un traje y jabón en la tienda frente a la carnicería y solicitar ayuda a la mujer..." y justo entonces se borró todo lo escrito.
─¿Qué? No puede ser. No he podido leerlo. Además, ¿qué tiene esto que ver con mi deseo? Dejar la carnicería para comprar no sé qué... Eso solo haría que perdiera clientes y dinero. ¡Es una estafadora! ¡No tiene ni idea de cómo hacer que mi deseo se haga realidad!
─Disculpe, señor, pero ya le adelanté lo que iba a pasar y el tiempo del que disponía. No sé qué tiene que ver con su sueño ─dijo con su mirada gatuna─ pero es lo que la pluma ha escrito y ella no se equivoca.
─¡No pienso pagar por esto!
─Pero si ya lo ha hecho, señor ─y le enseñó un par de billetes que desaparecieron al instante entre sus dedos. El carnicero estaba más asustado que enfadado por la pérdida del dinero, y se palpó el bolsillo para asegurarse que su cartera estuviera en su sitio, pero pudo localizarla, en un segundo intento, en el bolsillo contrario. Se levantó titubeante y antes de irse se giró de cara a la señora que había vuelto a su asiento al otro lado de la mesa redonda, y le preguntó:
─¿De verdad eso hará mi sueño realidad? ─ella le guiñó un ojo como respuesta.

Una semana más tarde, otro vecino del pueblo entró en el tenderete y la escena se repitió. Muchos de los habitantes cruzaron el tul rojo de la entrada, cada uno con su deseo, cada cual con su anhelo. Y la "Gran Señora", como empezaban a apodarla, mantenía su pluma al servicio de todos ellos.
Muchas semanas pasaron desde que se instalara allí, y una tarde, en la cantina del pueblo, el carnicero, absolutamente transformado: barba recortada, peinado con limón y el delantal impoluto a juego con sus inmaculadas uñas, les contaba a los que aún no habían acudido a visitar a la Gran Señora, cómo esta había cambiado su vida.
─Pero, ¿tú que deseo le dijiste? Porque el mío no se ha cumplido. Bueno, al menos no como yo esperaba.
─La Gran Señora, sabe cuál es tu deseo aunque no se lo digas ─comentaba otro parroquiano.
─La Gran Señora, sabe cuál es tu deseo aunque tú no lo sepas ─proclamó otro adepto de la mujer. Y así, uno tras otro, iban ensalzando sus buenas artes.
Había llegado, hacía muy poco, un forastero al pueblo, que en el aquel momento escuchaba atento las historias. Tras un rato escuchando a esa buena gente, por su cabeza cruzó la idea de desenmascarar a aquella farsante, no estaba bien aprovecharse de la gente sencilla, alguien como él debía evitarlo. Así que le pidió al carnicero que le contara su historia con detalle. Cuando el complacido narrador acabó, el forastero le indicó:
─Pero no ha ampliado su negocio, ni ha conseguido un ayudante. ¿Cuánto hace que visitó a la señora?
─La Gran Señora ─puntualizó el carnicero─ La visité hace unos cinco meses o así.
─Entiendo. ¿Y le dijo cuándo se haría realidad su deseo? Porque por ahora nada, ¿no?
─Bueno, sí, pero no. Después de seguir su consejo y acudir a la tienda y todo lo demás conocí a la que ahora es mi mujer, y esperamos un hijo ─añadió con una sonrisa que no le cabía en la cara.
─¡Entonces va a ser incluso más pobre que antes!
─Eso, señor, depende de cómo mida usted la fortuna. Además dentro de pocos meses tendré al que será mi ayudante ­─volvió a sonreír y su sonrisa se extendió desde los ojos a todo el rostro─ puede, incluso, que más de uno.
─¿De verdad no se da cuenta de que ha sido engañado?
─¿Engañado? Si esto es un engaño, que vengan muchos más como este.
Dejándolo por imposible, el forastero, lanzó un cebo diferente:
─¿Y cómo cree que lo hace?
─¿El qué?
─Adivinar los deseos de la gente.
─Es por la pluma de "tinta rápida". Bueno, al menos nosotros la llamamos así.
─La pluma. No me lo creo, ella dirige la pluma, debe haber algo más, y yo voy a averiguarlo.
Todos se quedaron boquiabiertos ante la osadía del forastero. Tal vez podría descubrirlo pero, ¿y si eso molestaba a la Gran Señora y se iba? Nadie estaba de acuerdo con esa temeridad.
**
Un brillo de advertencia destelló en la mirada de la Gran Señora cuando el desconocido entró en su tenderete, pero no dejó que esa expresión fuera más allá de sus ojos.
─Bienvenido al pueblo ─le saludó mientras fumaba su pipa.
─Gracias, ¿ha oído hablar de mí?
─En realidad no, pero sé que no es de aquí.
─Ya veo ─realizó una pausa, pero al ver que ella no iniciaba la conversación, sino que se limitaba a observarlo, continuó─ Vengo para que haga realidad mi deseo.
─Su deseo ─repitió mientras exhalaba el humo─ ¿Y cuál sería?
─¿No puede adivinarlo? En el pueblo se dice que usted revela, a quién le pide ayuda, su verdadero deseo.
─No soy responsable de lo que se dice en el pueblo sobre mí, solo puedo convivir con ello. Y tampoco adivino los motivos que tiene la gente para venir a verme ─utilizó la palabra motivo adrede, pero el forastero no se inmutó al respecto.
─Entiendo ─otro silencio acompañó a sus palabras. Ambos se estudiaban con cautela, preparando el siguiente envite. Pero esta vez fue ella quien rompió el silencio:
─¿Quiere un té?
─No me gustan los brebajes extranjeros.
─¡Vaya! Eso sí que no me lo esperaba. ¿Teme que lo envenene con mi té? ¿O tal vez que lo drogue? ─preguntó perspicaz.
─Puede.
─¿Quiere que beba de su taza primero?
─No, aun así no sabría si puedo fiarme de usted.
─Un desconfiado y curtido viajero, por lo que veo.
─No se debe aceptar comida ni bebida en el hogar del enemigo ─citó la frase que había aprendido en aquel libro cuyo nombre no podía recordar.
─¿Somos enemigos?
─Tal vez solo contrincantes.
─Aprecio la corrección ─sonrió.
─Deberíamos entrar en materia, ¿no?
─Usted dirá.
─Mi mayor deseo es conocer su secreto.
─¿Y para qué querría saber eso? ─esbozó una cínica sonrisa.
─Tal vez para levantar un tenderete justo a su lado, tal vez porque me gusta conocer los secretos de la gente.
─Tal vez para desenmascarar a una timadora ─escrutó.
─Tal vez ─concedió.
─¿Está seguro que ese es su verdadero deseo?
─Sí.
─Como desee. Supongo que conoce la rutina y el tiempo del que dispone.
─Sí, lo sé. No se preocupe, vengo informado ─sonrió con malicia. Era evidente lo que debía hacer, si la tinta solo permanecía tres segundos en su mano, debía empezar a leer por el final, así sabría lo que quería.
La Gran Señora, se levantó acompañada de un suave movimiento de su ropa de seda, dejó su pipa en la mesa y salvó la distancia que la separaba del forastero.. Cogió su mano e interpuso su cuerpo  entre ella y la mirada inquisitoria de él. La pluma surgió de su mano, pero el forastero no le hizo el menor aprecio, seguía intentado atisbar cualquier rastro de las letras que le iba a escribir en la palma de la mano. Ella alzó una ceja y se dispuso a darle exactamente aquello que quería. Cuando acabó, el tiró de la mano sin miramientos y empezó a leer desde el final hacia arriba: "Pero aquello no le hizo feliz". "Así fue como descubrió el secreto de la señora" "Y entonces lo supo y las piezas encajaron"... Y la tinta desapareció.
─¿Qué es esto? No he podido leer nada.
─Pues qué raro, porque estaba escrito la mar de claro.
─Solo leí que descubrí su secreto, pero no cómo.
─Pero es imposible, estaba todo ahí, al principio ─dijo con sorna la última palabra y sonrió para sus adentros.
─Sabía que iba a leer desde el final y lo ha hecho a propósito ─reclamó indignado.
─¿Cómo iba a saber yo, una estafadora, tal cosa? ¿Empezó a leer desde la última frase y siguió hacia arriba? ─negaba con la cabeza a modo de fingido regaño─ Quiso hacer trampa y mire lo que le pasó.
─Quiero hacerlo de nuevo.
─No se puede. Solo hay una oportunidad.
─No quiere que lo averigüe, ¿cierto?
─Pero si ya lo ha hecho, solo que no se da cuenta, igual que no supo leerlo correctamente.
─¿A qué se refiere?
─La gente como usted jamás estará satisfecha con lo que tenga o averigüe. No quiere conseguir lo que desea. Ni si quiera sabe lo que desea ─él la miró escéptico─ ¡Oh, vamos! No le importa nada mi secreto, seguirá viviendo igual lo sepa o no. Solo quiere ganar, le da igual cómo.
─¿Qué está insinuando?
─La gran mayoría de la gente no sabe lo que quiere, lo aprende mientras persigue objetivos equivocados. ¿Cree que si le hubiera dicho al carnicero que lo que necesitaba era un motivo para esforzarse, lo habría aceptado de buen grado? Si le hubiera dicho que sería rico, siendo más pobre ¿me habría creído? Pero mírelo ahora.
─¿Está admitiendo que no puede hacer realidad los deseos? Es una farsante, lo sabía, lo sabía.
─Y supongo que eso lo hace inmensamente feliz.

─¿Qué? ─Y entonces lo supo y las piezas encajaron. Así fue como descubrió el secreto de la señora. Pero aquello no le hizo feliz.

domingo, 29 de enero de 2017

Regalo de reyes




Aunque Manuel llevaba tres horas mirando al techo, sonó el despertador, le dio un manotazo y con la misma inercia encendió la radio, que empezó a chirriar “Las chicas de la cruz roja”, de Conchita Velasco. Se levantó de la cama, arrancó la hoja del calendario lánguido que colgaba en la pared y vio que era la mañana de Reyes pero que él, un año más, no iba a tener regalo porque ya no tenía quien le comprara ni unos calcetines. Al menos hoy no tenía que trabajar. Odiaba su oficina, ser contable no era el trabajo más atractivo que podía soñar. Cuando soñaba, claro, porque hacía tiempo que eso no pasaba.
Se lavó la cara con agua helada y se afeitó sin cuidado con una cuchilla dentada del uso. Se aplacó los pelos que le quedaban con colonia fresca. El espejo doblado que se reía de él desde la pared estaba cogido con un hilo de cobre y la toalla que intentaba darle consuelo estaba tan parda que ya nadie recordaba su color. Abrió la puerta del armario y eligió la camisa gris plomo y los pantalones de pana marrones. Se colgó de los hombros el abrigo de paño y se tomó un café solo aguado, por ese orden. Salió de la casa arrojándose por la ventana y planeando con las manos en los bolsillos hasta aterrizar en la estación de tren. Aprovechó las corrientes heladas del norte para no tener que hacer mucho esfuerzo.
Se subió al último vagón y se sentó en la última fila. Se amorró contra la ventana húmeda y se dispuso a no ver pasar el paisaje. El trayecto duraba un hora y cuarenta y cinco minutos. Vio por la ventana a varios niños con bicicletas nuevas y se sumió en la tristeza, se acordó de aquel día una vez más, con un agujero en el pecho de pensar que había pasado tanto tiempo.
Abrió los ojos y dio un respingo. ¡Era de día! ¿Habrían venido los Reyes? De un salto apartó el mullido edredón de raso, salió de la cama, se puso las zapatillas de cachemira. Bajó las amplias escaleras y fue corriendo al salón, pero allí no había nada, ni debajo del belén, ni cerca de la chimenea, ni en ninguno de los sofás. Se dirigió a la cocina pero, nada, estaba vacía. La salita… ¡nada! ¿Se habrían olvidado de él los Reyes? ¿Había sido tan malo? No pensaba que hacer rabiar a la niñera contara como importante para los Reyes. Y, de repente, allí estaba, en la entrada, un sobre dorado con su nombre. ¿Un sobre? ¿Qué tipo de regalo era un sobre para un niño de 7 años? ¿Dónde estaba la bicicleta que había pedido? Rajó el papel:

«Querido Manuel:
                Por fin tienes la edad. Llegó el día. Este año tu regalo es mucho más importante que una bici o que un perro o que un coche de carreras. Este año, tu regalo es MAGIA. Debajo de tu cama encontrarás un manuscrito con el que aprender a volar. Sí, sí, a volar.
Te queremos.
Los tres Reyes Magos»

Paró el tren en la última estación. Se bajó con la cabeza gacha. Llegó arrastrando los pies. Cada día le resultaba más duro ir a visitar a su madre a la residencia, y eso que solo iba el primer lunes de cada mes. Cada mes la veía más deteriorada, más ajada. Hacía ya muchos lunes que no lo reconocía, que lo confundía con su padre, con su hermano, con su primo. Había dejado de comer sola y casi no andaba. Le costaba mucho sacarla de la residencia a escondidas, pero lo que nunca fallaba era el paseo que se daban por los aires. Cuando estaban en el cielo se olvidaban de todo, su madre volvía a ser joven, brillaba, volvía a reconocerlo, a cogerlo de la mano y él volvía a sentir que el mundo era como cuando tenía 7 años, se sentía seguro, también brillaba. Sobrevolaban pueblos, montañas, ríos, incluso se daban un paseo por el cielo azul de Madrid, sorteaban rascacielos plateados, disfrutaban de las corrientes de metal, esquivaban la polución negra, se tumbaban en las nubes de algodón, retaban a las golondrinas plomo. Se paraba el mundo. Manuel nunca había conocido a otra persona que volara, además de su padre, claro.

Pero aterrizaban y la vejez volvía a ocuparse de ellos. Era el precio que tenían que pagar. Manuel lo sabía. Mientras, se reían se los pájaros de colores, como decía su madre. La dejó en la cama y se despidió con un beso mecánico. Volvió a la estación con la sensación de pesar una tonelada. Se dejó caer en el banco de la estación a esperar el tren. La vista perdida. El estómago apretado. El frío en el alma. Y entonces, algo le atrajo la atención. Una chica con un abrigo rojo al otro lado de la vía estaba leyendo, pero… a medio metro del suelo. Y no se estaba dando cuenta de que se había despegado del suelo, ¿qué libro sería? Solo bastaron los dos minutos de esperanza que se tardan en cruzar las vías del tren por el túnel subterráneo para devolverle a Manuel la sonrisa.