Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de abril de 2018

Hoy no me abrí



Hoy me estuve llamando un rato y no me abrí.

No me sorprendía encontrarme allí, subido al escalón de la entrada, esperando que yo mismo me abriera. ¿Quién si no uno tiene más derecho a llamar a su propia puerta? ¿Quién sino uno tiene el derecho de llegar de visita a la hora que le apetezca? Y es que nos visitamos tan poco que llegamos a olvidar el proceso de llegada, espera y entrada. Y me debía una visita, la verdad es que me la debía.

Pero hoy me estuve llamando y no me abrí.

Y eso que no aporreé el portero como esos chavales que, de prisa, quieren que les abras antes de haber tocado. No insistí porque sabía que no me gustaba. Un simple toque, con la duración adecuada, era mas que suficiente. Luego la supuesta corta espera, acercando el oído al interfono. Pesaban las bolsas del Mercadona así que las apoyé en el escalón y esperé. La seguridad que empieza a temblar conforme pasan los minutos me llevó a pensar qué me podía estar pasando que no me abría ya. Me impacienté pero confié en mi mismo, como no podía ser de otra manera.

Pero no me abrí hoy, hoy no me abrí.

Pulsé de nuevo pasados unos minutos. El tiempo necesario para salir del baño o terminar la conversación, dos de los motivos que se le pasan a uno por la cabeza cuando se hace esta espera. No cabía la siesta, no era la hora y sabía que me estaba quitando. Ya había pasado también aquella época en que, en los días malos, prefería hacerme el no presente quedándome quieto a más no poder hasta estar convencido que el visitante inesperado se había marchado. A propósito, ¿por qué será que nos causa zozobra no abrir la puerta cuando llaman y estamos dentro?, ¿por qué extraña razón, si el que está fuera no puede vernos ni sabe si estamos o no? Alguna recóndita culpabilidad nos impulsa a responder a la llamada, imagino.

Pero hoy me estuve llamando y no me abrí.

Imaginé una y mil causas. La mente prolífica se expande cuando toca una espera a su vez inesperada. Pesaban las bolsas y apoyadas en el estrecho escalón prometían una caída segura sobre la acera. Es curioso, me dio por pensar, que sea cual sea la combinación de compras que uno haga, sea como sea la colocación, si se va suficientemente cargado, la bolsa apoyada en el suelo siempre volcará al lugar opuesto al que esperamos, que suele coincidir con aquel que facilita que cualquier cosa se desparrame. Está demostrado, pueden hacerlo. De hecho, estoy convencido de que fue en este en lo que se basó Newton para formular su ley de la Gravedad. Compren si quieren durante diez días lo mismo. Lo mismo hasta el más mínimo detalle. Métanlo en la bolsa del supermercado de todas las maneras que se les ocurra, ojo que tienen  que ser de esas que no se separan de ninguna manera y que están especialmente pensadas para que los que compramos solos atasquemos la fila de la caja. Cárguense lo suficiente, eso sí, una sola bolsa ligera no sirve. Apoyen, tengan el valor de apoyar la bolsa en cualquier superficie horizontal, y verán que, sea la que sea la forma en la ordenaron las compras, la bolsa derivará hacia el lado opuesto al que les interesa. Pruébenlo.

La tercera insistencia sin respuesta me hace preocupar mucho más. Estoy convencido de que estoy arriba. ¿Dónde voy a estar a estas horas de la tarde? Existe un poco de desesperanza cuando la puerta de destino no se abre o, peor, cuando no se encuentra respuesta aunque luego no llegue a abrirse. Parece, cuando ocurre, que uno se ha trasladado a la China a hacer la visita. Siente como si no existiese ya otro lugar en el mundo. Como si, en este caso, no pudiera uno sentarse en un bar a tomarse una cervecita o como si no hubiese otro destino. Miré insistentemente el cuadro del portero, confiando que la mirada intensa atraería la respuesta.

Pero no fue así, hoy no me abrí.

A saber dónde me habré metido o el por qué hoy no quiero abrirme. Terminaré entendiéndolo, qué duda cabe, pero por el momento me asalta un cierto desconsuelo. No cabe otra que escoger otro destino aunque en este caso el destino no importe porque tarde o temprano tendré que abrirme. No puedo imaginarme dejarme esta noche durmiendo al raso.

Una última llamada que se hace como para cumplir con el protocolo, con la esperanza de que finalmente aparezca una voz que, aunque acelerada, te abra por fin la puerta. Siempre cabe haber llegado justo cuando empezaba a ducharme. Pero en este caso el argumento se desinfla por sí mismo al recordar que me di la ducha media hora antes de salir.

Me llevé la llave, desde luego, pueden haberse estado preguntando. Pero no era hoy cuestión de irrumpir en casa sin previo aviso. Hay confianzas que, a veces, no puede uno tomarse ni con uno mismo. Quizá tan solo necesite un poco de tiempo. Ya con la llamada debo estar sobre aviso.

Viendo que la tarde todavía brilla de azul oscuro, recojo las bolsas volcadas y me voy a dar una vuelta. Volveré más tarde, que seguro que termino por abrirme.

Pero no olvidaré que hoy me estuve llamando y no me abrí.

 

domingo, 23 de abril de 2017

Son tan solo unas pocas palabras




Se comprometió y ahora no puede echarse atrás. La pareja ni siquiera se lo había propuesto y ella se ofreció con toda la seguridad del mundo. Ser una de las personas que leería en la boda era una de las cosas que más le apetecía,...o al menos eso pensaba cuando se comprometió hacía casi un año. Ahora, cuando ya solo queda una semana para la ceremonia, una cierta angustia ha empezado a invadirla. No me sale nada, se dice como escritora a la que, en el momento más necesario, ha abandonado la inspiración.

            No tiene que ser nada enrevesado, se repite, tratando de convencerse de que es fácil. Ya ha escrito muchos borradores pero nada que le guste ni que le permita cubrir los dos minutos que le corresponden.Dos minutos pasan en seguida, es una de las frases que ahora más odia y que le dicen algunos amigos, aquellos que hábilmente no se comprometieron y ahora disfrutan de los últimos días pensando como mucho en lo que se pondrán y en lo que podrán comer en la cena.

            Pues no, no pasan en seguida, ni mucho menos. Descubrió por fin, el tema lo merecía, como funcionaba el cronómetro del móvil y cada vez que lo conecta y se pone a hablar mirando el espejo le parece que el segundero corre mas despacio. Ha practicado a pronunciar más despacio. Un día habló tan lento que se le cayó la baba. No parece que por ahí pueda salvarse.

            En su progresiva desesperación, ha mirado todo tipo de artículos, recurso muy usado para no enfrentarse al problema. Dicen que la mejor manera que tienen algunos para no hacer nada es hacer listas. Bueno, nada no, estas personas hacen listas, bastante tienen con eso, dicen ellos. Algo parecido le está pasando. Como cada vez que se sienta al ordenador decidida a terminar el texto le entra el miedo escénico, abre el explorador y mira en internet a cuantas palabras por minuto se debe hablar y qué debe y qué no debe decirse en una charla de este tipo. Ha encontrado que diciendo menos de 170 palabras cada minuto el discurso se hace lento y la gente puede dormirse. Pero si hablas pronunciando más de 210 palabras en ese tiempo, puede que la mitad de los asistentes no se enteren. Estas lecturas no hacen sino incrementar la presión sobre ella. Trescientas sesenta palabras, trescientas sesenta, repite ahora la neurona cabrona de su cabeza haciendo cada vez más complicado el reto que ella misma hace crecer.

             Ante la expectativa de que no le salga nada, ha pensado resumir y decir tan solo una frase pero no le parece bonito porque cree que los novios merecen mucho mas. También pensó en dejarlo e improvisar, pero tiene el llanto fácil y no está segura de si podrá contenerlo cuando los vea allí, a las dos, cogidos de la mano, amándose, queriéndose.. puf, se pone a llorar con tan solo imaginarlo así que por este camino, no. La improvisación la descarta. Está segura de que tendrá muchas cosas que decirles pero se angustia pensando que no le salgan o se le pasen las importantes.

              Escribió un texto larguísimo que ha descartado porque tras un comienzo prometedor se puso a divagar y terminó contando con todo el detalle las aventuras vividas el día en que visitaron el Caminito del Rey, en el que, dado que los dos sufren vértigo, aquello más que caminito se convirtió en pasión. No sabe bien como salieron con vida, sobre todo ella, a la que le tocó llevar las bolsas con los vómitos de ambos Terminó rompiendo el texto porque, aunque gracioso, no le parecía adecuado para la ocasión.

              Ha intentado preparar algo lírico, musical, bañado en amor, pero desde que optó por no tener pareja le repatea que en las relaciones todo se base en la ñoñería y en el modelo hollywoodiense de celebración. Ella quiere un texto original, que haga reír, o al menos sonreír y que hable de ambos, aunque también de los demás y de lo que sienten y de su futuro y de su pasado y del destino y de los sentimientos y de lo bonito y de la amistad y de los viajes y de la compañía y de las mantas para quitarse el frío del invierno... Imposible. Son demasiadas cosas.

             Ha anotado todas las cosas de las que querría hablar, esperando que, teniendo puntos de referencia, pueda hilar algo coherente. Es de las únicas cosas que conserva. No descarta que le sirva finalmente pero no encuentra con facilidad el cemento que lo pegue todo y le salga con un cierto sentido.

               En el grupo de la boda de vez en cuando el preguntan. Odia que lo hagan porque si ella no ha dicho que está no sabe a qué viene que la gente pregunte. Suele maldecir cuando lee los mensajes y sus contestaciones no son para nada lo que se le pasa por la cabeza pero, al fin y al cabo, nadie es culpable de que se haya comprometido y ahora no gana nada peleándose con nadie y menos por este tema.

               Le da vergüenza reconocerlo pero en el últimos meses se ha visto todas las películas de bodas que ha podido, ha tomado notas pero se teme que como son también amantes del cine, algo les pueda sonar. Seria penoso, piensa, que si copia las palabras de alguno de los guiones, pudiera ser descubierta por cualquier de los asistentes o peor aun, por los propios contrayentes. Y no solo ha visto películas. Ha leído libros, se ha comprado revistas y ha llamado a amigos del extranjero. Ha buscado páginas en internet y hasta se bajó una aplicación llamada, como no, Discursos 2.0, pero aquello, además de mostrarle un anuncio por cada dos palabras que elegía, daba un resultado penoso. Tras horas de intentos obtuvo un discurso que solo hubiese podido pergeñar un estudiante de Erasmus mandado a hacerlo por equivocación y harto de tinto.

               Como es traductora de varios idiomas, también ha pensado en bajarse algún discurso de internet en una lengua que ninguno conozca y traducirlo. Ha probado con el Arameo y con el Tailandés pero los que ha encontrado del primero son demasiado toscos y los segundos siempre se ponen a hablar de dioses y no le sirve para nada.

               También ha pensado la posibilidad de leer simplemente el trozo de alguna novela o de algún poema que pudiera gustarles. Eso le quitaría el problema de la creación pero ahora quedaría elegir el texto adecuado y, mientras que dos minutos le parece una eternidad para tener que decir algo inventado por ella misma, ese tiempo es mínimo para leer cualquier texto que llegue a tener sentido.

              Ya, en el colmo de la desesperación, se ha metido algún sábado en la parroquia y ha asistido a bodas en las que nada tiene que ver. Todo el mundo la ha mirado con extrañeza ya que a sus años y a pesar del pañuelito negro con el que ha querido pasar desapercibida, no cumple para nada el modelo de vieja beata que asiste a bautizos, comuniones y bodas como si de la santa más marmórea se tratase. Tampoco lo que ha oído le ha encantado y, para colmo, ahora tiene a cuatro vejetes que ya le han propuesto matrimonio. ¡Eso!, piensa ella, otro matrimonio y que otro dé el discurso.

               Los días pasan y el agobio aumenta. Desea a veces por lo bajini que se produzca un milagro, una aguacero histórico que anule la ceremonia o una ruptura en el último momento, pero se castiga luego por tener siquiera semejantes pensamientos. Descarta hacer como que se pone enferma y no asistir a la boda y la idea de tomarse cinco litros de agua helada el viernes anterior para producirse una afonía irrecuperable no termina de agradarle. Le apetece un montón la boda, solo que tiene un pequeño problema, el dichoso discursito. Dos minutitos de problema, solo eso.

               Pero está decidida a redactarlo y a quedarse encantada con lo que quiere decirles. En realidad, sabe que nada de lo que diga será suficiente. Quizá, piensa, lo mejor sería subir al estrado y estar allí los dos minutos, simplemente contemplándolos y manteniendo la sonrisa. Ojalá estuviésemos acostumbrados a eso. Somos tan torpes en esto del te quiero que queremos siempre llenarlo de palabras que en realidad no hacen falta.

               Con paciencia, sigue escribiendo. Parece que la idea de hacer una lista de referencias puede funcionar. Quisiera tan solo poder decirles con los ojos que les quiere. Pero hacen falta palabras y no está dispuesta a quedarse callada. Cuando piensa que está a punto de abrir las compuertas a una idea genial, le suena el WhatsApp. No sabe cómo, le dio el teléfono a uno de los jubilados de la parroquia y el hombre parece que quiere guerra. Y para estas guerras está ella, con todo lo que tiene que inventar. Le dice cariñosamente que no a la partida de Cinquillo que le propone y se vuelve a concentrar.

            Trescientas sesenta palabras.

            Trescientas sesenta palabras.

            Trescientas sesenta palabras.

viernes, 21 de abril de 2017

Eterno retorno



Estoy sentada en clase, en la esquina de la primera fila, por mis gafas de culo de vaso. Navegan frente a ellas algunos pelos escapados de mis dos trenzas de niña empollona. Observo mi reflejo en la ventana: soy toda gafas, trenzas y jersey amplio, con coderas, heredado de mi hermano. Y sí, soy una niña empollona: la delegada de 6º A, y exenta de gimnasia desde cuarto curso.
La Pajarito está explicando algo sobre la época medieval. Me pongo a dibujar disimuladamente en el margen de mi cuaderno la figura de perfil de una chica punkie que vi ayer en la parada del autobús. Su cresta será de dos colores, verde y rojo, porque dibujo con el lápiz Staedtler 2B que usamos para subrayar en el libro las “palabras clave” que la profe destaca de tanto en tanto: cruzadas, caballeros, torneos, peste negra, siervos de la gleba, y cualquiera saca los plastidecor ahora.
Para Navidades pediré otra vez un Telesketch. Mi madre no quiere comprármelo porque, aunque sabe que me encanta dibujar, dice que es mucho mejor usar lápiz y papel y que una máquina no favorece la creatividad de los niños. Jolines, cuando se pone así parece la Pajarito y no hay quien la aguante.
Acaba la clase; ahora toca mates. Mariajo, sentada a mi lado, rebusca chuches en su cartera. Me ofrece una: “¿Quieres piruleta o chupachús, Rocío?” Le digo que ahora no, gracias; y saco el plastidecor rojo y pinto una parte de la cresta de Nuria –he decidido que la chica punkie se llama Nuria–. El Pantuflo entra, saluda, nos hace callar. Hoy nos va a explicar algo nuevo, difícil, “pero lo veréis otra vez en octavo, así que tranquilos”. Agarra la tiza, se gira hacia la pizarra, se acaricia con la mano libre sus patillas frondosas (me pregunto si le gustarán a su mujer y si harán muchas cosquillas a los mofletes de su hijo recién nacido; nos enseñó una foto de los dos el otro día) y se lanza a escribir fórmulas.
Me quedo mirando fijamente. Esos trazos en la pizarra los he visto antes. Sé de qué está hablando, sé la palabra que va a decir a continuación. Miro los apuntes de mi cuaderno. Se ha posado una mosca encima de la cresta de Nuria, justo donde ya sabía que se posaría. Porque esto ya lo he vivido. Ya lo he visto, ya lo he oído, hasta lo he olido antes. Huele, claro que sí, a chicle de fresa. Mariajo está masticando lo que le queda de su chupachús Kojak; sí, como antes, en esa otra vida. O quizás lo he soñado. O estoy soñando ahora mismo. Pero no, es imposible que sea un sueño. Me suenan las tripas, después va a ser la hora del recreo; si estuviera durmiendo en mi cama no tendría esta hambre.
Los recuerdos me golpean y me aturullan. Antes yo no era Rocío, la empollona de 6º A. Fui alumna de este cole cuando aún lo llevaban las monjas y era un hacha en mates; desastre en todo lo demás. Pero pillé escarlatina y luego está todo oscuro. Y antes de eso, no fui al cole. Tenía padres que me concedían todos los caprichos, cama con dosel, una enorme casa de muñecas, un perro, sirvientes. Era un chico fuerte y travieso, Thomas, que trepaba a las copas de los árboles aunque me lastimara las palmas de las manos y me arañara las rodillas. El primo Edgar me amenazaba con ahorcar a mi perro si alguna vez contaba que a veces él sacaba las pistolas de mi padre del cajón bajo llave de su buró para admirarlas en secreto. Antes, más antes, yo no era Thomas. Era Chandramukhi, y mi madre era hermosa y morena, y decían que me parecía a ella. Cabellos negrísimos, casi azules, largos hasta los tobillos; y cara redonda y dulce como la de la luna. Ella me preparaba el mejor laddu del mundo y al mirarme me sonreía. Aquella noche, antes de la boda, me regaló un cofrecillo de lata, porque “te has de ir con tu nueva familia, y quiero que tengas un recuerdo mío”. Mucho, mucho antes, yo no era Chandramukhi…
―Reparto ciento cincuenta pesetas entre tres niños y siete niñas, de manera que cada niña reciba cinco pesetas más que cada niño. ¿Cuánto recibe cada niño y cada niña? ¿Rocío, te animas a salir al encerado?
El Pantuflo me tiende la tiza. Parpadeo muchas veces. Sé la respuesta; pero mi garganta está seca.
―¿Te pasa algo?
―¿Puedo ir al servicio?―necesito beber agua. Y pronto, cuanto antes, zamparme el bocadillo de Nocilla de mi mochila. Estoy débil.
―María José, ve con tu compañera.
Mariajo asiente, me conduce de la mano hasta el baño de las chicas. Entro, me quito las gafas con cuidado y las dejo en el extremo más ancho del lavabo. Me refresco la cara y bebo. Vuelvo a ponerme las gafas y veo que Mariajo mira preocupada lo pálida que estoy.
―Espérame, voy a pasar al baño un momento―cierro la puerta, llena de pintadas de los gamberros del cole.
Me siento en la taza. Al terminar, saco un pañuelo de papel del bolsillo y al limpiarme, veo una mancha roja, más roja que el rojo del pelo de Nuria. Me vuelven destellos de recuerdos. A Chandramukhi la casaron a la semana de aquello. Al primo Edgar lo encontraron un día en el suelo al lado del buró, sobre un charco oscuro.
Salgo del servicio. Me arde la cara. Igual tengo fiebre.
―¡Oye, qué colorada estás ahora! Vamos a dirección a que llamen a tu casa.

Más tarde, en casa, mi madre me mima más de lo habitual. Me gusta mucho mi madre, más que la de antes, aunque quizá no tanto como la de más antes. Y ya me da igual lo del Telesketch.





sábado, 8 de abril de 2017

Dulce despedida

Luisa recorre los pasillos del edificio por última vez. Camina despacio, muy pegada a la pared, y a cada paso su cadera chilla de dolor. Si su médico la viese, le echaría la bronca, le diría que esa caminata era del todo innecesaria. Pero ella no quiere desaparecer sin más de la oficina. Algunos de sus compañeros de trabajo lo han sido durante más de veinte años, y no piensa irse sin despedirse de ellos.
Lleva una caja de bombones en la mano; y no son de una marca cualquiera, porque le han costado un dineral. La paga que le va a quedar no es para tirar cohetes pero, como detalle de despedida, puede permitírselos. «Lo importante ―piensa― es que haya para todos y que se los coman a gusto.»
Nada más llegar se planta ante la mesa de José Antonio, de contabilidad, que se sorprende al verla.
―¡Luisa! ¿Cómo tú por aquí? Pero si me dijeron hace ya meses que te habías pre jubilado.
A ella no le sorprende la reacción de José Antonio. En realidad ha estado trabajando hasta hace tres días, pero para ese tío siempre ha sido como si no existiera. A las más jóvenes y guapas de la oficina, en cambio, las tiene bien controladas.
―No, en realidad me operaron hace unos meses de la cadera ―contesta ella amablemente―. No sirvió de mucho. Después me incorporé y he intentado trabajar durante un tiempo, pero no puedo. Al final me han dado la jubilación, pero ha sido hace solo unos días.
―Ah, pues no tenía ni idea, mujer. En fin, una pena, ¿no? Aunque bueno, oye, mejor para ti, así ya te quedas en casa tranquilita. ¡Ya me gustaría a mí!
Aunque el comentario no le hace ninguna gracia, ella sonríe. Después abre la caja de bombones.
―Toma, coge uno. Son de los que van rellenos de licor. Están muy buenos.
―¡Muchas gracias! Oye, no tenías que molestarte.
―Solo es un pequeño detalle de despedida.
Antes de que José Antonio empiece a desenvolverlo, ella ya camina hacia la mesa de Sandra, de recursos humanos, que hace como que no la ve hasta que Luisa deja la caja de bombones encima de su mesa, a solo unos centímetros de su mano.
―¡Luisa, cariño! Ya me han dicho que es tu último día. ¡Ay, me da mucha penita que te vayas!
Luisa la mira y se acuerda entonces del día en que, metida en uno de los cubículos del cuarto de baño mientras intentaba recuperarse de un pequeño mareo, la oyó entrar en los servicios junto a Rebeca y ponerse a hablar de ella. Puta vaca, inútil y amargada fueron solo algunos de los piropos que, creyéndose completamente solas, le dedicaron. Luisa, sin embargo, le ofrece un bombón, y aunque Sandra se lo piensa y lo mira con cara de estomecuestamediaclasedespinning, al final insiste y consigue que lo coja.
A Iñaki lo pilla cerrando a toda prisa una ventana de su ordenador en la que aparece una rubia con las tetas fuera. Lleva la página web de la empresa y es todo un artista de la tecnología. Luisa nunca ha llegado a verlos, pero los memes y chistes que hace sobre ella y que comparte con todos los demás compañeros deben de ser muy graciosos, a juzgar por cómo los otros cogen el móvil, miran la pantalla y después se parten de risa mientras la observan a ella con más o menos disimulo. Se despide de Luisa de una forma muy fría, casi sin mirarla a la cara, y como ella sabe que es de buen comer, le ofrece un bombón y le anima después a coger otro.
Sigue repartiendo bombones por toda la oficina: a Jesús, que los invitó a todos a su boda excepto a ella; a María, la organizadora por excelencia, que hace un grupo de whatsapp cada vez que hay un cumpleaños y que, a partir del segundo año, dejó de incluirla ―además de no interesarse nunca por si ella también cumplía años alguna vez―; a Julián, su superior directo, que le habla y le pide las cosas como si fuera imbécil para luego acabar quejándose lo haga como lo haga; a Carla, que la cagó con un cliente importante y, para quitarse la mierda de encima, la acusó a ella de haber preparado mal la documentación necesaria. Va lenta y son muchos en la oficina, así que el paseo le lleva un buen rato. Todos le sonríen y le dicen lo mucho que la van a echar de menos. Nadie le da un abrazo, ni siquiera dos besos. Todos cogen su bombón y comentan lo bueno que está.
―Cuidado, que son de los que van rellenos de licor― dice ella cuando ve que van a darle un bocadito en vez de metérselo entero en la boca.
El último es Andrés, de publicidad. Se queda parada antes de acercarse a su mesa. Que ella sepa, es el único de la oficina que nunca la ha tratado mal. Cuando él despega los ojos de la pantalla y la ve allí plantada le sonríe y se levanta. Se queda parado un momento para dejar paso a José Antonio, que va corriendo al servicio con cara de urgencia, y después se acerca a ella.
―¡Luisa! Es tu último día, ¿no?
―Sí, ya me despido.
―Se te va a echar de menos.
Ella observa la caja de bombones, que ya no pesa ni la mitad que cuando llegó. La ha llevado abierta por toda la oficina, pero ahora la tapa impide que se vean los tres o cuatro bombones que quedan.
―No digas mentiras.
―Que sí, mujer.
Él le da dos besos, aunque enseguida tienen que hacerse a un lado para que Rebeca, que corre hacia el baño con la cara muy blanca y la mano agarrándose la tripa, no los arroye.
―Bueno, ¿y qué tienes ahí? ―dice él mirando la caja.
Luisa duda antes de abrir la tapa. Piensa a toda prisa en una excusa para no hacerlo, para marcharse de allí sin ofrecerle un bombón a Andrés. Lo único que se le ocurre es decir que ya no quedan, que ha calculado mal y que se han acabado antes de lo que tenía previsto. En esos pocos minutos de duda, mientras Luisa se concede el tiempo necesario para tomar una decisión alargando su conversación con Andrés de la forma más tonta, Julián se levanta de su mesa y observa con terror que en la puerta del único cuarto de baño de la planta hay dos personas esperando. Poco después, cuando Sandra sale corriendo para allá, ya son cuatro.
Pero Luisa piensa entonces que Andrés, de algún modo, ha tenido muchas ocasiones de defenderla: que podría haber intercedido para que la incluyesen en los grupos de whatsapp, para que la invitasen a las comidas que organizaban todos los compañeros, que podría haberse puesto de su parte cuando Carla le echó a ella la culpa de la cagada con el cliente. Andrés nunca la ha tratado mal ―al menos, no directamente―, pero está segura de que, cuando los demás la ponen verde e inventan chistes sobre ella, él no se tapa los oídos; que cuando le llegan mensajes al móvil con memes sobre ella, no deja de abrirlos. Y seguro que hasta se ríe y los conserva si la ocurrencia es buena.
Abre la tapa y le ofrece los pocos bombones que quedan. Para entonces los que hacen cola en el baño, encogidos y visiblemente nerviosos, ya han empezado a meterles prisa a los de dentro de muy malas maneras. Iñaki sale corriendo hacia las escaleras con la esperanza de llegar a tiempo a los servicios de la planta de abajo. A María, agachada y con la cara descompuesta, se le han empezado a escapar las lágrimas.
―Son de los que van rellenos de licor. De un bocado, ¿eh?


sábado, 1 de abril de 2017

QUÉ PUEDE SALIR MAL



Cuando Carlos se despertó de su pesadilla, con la frente moteada de sudor y jadeando, miró a su lado y descubrió a su futuro marido roncando tan plácidamente. Aquello lo puso de pésimo humor. ¿Cómo podía, Raúl, dormir tan “ricamente” cuando él estaba de los nervios? ¡Quedaban menos de treinta días para su boda y él durmiendo a pierna suelta!
Sin poder resistirlo le dio un codazo para despertarle.
―¿Qué pasa? ―dijo entreabriendo los ojos.
―¿Te he despertado?
―Claro, si me has dado un codazo.
―Ha sido sin querer, he tenido una pesadilla.
―Ah, vale ―y se giró para seguir durmiendo.
―¿Vas a dormirte así?
―Son las tres de la mañana.
―¿No vas a preguntar nada?
―Ha sido sobre la boda. Supongo. Siempre es sobre la boda.
―Es que no sé cómo puedes estar tan tranquilo.
―Verás ―dijo incorporándose y sentándose a su lado mientras se frotaba la cara con las manos para despejarse―. Todos los preparativos están listos, ¿no?
―Sí.
―Todo pagado y las asistencias confirmadas, ¿no?
―Sí.
―Los trajes listos, el viaje decidido, los regalos preparados, los hoteles, ¿no?
―Sí.
―Ese día solo vendrá gente que nos aprecia y que estará feliz por nosotros, ¿no?
―Sí ―dijo entornando los ojos, sin saber a dónde quería llegar.
―Ahora pregunto: ¿qué podría salir mal?
―¡Uf! Infinidad de cosas.
―¿Por ejemplo?
―Que haya poca comida. Que los trajes no nos queden, que los regalos no lleguen a tiempo… ―dijo elevando uno a uno los dedos de la mano.
―¿Eso impediría nuestra boda?
―No.
―¿Los invitados vienen por la comida y los regalos?
―Supongo que no.
―Repito, ¿qué podría salir mal?
―Que alguien cancelara a última hora ―empezaba a quedarse sin argumentos.
―¿Eso haría que no te casaras conmigo?
―¡Claro que no!
―¿Algo de lo que has enumerado lo haría?
―¡No!
―Entonces ahí tienes mi respuesta.
―¿Respuesta a qué?

―A cómo puedo estar tan tranquilo ―dándole un beso de buenas noches se acurrucó para seguir durmiendo. A los pocos minutos, otros ronquidos se sumaban a la armonía de la habitación.


PD. Deseo que sea el mejor día de vuestra vida.



lunes, 13 de marzo de 2017

Te llames como te llames

Cuando se conocieron eran Manrico y Leonora. Fue durante un otoño en Praga. A él le hizo gracia su forma de apretar los labios  cuando se concentraba; a ella el fugaz destello de rabia que él no conseguía disimular cada vez que alguien le corregía. Solo trabajaron juntos durante unos días, pero lograron que la ciudad entera hablase de ellos. Después estuvieron dos años sin verse.
Cuando volvieron a coincidir eran Violeta y Alfredo. Esta vez se encontraron en Milán, donde se hizo evidente que entre ellos estaba a punto de surgir una relación que iba a ir mucho más allá de lo profesional. El Un dì, felice, eterea nunca había sonado tan sincero en la ciudad italiana.
En Madrid fueron Rodolfo y Mimí, y las lágrimas que a él se le escapaban cada vez que ella moría en sus brazos eran tan abundantes y amargas que superaron ampliamente las exigencias del director de escena.
Durante años vivieron su historia con muchos nombres. A expensas del libreto fueron Porgy and Bess en Nueva York, Cio-Cio-San y Pinkerton en Viena, Peleas y Melisande en París, Tosca y Mario en Barcelona. Aunque pocas, hubo también algunas noches sin máscaras: noches en las que olvidaron sus matrimonios y cambiaron camerinos, maquillaje y trajes pomposos por restaurantes discretos y habitaciones de hotel; noches en las que se atrevieron a dejar de lado arias y dúos y se comunicaron improvisando susurros, gemidos y caricias.
Pero fue en el escenario donde vivieron los episodios más intensos de su historia. Porque ahí no había necesidad de fingir, ni tenían que buscar las palabras: solo recitar las que otros habían escrito para ellos y dejar que la música las elevase a la categoría de arte. Sobre el escenario emocionaban a miles de personas dejándose llevar y recibían aplausos por decir las cosas que estaban deseando decir.
Cada noche, tras la representación, el escenario quedaba a oscuras, pero sus historias nunca se apagaban del todo. Porque ni siquiera la muerte, que casi siempre triunfa en la ópera, podía evitar que todo volviese a empezar para ellos al día siguiente.