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domingo, 29 de enero de 2017

Regalo de reyes




Aunque Manuel llevaba tres horas mirando al techo, sonó el despertador, le dio un manotazo y con la misma inercia encendió la radio, que empezó a chirriar “Las chicas de la cruz roja”, de Conchita Velasco. Se levantó de la cama, arrancó la hoja del calendario lánguido que colgaba en la pared y vio que era la mañana de Reyes pero que él, un año más, no iba a tener regalo porque ya no tenía quien le comprara ni unos calcetines. Al menos hoy no tenía que trabajar. Odiaba su oficina, ser contable no era el trabajo más atractivo que podía soñar. Cuando soñaba, claro, porque hacía tiempo que eso no pasaba.
Se lavó la cara con agua helada y se afeitó sin cuidado con una cuchilla dentada del uso. Se aplacó los pelos que le quedaban con colonia fresca. El espejo doblado que se reía de él desde la pared estaba cogido con un hilo de cobre y la toalla que intentaba darle consuelo estaba tan parda que ya nadie recordaba su color. Abrió la puerta del armario y eligió la camisa gris plomo y los pantalones de pana marrones. Se colgó de los hombros el abrigo de paño y se tomó un café solo aguado, por ese orden. Salió de la casa arrojándose por la ventana y planeando con las manos en los bolsillos hasta aterrizar en la estación de tren. Aprovechó las corrientes heladas del norte para no tener que hacer mucho esfuerzo.
Se subió al último vagón y se sentó en la última fila. Se amorró contra la ventana húmeda y se dispuso a no ver pasar el paisaje. El trayecto duraba un hora y cuarenta y cinco minutos. Vio por la ventana a varios niños con bicicletas nuevas y se sumió en la tristeza, se acordó de aquel día una vez más, con un agujero en el pecho de pensar que había pasado tanto tiempo.
Abrió los ojos y dio un respingo. ¡Era de día! ¿Habrían venido los Reyes? De un salto apartó el mullido edredón de raso, salió de la cama, se puso las zapatillas de cachemira. Bajó las amplias escaleras y fue corriendo al salón, pero allí no había nada, ni debajo del belén, ni cerca de la chimenea, ni en ninguno de los sofás. Se dirigió a la cocina pero, nada, estaba vacía. La salita… ¡nada! ¿Se habrían olvidado de él los Reyes? ¿Había sido tan malo? No pensaba que hacer rabiar a la niñera contara como importante para los Reyes. Y, de repente, allí estaba, en la entrada, un sobre dorado con su nombre. ¿Un sobre? ¿Qué tipo de regalo era un sobre para un niño de 7 años? ¿Dónde estaba la bicicleta que había pedido? Rajó el papel:

«Querido Manuel:
                Por fin tienes la edad. Llegó el día. Este año tu regalo es mucho más importante que una bici o que un perro o que un coche de carreras. Este año, tu regalo es MAGIA. Debajo de tu cama encontrarás un manuscrito con el que aprender a volar. Sí, sí, a volar.
Te queremos.
Los tres Reyes Magos»

Paró el tren en la última estación. Se bajó con la cabeza gacha. Llegó arrastrando los pies. Cada día le resultaba más duro ir a visitar a su madre a la residencia, y eso que solo iba el primer lunes de cada mes. Cada mes la veía más deteriorada, más ajada. Hacía ya muchos lunes que no lo reconocía, que lo confundía con su padre, con su hermano, con su primo. Había dejado de comer sola y casi no andaba. Le costaba mucho sacarla de la residencia a escondidas, pero lo que nunca fallaba era el paseo que se daban por los aires. Cuando estaban en el cielo se olvidaban de todo, su madre volvía a ser joven, brillaba, volvía a reconocerlo, a cogerlo de la mano y él volvía a sentir que el mundo era como cuando tenía 7 años, se sentía seguro, también brillaba. Sobrevolaban pueblos, montañas, ríos, incluso se daban un paseo por el cielo azul de Madrid, sorteaban rascacielos plateados, disfrutaban de las corrientes de metal, esquivaban la polución negra, se tumbaban en las nubes de algodón, retaban a las golondrinas plomo. Se paraba el mundo. Manuel nunca había conocido a otra persona que volara, además de su padre, claro.

Pero aterrizaban y la vejez volvía a ocuparse de ellos. Era el precio que tenían que pagar. Manuel lo sabía. Mientras, se reían se los pájaros de colores, como decía su madre. La dejó en la cama y se despidió con un beso mecánico. Volvió a la estación con la sensación de pesar una tonelada. Se dejó caer en el banco de la estación a esperar el tren. La vista perdida. El estómago apretado. El frío en el alma. Y entonces, algo le atrajo la atención. Una chica con un abrigo rojo al otro lado de la vía estaba leyendo, pero… a medio metro del suelo. Y no se estaba dando cuenta de que se había despegado del suelo, ¿qué libro sería? Solo bastaron los dos minutos de esperanza que se tardan en cruzar las vías del tren por el túnel subterráneo para devolverle a Manuel la sonrisa.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Regalo de Navidad




Tienes dieciséis años y una melena larga, roja e indomable que te llega hasta la cintura y te ayuda a esconder el cuerpecillo flaco y lechoso de niña que está dejando de serlo. No tienes amigos; tu padre apenas te atiende, se emborracha y se va por ahí y te pasas las horas mirando por la ventana y deambulando por casa, intuyendo monstruos en la oscuridad y oyendo esas voces que te dan ideas raras. El tocadiscos se estropeó y no puedes entretenerte oyendo música, ni siquiera esas composiciones clásicas algo aburridas que tanto le gustaban a mamá. Te has intentado suicidar un par de veces.
              Llega otra navidad y esa mañana observas por la ventana los patos que vuelan y que no acaban de marcharse nunca, a pesar del frío. Son estúpidos. Como no se vayan, se congelarán. Te preguntas si estar congelado es parecido a la sensación que te embarga a ti desde hace tanto tiempo. Tu padre te regala un rifle después de comer. Aprender a disparar te va a animar a salir, respirar aire fresco, hacer ejercicio, te dice. ¿Qué diría mamá? Bueno, se fue y no pinta nada su opinión. El fusil es un semiautomático. La marca es Ruger 10/22. Tiene mira telescópica,  culata de madera de cedro y quinientas municiones. Miras a papá. Tiene los ojos algo vidriosos y el rostro enrojecido. Sabes que no es por el frío de fuera. Bajas la mirada y musitas un gracias y confías en que tu pelo cubra algo la mueca que a veces pasa por tu sonrisa.
Dedicas los siguientes días a familiarizarte con tu fusil calibre 22. Sales al exterior y practicas tirándole a algunas latas de cola y muchas cervezas vacías. Tu melena pelirroja vuela al viento. Cada día lo haces mejor. Pero temes la noche. Los  monstruos se reactivan al caer la madrugada y empiezas a dejar tu regalo junto a la cabecera de la cama.  Acariciarlo te calma y te ayuda a dormir.
Un día miras por la ventana y ves el patio de tu antiguo colegio. Allí pasaste la primaria como quien pasa una varicela, sintiendo que eras la apestada. Total, como ahora en el instituto. Echas un vistazo al calendario. Hoy es lunes, 29 de enero de 1979, y coges el rifle y empiezas a disparar. Vaya, está genial. Mola la mira telescópica. Es muy fácil acertar así. Hoy no vas a ir a clase. Esto es mucho más divertido. En un cuarto de hora, matas a dos personas. Hieres a nueve, son ocho niños y un policía.

Todavía te llamas Brenda Spencer, pero tu pelo entrecano más que rojo es corto y has engordado. Vas a cumplir cincuenta y un años y te han denegado la condicional otra vez. Y eso que has aducido que lo que pasó fue bajo la influencia de las drogas. Que tu padre había abusado de ti de niña. Incluso has llegado a decir que te arrepentías de lo ocurrido, a ver si colaba. Esas dos personas a las que mataste eran al director de la escuela, que intentaba proteger a los alumnos, y al conserje que después intentó arrastrar su cuerpo lejos de la carnicería. Te condenaron a cadena perpetua revisable en 1980; parece que va a ser perpetua, a este paso. Cuando disparaste esos casi cuarenta tiros no pensaste en que te harías vieja en esta prisión para mujeres en California.
Solo en que era lunes y que eso te animaba el día.
Estuviste seis horas atrincherada en tu casa hasta que la policía te convenció para que te entregaras. Fuiste sincera cuando te preguntaron por qué lo hiciste. ¿No se supone que hay que decir siempre la verdad? Viste a los niños como a los patos del estanque. Blancos muy, muy fáciles, como las latas de refresco. Pero esto era muchísimo mejor, porque los niños se movían, corriendo sobre esas piernecitas, a ciegas, como  pollos sin cabeza. No, no había ninguna razón para matarlos. Solo era divertido. Te asomas a la ventana enrejada y recuerdas a papá. Es navidad, pero han pasado más de treinta y cinco años. Y alguno más desde que mamá se fue. ¿Estarán juntos?, te preguntas. Esperas que no, que él se esté achicharrando entre las llamas del infierno.
Y luego saliste en todos los periódicos. Y en la tele. Y esos británicos hicieron una canción sobre ti. Para ti. Tell me why I don’t like Mondays… Tell me why…  Te gusta mucho la canción. Te anima escucharla los lunes, cuando das vueltas por el patio de la cárcel con este invento, el mp3, que no está mal. Mola casi tanto como el semiautomático de culata oscura que te dio papá por navidad. Solo había que mirar, apuntar, apretar el gatillo. Ahora tus placeres son más comedidos, aunque igual de solitarios. En vez de quinientas balas, tienes quinientas canciones grabadas. Solo tienes que mirar la lista en esa pequeña pantalla, elegir una, y apretar el botón del triángulo.
En la cola del desayuno ves que al ser un día especial el café no está congelado y hay una pequeña porción de un dulce. Te sientas en una esquina y enciendes tu mp3. Alguien te dice “Feliz navidad” mientras estás ocupada seleccionando entre tus canciones. La boca de la mujer se abre y cierra, tú realmente no oyes las palabras, estás con tu música. Esbozas tu sonrisa-mueca, algo más arrugada, y caes en la cuenta: ya no te has intentado suicidar más. Tu cárcel es tu casa, nunca estás sola, y parece que esos monstruos y esas voces que te perturbaban están tranquilos últimamente.

domingo, 16 de octubre de 2016

Una mujer de principios

                             

           Se acercó al ventanal del salón y se sentó en la mesa en la que más sol daba. Sacó la libreta amarilla y el bolígrafo, dispuesta a escribir el principio de una historia. Se olía el mar en todos los rincones del centro Santa María del Descendimiento. Pero ella, a pesar de llevar 78 años viviendo enfrente del Mediterráneo, no había dejado de maravillarse ni una sola vez cuando se asomaba al inmenso azul, de cómo brillaban mil diamantes en su superficie, incluso cuando estaba nublado. Si hubiera creído en los milagros, el mar le habría parecido uno. Pero ella no creía en nada, de nunca. Sólo se oía el vaivén de las olas o, al menos, ella solo oía el vaivén de las olas. Hacía tiempo que tenía atención selectiva, uno de los pocos privilegios de la edad.

           A lo lejos, a veces se veían delfines cruzando el horizonte. Su abuela siempre decía que cuando cruzaban manadas de delfines, las mujeres se quedaban embarazadas. En cuántas cosas creía su abuela, de siempre. Pero, hoy, se veía una plataforma petrolífera que viajaba dirección Almería arrastrada por dos barcos gemelos. Qué curiosidad le producían las plataformas aventureras. Las que, después de muchos años, cambiaban de destino, levaban anclas y se iban con la música a otra parte. Con esas raíces tan difíciles, tan hostiles. Eran islas de hierro en mitad de la vida. ¿Qué le esperaría a esta? Cuántas historias de humanos especiales habrían empezado y terminado sobre ese esqueleto de metal. Esos humanos con las emociones amplificadas, como gritadas por un megáfono o, al contrario, adormecidas bajo la piel. Cómo le gustaría entrevistar a alguno.

           Bajó la mirada y se acordó de para qué se había sentado. Principios… claro. Llevaba toda la vida escribiendo principios. Era su especialidad. Había escrito principios muy buenos, principios mediocres, y principios que no daban pie ni a terminar el “érase una vez”. Había escrito el de la niña feliz y querida, el de la adolescente a la que se le revolvió el mundo, el de la universitaria inadaptada, el de la joven que fue a escribir principios a muchos países diferentes y el de la mujer a la que se le acabaron los principios. Le había inventado principios a Marta, la caníbal de hombres; a Helena, la que disfrutaba llorando en el cine; a Petra, la valiente que no tenía miedo a nada; a Laura, la que se apuntaba a cursos de cualquier cosa para sentirse parte de la manada; a Patricia, la que frecuentaba casas de orgías; a Alicia, la insegura que solo quería que la amarrasen con besos; incluso, a Cari, la que quería ser madre.

           Había escrito montones de capítulos y todos titulados “capítulo 1”. Siempre en la misma libreta, una libreta enorme con miles de páginas, amarillentas y con el papel desgastado de tanto manosearlo. Se había beneficiado de la magia de la escritura para reinventar, si un principio no funcionaba, solo tenía que volver a pasar la película y reescribir la versión. Pero nunca había conseguido escribir más de un folio, no había podido pasar de esa longitud. Por más que lo intentara. Por más psicólogos a los que hubiera visitado. Por más historias que hubiera leído y observado. Por más que hubiera crecido. Tenía la sensación de que todo el mundo sabía un secreto que ella no. Y nadie se lo contaba. Todas esas novelas de quinientas, mil, incluso dos mil páginas que veía en las estanterías de las librerías. Obscenas. Presumidas. Altaneras. Recordándole a ella sus relatos de una página, de página y media. Se desesperaba, a veces un poco, a veces hasta la agresividad hacia los demás, hacia ella misma, a veces hasta la depresión, a veces hasta la ansiedad más dura, a veces hasta la huida, a veces hasta la nada.

           Levantó la cabeza, la plataforma ya había pasado de largo, se veía muy a lo lejos, como en el siguiente capítulo ya. Volvió a bajarla. Érase una vez una mujer de principios…


─Señora Pilar, su medicación. ¿Otra vez ha cogido la guía de teléfono? Por favor, devuélvala a su sitio.