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domingo, 15 de enero de 2017

Amistad de acero

Tendría que haberme divorciado hace cinco años, fue lo que pensé al abrir la puerta de mi nuevo apartamento. Era un cuchitril viejo de una sola habitación que olía a humedad y estaba lejos del centro, pero allí, con una maleta gigantesca en la mano y buena parte de mi vida metida en grandes cajas, sentía que, por primera vez en años, dispondría de un espacio para mí. Esa casa no era la del marido de alguien, ni siquiera la de un padre de familia ―aunque mis hijos pasarían allí algunos fines de semana―: era mi propio apartamento, y me sentía emocionado.
―¿Esto es tu nuevo palacio?
Norman, un amigo, me estaba ayudando con la mudanza. En el portal ya había dejado claro que el sitio le parecía una mierda ―opinión que había repetido al ver la escalera y al subir al ascensor―, y ver el apartamento por dentro no le hizo cambiar de opinión.
―Ya sé que no es gran cosa, pero me gusta ―contesté intentando que no me contagiase su actitud―. Además, es algo temporal. Ahora he tenido muchos gastos con los abogados y todo eso; cuando me recupere, ya alquilaré otra cosa mejor.
Esa era realmente mi idea: instalarme allí durante unos meses, quizá un año. Me sentía como un joven recién salido de casa y me imaginaba lo emocionante que iba a ser la vida nocturna en libertad con mi grupo de amigos, pero claro que aspiraba a vivir en un sitio mejor. Solo tenía que darme un tiempo y ahorrar un poco. Idiota de mí, eso era lo que pensaba entonces.
Me pasé la mañana sacando cosas de las cajas y colocando lo más básico. Norman solo me ayudó durante un rato. Él todavía estaba en mi apartamento cuando abrí una caja llena de libros y de cómics antiguos.
―¡Oye, a mí esto me interesa! ―dijo agachándose y rebuscando entre los ejemplares. Para mí todo aquello era casi basura: libritos amarillentos y tan deteriorados en su mayoría que iban perdiendo páginas a medida que Norman los sacaba de la caja. Casi todos esos cómics habían pertenecido a mi abuelo. Excepto unos pocos que él mismo me había comprado ―casi siempre justo antes de entrar al estadio cuando me llevaba a ver jugar a los Nets―, todos tenían muchísimos años y unas portadas que no me resultaban en absoluto familiares. A decir verdad, aunque mi abuelo intentó contagiarnos a mi padre y a mí el gusto por esas historias de superhéroes y aventuras, ninguno de los dos llegamos a seguirlas con mucho entusiasmo. Si yo tenía todos esos cómics era porque, poco después de que mi abuelo falleciese, mi abuela insistió en que me pasara por allí y me los llevase como recuerdo.
―Si ves algo que te interese, cógelo ―le dije a Norman.
―¿En serio? Tío, aquí hay cómics muy antiguos.
―Ya te digo. Mi abuelo se los pasó a mi padre, pero a él tampoco le iban mucho.
―¿Cómo puede ser que no os gustaran? A todos los chavales les flipan estas...
De repente se quedó callado. Yo en ese momento estaba de espaldas a él, pero me giré extrañado por su silencio. Llegué a percibir que miraba con asombro el cómic que sostenía entre las manos: uno de los pocos ejemplares que mi abuelo ―o quizá mi padre años después― había metido en una de esas fundas transparentes para que se conservase mejor.
―¿Por qué te has quedado callado? ―le dije―. ¿Has visto algo interesante?
―No ―contestó apresuradamente dejando caer de nuevo el cómic dentro de la caja―. No, qué va; solo uno que me encantaba cuando era crío. Joder, es que me ha parecido mucha casualidad que tú también lo tengas ―añadió tras soltar una carcajada nerviosa.
―Llévatelo, ya te he dicho que te lleves lo que te guste.
―Sí, creo que cogeré algunos. Y volviendo a lo de antes... me parece raro que a tu padre y a ti no os llamaran la atención los cómics.
―Bueno, conociendo a mi viejo, apuesto a que descubrió el porno con doce o trece años y se olvidó de los superhéroes.
―Ya. Pues, si hay que echarle la culpa al porno, seguro que tú con ocho años ya no leías cómics ―bromeó.
No volví a pensar en esa conversación en mucho tiempo. Y, como es normal, las semanas y meses siguientes me los pasé acoplándome a mi nuevo apartamento. No tardé demasiado en descubrir que esa recuperación económica de la que le había hablado a Norman, la que me permitiría mudarme a un sitio mejor en cosa de un año, iba a ser mucho más difícil de lo que tenía previsto. Los gastos del divorcio solo habían sido el anticipo de lo que se me venía encima. Pronto me di cuenta de que, tras pagar la manutención de los críos cada mes, mi cuenta corriente quedaba tan exhausta que hasta el alquiler más barato suponía un verdadero lujo. Mi exmujer no tenía ese problema: el piso en el que vivíamos era de sus padres, así que fue ella quien se quedó allí disfrutando de una nueva vida en la que palabras como alquiler o hipoteca no significaban una mierda. Pero, en mi caso, los primeros días del mes se llevaban por delante buena parte de una nómina que, la verdad sea dicha, tampoco daba para muchas florituras.
El ritmo de vida que empecé a llevar tampoco ayudó mucho en ese sentido. Animado por una panda de amigos que me había acogido con los brazos abiertos tras unos años de vida familiar, empecé a olvidar la frontera entre la noche y el día. Al principio solo sucedía los fines de semana, pero esa era una frontera que también empezó a esfumarse poco a poco: al principio el fin de semana empezaba el viernes noche, después lo adelanté al jueves e incluso al miércoles, y unas semanas después me costaba distinguir si era sábado o lunes. Mis juergas eran baratas ―como mucho pasaban de la cerveza enlatada a la embotellada― pero, aun así y a fuerza de salir noche tras noche, mis gastos empezaron a multiplicarse. Si a eso le sumáis que el cansancio me hacía rendir menos en el trabajo y que cada vez me llevaba menos comisiones, no os costará imaginar que, unos pocos meses después, mi situación había empeorado bastante.
Pronto empecé a retrasarme con el tema de la manutención, y mi exmujer se mostró muy poco comprensiva. Las cosas como son: la muy zorra estaba deseando que cometiese el más mínimo error para lanzarme a ese perro que tiene por abogado. Al final la situación se me hizo insostenible: terminé bebiendo más de la cuenta para olvidar que mi vida se había convertido en un agujero de mierda; y, para poner la guinda al pastel, esa afición por la bebida acabó costándome el empleo. Fue poco después de eso, cuando llevaba unas semanas en el paro, cuando volví a acordarme de Norman, de la mudanza y de nuestra conversación sobre cómics.
Recuerdo que estaba en la cocina. Debían de ser las tres o las cuatro de la tarde. Yo estaba recién levantado y con resaca, como era habitual, pero aun así me había propuesto comer algo y ponerme a ojear las ofertas de empleo del periódico, por si el puesto de director de alguna empresa multimillonaria estaba vacante o por si algún país jodidamente rico y lleno de petróleo necesitaba un presidente corrupto. De fondo, el parloteo de la televisión; las noticias habían acabado ya con los asuntos serios y empezaban a zambullirse en las habituales chorradas y curiosidades que preceden al deporte.
―... gracias, Frank, los que tengan pensado cambiar de coche próximamente se alegrarán de oír eso. Y ahora pasemos a la siguiente noticia. ¡Un millón y medio de dólares! ―Como un perro que oye la palabra galleta, me olvidé del periódico y levanté la cabeza al instante―. Esa es la cifra récord que ha alcanzado un cómic en una subasta que tuvo lugar ayer, ¿verdad, Jessica?
―Sí, pero es que no hablamos de un cómic cualquiera, sino de un ejemplar de la revista “Action Comics nº1” que, como quizá algunos de ustedes sabrán, contiene la primera aparición de Superman. No es la primera vez que un ejemplar de este cómic, del que se sabe que existen menos de cien copias en el mundo, alcanza cifras de locura, ¡pero hasta ahora nunca una tan alta!
―Y es que, al parecer, se trata de uno de los ejemplares en mejor estado de conservación que han aparecido en los últimos años. Nos lo cuenta todo...
Seguí escuchando la noticia con los ojos pegados a la televisión y con el periódico arrugado y roto entre mis puños apretados. Y es que en la esquina de la pantalla, junto al rostro sonriente del presentador, aparecía una imagen del cómic en la que se veía perfectamente la portada: Superman, con un diseño prácticamente idéntico al actual, levantaba con toda la facilidad del mundo un enorme coche verde. Como ya imaginaréis, no era la primera vez que yo veía esa portada; sin saber que ese cómic tuviese ningún valor, lo había tenido en mis manos, lo había metido en la caja al preparar la mudanza y lo había subido junto con todos los demás a mi nuevo apartamento. Sí, vaya que si me acordaba: era uno de los pocos protegidos por una funda. Y, aunque la caja seguía ahí, en un rincón tras del sofá, estaba claro que el cómic habría desaparecido. Fui corriendo a comprobarlo. Norman... qué hijo de puta.
No nos habíamos vuelto a ver desde el día de la mudanza. Yo lo había llamado un par de veces y él me había dado largas; como tampoco es que tuviésemos una relación muy estrecha, no me había resultado extraño que se mostrase tan esquivo, pero ahora empezaba a entender por qué me había evitado. Fui enseguida a su casa, llamé al timbre y golpeé la puerta, pero una vecina metomentodo me dijo que no había nadie en casa. Aproveché que no tenía otra cosa que hacer para visitar a un par de amigos que tenemos en común y preguntarles si sabían algo de Norman. Uno de ellos me dijo que también llevaba un tiempo sin saber nada de él, y el otro me contó que no lo había visto en semanas, pero que, según había oído por ahí, el tío se había comprado un cochazo. Pues claro que se habría comprado un cochazo, y no tardaría en buscarse una casa enorme en alguna urbanización pija. Millón y medio de dólares dan para mucho, joder. Pero estaba dispuesto a visitar a Norman antes de que se largase de la ciudad y me costase más seguirle la pista.
Esa misma noche, muy encendido y con demasiadas cervezas en el cuerpo, me presenté de nuevo en su piso. Esta vez pasé del timbre y aporreé la puerta dispuesto a tirarla abajo si era preciso. Solo había gritado su nombre dos veces cuando esta se abrió.
―Tú... ¿pero qué coño haces aquí a estas...?
Ni siquiera le dejé acabar la frase. Me abalancé sobre él y enseguida los dos perdimos el equilibrio cayendo al suelo. Aproveché que Norman estaba debajo de mí, confundido y sin saber aún qué pasaba, para darle un puñetazo que hizo saltar las primeras gotas de sangre de sus labios.
―¡Eres un hijo de puta! ―le grité.
―¿Estás loco? ¡Cálmate, joder! ¿De qué cojones va esto?
―Lo sabes de sobra. ¿Dónde tienes el dinero?
―¿De qué dinero me estás hablando, por el amor de Dios?
―¡Un millón y medio de dólares! ―Aún más enfadado por el hecho de que se hiciera el tonto, le solté otro puñetazo―. Eso es lo que me has robado, puto cabrón.
―¿Qué yo te he...? ¡Para de una vez, ¿quieres?! Déjame hablar.
Me levanté y dejé que él hiciera lo mismo. Se llevó la mano a la cara, puso una mueca de dolor al comprobar que tenía el labio partido y sus dedos se enrojecieron con el hilo de sangre que escapaba de su nariz. A mí, sin embargo, me pareció que aquello era poco castigo. El dejar que se levantara no era más que una pequeña tregua: estaba dispuesto a recuperar lo que me pertenecía o a romperle todos los huesos de la cara.
―¿A ti se te ha ido la cabeza o qué?  ―me gritó enseñándome su mano manchada de sangre―. Me parece que voy a llamar a la policía ahora mismo.
―El cómic ese de Superman ―dije yo ignorando su amenaza―. Te lo llevaste tú, ¿verdad?
―Que yo me llevé... Joder, ¿y yo qué sé? Me dijiste que cogiese lo que quisiera y pillé unos cuantos.
Di un paso hacia adelante amenazando con lanzarme de nuevo sobre él. Se encogió contra la pared.
―¡No te atrevas a mentirme otra vez, hijo de puta! ¿Me vas a decir que no sabías lo que valía?
―¿Pero tú eres idiota o qué? ¿En serio crees que alguno de los cómics que tienes vale una puta mierda?
―Ese de la primera aparición de Superman. Estaba en mi caja, lo recuerdo perfectamente. Esta tarde han dicho en la tele que se ha subastado un ejemplar por un millón y medio de dólares, Norman, ¡un millón y medio! Y luego voy y le pregunto a Jerry sobre ti y me dice que te has comprado un cochazo.
―A Jerry, no me jodas... ―soltó una risotada nerviosa―. El coche me lo compré hace casi un año, gilipollas. ¿En serio vienes aquí a joderme confiando en la palabra de ese borracho idiota?
―¿Qué cojones me estás contando, Norman?
―Espera aquí ―me dijo, y viendo que yo no estaba dispuesto a dejar que se marchase sin acabar lo que había empezado, añadió―: No voy a irme a ningún sitio, solo quiero coger una cosa de aquella estantería, ¿vale?
Dejé que se alejase planteándome por primera vez la posibilidad de que me hubiese equivocado. ¿Y si no se trataba del número uno de Action Cómics? ¿Y si me había precipitado al pensar que Norman me la había jugado? Entonces volvió a acercarse con un cómic entre las manos. Era un ejemplar protegido por una funda transparente. Lo puso entre mis manos y, a través del plástico algo sucio por el paso del tiempo, vi a Superman levantando aquel coche verde: la misma escena que había visto por la tarde en los informativos. Miré a Norman sin comprender.
―Sácalo de la funda, venga.
Obedecí al instante manipulando aquel ejemplar con unas manos tan torpes que casi me resultaban extrañas. ¿Qué coño significaba todo aquello? Tiré la funda de plástico al suelo y sujeté el cómic notando que algo no estaba del todo bien: las páginas interiores se habían despegado de la portada y bailaban de forma independiente. Después me fijé más y me di cuenta de que ni siquiera tenían exactamente las mismas dimensiones. Sin comprender, queriendo creer que aquello era lo normal tratándose de una publicación tan antigua, abrí el cómic y comprobé lo equivocado que había estado durante todo el día.
Estaba lleno de tías en pelotas; casi todas ellas rubias delgaditas con unas tetas no demasiado grandes. Posaban de tal forma que uno no necesitaba de su imaginación para conocer hasta el más mínimo detalle de sus cuerpos, y en algunas páginas se las podía ver en plena acción con tipos bigotudos y algo mayores. Joder, aquello era porno, porno del malo. Y no es que yo le hiciera ascos a ese tipo de publicaciones pero, por la forma en que habían maquillado a las chicas, el estilo de sus peinados, el color algo apagado de las imágenes y hasta el tipo de papel, podía deducirse que aquella revista tenía muchos años. Entonces me acordé del capullo de mi padre: me lo imaginé con catorce años arrancando las páginas de aquel cómic millonario, tirándolas a la papelera y ocultando esa mierda de revista guarra bajo la famosa portada que anunciaba la primera aparición de Superman. Más de un millón de dólares a la mierda para que mi padre pudiera cascársela tranquilamente en su habitación. Bien hecho, papá.
―Ahí tienes tu millón y medio de dólares, gilipollas. Y ahora lárgate de mi casa antes de que llame a la policía.
La voz de Norman sonó lejos. Yo aún estaba intentando aferrarme a una realidad alternativa: a una en la que no hubiera rubias escuálidas abiertas de piernas entre mis manos, sino dibujos de Superman impartiendo justicia; a una en la que aquel cómic, protegido en su funda de plástico, apareciese en los informativos sobre un cartel lleno de ceros; a una realidad en la que mi padre no hubiese sido un puto imbécil durante toda su vida. Pero no había nada que hacer.
Tiré aquel cómic al suelo y me di la vuelta dispuesto a marcharme. Tocaba olvidar fortunas y lujos que nunca habían estado a mi alcance y volver a pensar en el alquiler, la manutención y la búsqueda de empleo. Aquel panorama me hundió de nuevo. Estaba a punto abandonar el piso de Norman, pensando en si debía murmurar una disculpa o si lo mejor era desaparecer sin más y para siempre cuando me di cuenta de algo: ese hijo de puta no podía saber lo de la revista guarra cuando se llevó el cómic de mi casa.
Me di la vuelta. Él estuvo a punto de gritarme para que me marchase de una vez, pero me miró a los ojos, se dio cuenta de lo que yo estaba pensando y, en lugar de hacerlo, dio un paso atrás mientras buscaba nervioso el teléfono móvil en su bolsillo. No me importó que empezara a marcar el número de la policía. Cerré la puerta. Me metí de nuevo en su apartamento.
Ya que iba a dormir en el calabozo...


viernes, 4 de noviembre de 2016

Reseña: El castillo de las estrellas

Llevaba tiempo queriendo leer esta obra que hoy os traigo al blog. Fascinado por su estilo y por su ambientación, adquirí el primer álbum hace ya algún tiempo; aunque, sabiendo que la historia quedaba inconclusa y que terminaba en el segundo volumen, esperé pacientemente a la salida de este para leer el primero. No quería quedarme a medias, prefería disfrutarla del tirón. Ahora por fin lo he hecho y puedo decir que ha sido un acierto.

El castillo de las estrellas, de Alex Alice, es un maravilloso mosaico formado por múltiples influencias. Desde los libros de Julio Verne hasta la animación de Miyazaki pasando por el romanticismo alemán, el autor ha juntado en una obra muy personal todo aquello que le fascina, y lo ha hecho con tanto amor ―y se nota― que el resultado es fantástico. Pero dejadme que os ponga un poco en situación.

Portadas de los dos volúmenes que componen la historia en su edición española

Durante el siglo XIX, intrépidos exploradores
alteraron sin parar los límites de lo desconocido.
Ávidos de nuevos descubrimientos,
dirigieron sus miradas hacia las estrellas.

La acción arranca en 1869, una época en que la ciencia avanza acelerada hacia el progreso. El autor nos pone en medio de un contexto histórico concreto: Otto Von Bismarck quiere acabar con la fragmentación del territorio alemán y unificar todos los reinos, ducados y principados en un único "Reich". Y aquí, mezclada con esas pinceladas de realidad, es donde aparece la magia, lo fantástico de esta obra: el “éter”, una energía que, según creen algunos de los personajes, es capaz de trasladarnos a miles de kilómetros en solo unos segundos. Hay, por supuesto, quien busca esta energía con buenas intenciones, por la mera aventura del descubrimiento tan propia de esta época, y quien desea descubrirla con otras intenciones más oscuras.

Naves voladoras, globos, tecnología, antiguas leyendas como la de Perceval (o Parsifal) y los caballeros de la mesa redonda, castillos y reyes se dan cita en este cómic tan especial en el que al final priman claramente don conceptos: fantasía y aventura. De las buenas.

El autor ha escrito un guion emocionante y ágil. La historia avanza sin atropellos ni parones, y aunque a los personajes puede faltarles un puntito de carisma (esto es muy sutil y personal, pero tengo la sensación de que en este cómic hay personajes que han sido creados para hacer ese papel de seres entrañables y a mí no me lo han llegado a parecer del todo), al final el resultado es sobresaliente.

Por citar un pequeño fallo, diré que en ocasiones las secuencias no están del todo bien resueltas y que vemos pequeños saltos en la acción que se hacen un poco extraños para el lector habitual de cómics. Por ejemplo: en un balcón, un personaje corre hacia una barandilla dispuesto a saltar para caer dentro de una nave que viene a rescatarlo y así escapar de los villanos. Sin embargo, vemos en una viñeta al personaje corriendo hacia el balcón y en la siguiente al personaje cayendo ya dentro de la nave, y nos quedamos con la extraña sensación de que nos ha faltado ese instante de vuelo en que el personaje queda suspendido en el aire a medio camino entre el éxito y la derrota. A ese tipo de cosas me refiero. Pasan muy de vez en cuando, pero suponen una pequeña mancha en una narración casi impecable.

La influencia de la animación japonesa, y en concreto del genio Miyazaki y sus películas con el estudio Ghibli, es innegable. Se nota tanto en la estructura de la historia como en el plantel de personajes y en sus motivaciones, por no hablar de la ambientación y el gusto por las máquinas voladoras. Aquí todo respira un aire muy de “Nausicaa” y de “Laputa, un castillo en el cielo”, y esa es, a mi parecer, una de las grandes bazas de “El castillo de las estrellas”.

Por último, hay que hablar del dibujo, aunque no hará falta que me extienda mucho con este tema. Es toda una delicia, así de claro, mezcla de influencia japonesa con la tradición del cómic francobelga. Aquí también se aprecia claramente la fascinación del autor por Hayao Miyazaki: en los tonos pastel, en el diseño de personajes (el chambelán no puede ser más propio del director japonés) y en el gusto con el que recrea los impresionantes castillos y las fantásticas naves voladoras que aparecen en la historia. Tiene composiciones de página verdaderamente originales, artísticas, dinámicas, y siempre muy bellas. Tan pronto te encuentras una página llena de pequeñas viñetas como pasas la página y ves un inmenso dibujo que ocupa casi dos, consiguiendo así que el ojo no se acostumbre a nada y que todo resulte siempre fresco y dinámico. No hay mucho más que decir al respecto: creo que las imágenes que os dejo acompañando a esta reseña hablan por sí solas.

Concluyendo:

“El castillo de las estrellas”, de Alex Alice, es una obra que no os debéis perder a poco que os guste el cómic, y muy especialmente si adoráis las historias retro-futuristas, los relatos de Julio Verne y las primeras películas del estudio Ghibli. Hay aventura, descubrimiento y magia, y todo ello presentado con un dibujo bello hasta decir basta. Por último, decir que, aunque la historia concluye en el segundo volumen, el autor deja abierta la puerta a más historias en este mundo y con estos personajes. Si van a ser tan buenas como esta, ojalá no tarden mucho en llegar. Os dejo con una frase que aparece en las promociones de esta historia y que resume muy bien el espíritu de la misma:

No sabían que era imposible, así que lo hicieron.

¡Hasta la próxima!

Título: El castillo de las estrellas
Autor: Alex Alice
Editorial: Norma editorial
Precio: 18€ cada volumen
Año de publicación: 2015 - 2016
Valoración: Muy recomendable



viernes, 14 de octubre de 2016

Reseña: Astérix y el papiro del César

La verdad, no me ha costado pensar cuál quería que fuese el primer cómic en aparecer por este blog. Son muchas las opciones, pero las aventuras de Astérix ocupan un lugar privilegiado en mi estantería y, aunque el cómic del que vamos a hablar ya lleva en el mercado un año aproximadamente, creo resulta perfecto para inaugurar la sección dedicada al noveno arte en este blog. ¿Me acompañáis a descubrir las bondades de un álbum titulado: Astérix y el papiro del César?


Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor...

Con esta mítica presentación, como siempre, comienza la nueva aventura de nuestros amigos Astérix y Obélix. Y es que las cosas no cambian aunque pasen los años, y ni siquiera aunque sean otras manos las encargadas de escribir y dibujar la colección; porque el álbum que nos ocupa es ya el segundo creado por Jean-Yves Ferry y Didier Conrad, que cogieron el testigo dejado por los inmensos Goscinny y Uderzo, padres de la criatura (recordemos que Goscinny falleció en 1977 y que Uderzo continuó publicando álbumes en solitario hasta que, en 2013, pasó el testigo a los nuevos autores, a quienes supervisa). Y si Ferry y Conrad demostraron estar a la altura en su primer trabajo, Astérix y los pictos, creo que en esta ocasión van un paso más allá. Pero, antes de explicar esto, dejadme que os cuente un poco de qué va esta aventura.

Julio César está a punto de publicar un libro que pasará a la historia: sus famosos Comentarios a la guerra de las Galias (sí, ese libro que taaan bien conocen los que estudian latín). Sin embargo su editor, Bonus Promoplús, no está del todo contento con la versión final del texto, en concreto con el capítulo en que César habla del irreductible poblado galo de nuestros amigos, que supone la única mancha en una campaña militar perfecta. El editor tiene claro qué es lo mejor: suprimir ese capítulo. Si Astérix, Obélix y los suyos no aparecen en los textos, en unos años nadie se acordará de ellos y la historia recordará a César como el hombre que conquistó TODA la Galia. El emperador, seducido por esa idea, accede y ordena destruir el capítulo, pero la casualidad querrá que el texto en cuestión acabe precisamente en la aldea gala, donde nuestros amigos, indignados, emprenderán una lucha para que la historia no olvide su valentía y su resistencia.


Con esta interesante premisa tenemos una aventura divertidísima en la que los personajes se cuestionan las ventajas e inconvenientes de la tradición oral y la escrita, en la que una predicción de horóscopo dará a Obélix más de un dolor de cabeza, donde un entrañable personaje pondrá en duda el liderazgo del bueno de Abraracúrcix y en la que veremos al druida Panorámix como nunca lo habíamos visto.

Como decía al principio, Ferry y Conrad se han currado un álbum absolutamente genial. Astérix y los pictos, su primer trabajo en la colección, era una buena historia que no llegaba a brillar pero que dejaba claro que estos autores sabían lo que se hacían. Pero esta nueva aventura, en mi opinión, está a un nivel altísimo, tanto que me atrevería a decir que puede codearse con los mejores álbumes de Goscinny y Uderzo. Puede sonar atrevido, pero soy de los que opina que el mitificar a unos autores (por mucho que lo merezcan) no quita para que valoremos justamente el trabajo de otros nuevos.


La historia de Jean-Yves Ferry, como ya he dicho, es ocurrente, está llena de humor y nos presenta a los personajes en situaciones bien conocidas que son seña de identidad de la colección y también en otras nuevas que dejan claro que este autor quiere dejar su huella. El argumento me parece especialmente ingenioso, y a todos aquellos que amamos los libros y que tenemos alguna idea de cómo funciona el mundo editorial nos hará mucha gracia ver al mismísimo Julio César doblegándose a la dictadura de su editor, por citar solamente una de las muchas situaciones en que el cómic parodia la realidad del mundo editorial. También resulta llamativo ver a los personajes preocupados por cómo pasarán a la historia, especialmente sabiendo lo que sabemos hoy sobre esos personajes (y me refiero sobre todo a Julio César). Y a aquellos a los que les preocupe que el estilo de este nuevo autor pueda romper mucho con el de los álbumes clásicos, les diré que no es así en absoluto: su estilo encaja perfectamente con el de Goscinny y el espíritu de Astérix está intacto, y eso ya de por sí es toda una alegría.

En cuanto al dibujo de Conrad, qué decir: no echaremos de menos a Uderzo, ¿puede haber piropo mayor? El artista ha adaptado su estilo para imitar a la perfección los lápices de Uderzo, y las imágenes extraídas del álbum que acompañan a esta reseña  pueden dar fe de ello. Todo resulta reconocible, todo está como tiene que estar; ¿y por qué iba a cambiar, si funcionaba de maravilla? Además, la imagen de Astérix y Obélix forma parte ya de la cultura popular, así que me parece todo un acierto que el autor haya optado por no cambiar nada. Quizá en algunos momentos sus dibujos y las composiciones de sus viñetas y páginas sean algo más dinámicas que las de su predecesor (lo cual no es malo en absoluto), pero eso es algo natural que va con los tiempos y tan sutil que no rompe con lo anterior.


No quisiera terminar mi reseña sin mencionar una pequeña escena: una que tiene lugar justo en la última página, tras el ineludible banquete con que el poblado galo (para desgracia de los pobres jabalíes) celebra siempre el éxito de sus aventuras. Es complicado explicarla y hacer ver lo especial que resulta sin desvelar detalles, pero se trata de una genialidad que enlaza el tema de la tradición oral con la propia existencia de la colección y en la que los nuevos autores hacen un precioso homenaje a Goscinny y Uderzo. Prestadle especial atención.

Y hasta aquí la primera reseña de cómic del blog. No me extiendo más. ¿Te gustan Astérix y Obélix?; El papiro del César es lectura obligada. ¿No te gustan?; pfff, ¿en serio? ¿Nunca has leído un álbum de Astérix?; pues, teniendo en cuenta que el orden de lectura da un poco igual, si empiezas con El papiro del César seguro que aciertas.

¡Hasta la próxima reseña, por Tutatis!