viernes, 8 de septiembre de 2017

Reseña: "La línea de sombra", de Joseph Conrad


Autor: Joseph Conrad
Editorial: Cátedra
Traductor: Ricardo Baeza
Valoración: Recomendable

Año de publicación: 1985 


Cada uno tiene sus filias, Conrad es una de mis debilidades. Mientras leo sus libros, no sé por qué, me siento en esa adolescencia/juventud en la que apenas lo hice, es un efecto extraño, pero reconfortante. Cuando leí, no recuerdo en qué libro o artículo, el párrafo siguiente:

«Las sombras se alejaron de mí en silencio. Aquellos hombres no eran ya sino los fantasmas de sí mismos y su peso sobre una driza tal vez no fuese mayor  que  el de un grupo de fantasmas. En verdad, si jamás fue ceñida vela alguna por efecto de una simple fuerza espiritual, ésta lo fue, pues, hablando con propiedad, no había bastantes músculos para ello en toda la tripulación, y menos aún en el mísero grupo que formábamos sobre cubierta.»

No necesité más para desear zambullirme en esta historia, para querer saber qué había ocurrido hasta llegar a esa desoladora estampa. A los pocos días me compré La línea de sombra.

Conrad (1857-1924) me atrae no únicamente por su literatura, sino también por cómo gobernó su vida. Desde los dieciocho años hasta los treinta y siete estuvo enrolado en el mar, empezando como aprendiz y llegando a capitán. En 1889 comenzó a escribir algunas anotaciones que terminarían siendo su primera novela, La locura de Almayer (1895); aunque antes únicamente había escrito cartas, en su hogar sí había una tradición literaria, su padre tradujo, entre otros, a Shakespeare o Víctor Hugo. En 1894, tras decidir quedarse en dique seco, Conrad no se olvidó del gobernalle ni de sus peripecias marineras, las experiencias acumuladas en el mar las rescató para algunos de sus libros. Marinero y escritor. Dos vidas en una.   

La línea de sombra (1916) arranca con la decisión de un joven de abandonar el mundo de la marinería en la que estaba bien considerado. Justo después le encargan, y acepta, ser capitán de un barco; previamente, ha desarbolado una conspiración para escamotearle dicho encargo. Durante la travesía tiene que superar una serie de circunstancias que le hacen cruzar la línea de sombra, el paso de la juventud a la madurez. Conrad escribió el libro cuando se estaba luchando en medio mundo, por eso, dedica el libro a su hijo, Borys, que combatió en la Primera Guerra Mundial y «a todos aquellos que como él han cruzado en su juventud temprana la línea de sombra de su generación».

La historia, narrada en primera persona, salta de un escollo a otro, aunque en ocasiones se hace algo lenta, quedándose al pairo. Puede dividirse en dos partes, la primera abarca hasta que contratan al joven como capitán (un tercio del texto), y se muestra su juventud: ingenuo, seguro de sí mismo y orgulloso. En la segunda parte se narra el periplo, ya como capitán del barco, en el que el protagonista alcanza la madurez. En el transcurso de la navegación le sobrevienen los mayores reveses, gracias a ellos averiguará de qué pasta está hecho, descubriendo su identidad. Este tema de reconocer realmente quiénes somos, de que la vida nos revele nuestro verdadero yo, es recurrente en algunas de las obras de Conrad en las que, repentinamente, hay un giro de timón, una bifurcación en la que el protagonista debe elegir, la decisión retrata a la persona. Este libro, como otros de Conrad, tiene una parte autobiográfica sustancial, en este caso, se trata de una recreación novelada de unos hechos que vivió en 1888, cuando se hizo cargo del velero Otago, su primer mando.

En las obras de Conrad que he leído, junto al protagonista suele haber otro personaje, aglutinando ambos la mayor carga de la novela: Marlow/Kurtz en El corazón de las tinieblas, Jim/Marlow en Lord Jim, D`Hubert y Feraud en El duelo…, la relación entre los miembros del dueto puede ser de contrapunto, complementarios, enemigos… En La línea de sombra esta pareja está más difuminada y la ampliaría a tres, el joven capitán (innominado), Burns y Ransome (cocinero), para no destripar el libro, no desvelo qué relación se establece entre ellos.

En esta obra es destacable cómo se define el perfil psicológico de los personajes; el lector presencia la evolución del carácter del joven capitán, pero al contrario que en otras obras de Conrad no se muestra una persona tan poliédrica, contradictoria y compleja. El estilo, siendo Conrad, es más directo y sencillo, una historia evocada pero lineal cronológicamente, no abundan los párrafos extensos con acotaciones y puntualizaciones entre comas, las subordinadas que matizan o las digresiones que existen en otras obras, tampoco los saltos temporales en la narración. Este libro es, en estos aspectos, menos profundo que sus obras más emblemáticas. Hay que tener en cuenta, por una parte, que pertenece a la última etapa del escritor, publicada en 1916, lejos, por ejemplo, de El corazón de las tinieblas y Lord Jim, publicadas en 1899 y 1900, respectivamente. Por otra parte, en La línea de sombra está explícito el objeto de la narración, el paso de la juventud a la madurez, no así en otras novelas en las que hay que desenmarañarlo.

A las personas que no les atraigan las historias marineras, les animo a leer este libro ya que el mar es, únicamente, el atrezo en el que el joven capitán es puesto a prueba; y, a los que les apasionen los ambientes náuticos, además, les animaría a leer El espejo del mar, homenaje de Conrad a los configuradores de su carácter, tal y como confiesa en el prólogo, «al mar imperecedero, a los barcos que ya no existen y a los hombres sencillos cuyo tiempo ya ha pasado». Por cierto, Conrad incluyó una ‘Nota del autor’ en muchas de sus obras (hay un libro que las recopila), la nota de La línea de sombra aconsejo no leerla puesto que desvela parte de la trama, la añadió a posteriori contestando a ciertas críticas e interpretaciones.

En resumen, La línea de sombra es una obra estupenda para iniciarse en Conrad, y para los que ya lo conozcáis es un muy buen contrapunto a obras más simbólicas y oscuras, como El corazón de las tinieblas, Lord Jim o Nostromo.

lunes, 31 de julio de 2017

Reseña: "Momentos estelares de la humanidad", de Stefan Zweig

Autor: Stefan Zweig
Editorial: Acantilado
Traductora: Berta Vias Mahou
Valoración: Bastante recomendable (mucho para amantes de la historia)
Año de publicación: 2002

Stefan Zweig (1881-1942) fue un escritor judío nacido en Viena; en 1939 inició su exilió, llegando a Brasil en 1941, donde se suicidó al año siguiente. En su época fue un escritor muy reconocido tanto por la crítica como por el público, de hecho, Momentos estelares de la humanidad (1927) vendió, hasta final de 1930, unos 250.000 ejemplares (1).

Este libro, reeditado en 2002 por Acantilado, narra catorce momentos que, de una forma más o menos decisiva, marcaron el devenir de la historia; el periodo que abarca es muy amplio, en concreto desde el 44 a. C. hasta 1919. Partiendo de los hechos históricos, Zweig relata qué pudo haber pasado en los huecos no registrados, nos lo muestra de una forma instructiva, amena y cercana, como si hubiera estado realmente allí. Al ser hechos inconexos los que componen el libro, recomendaría no leerlo del tirón, como si de una novela se tratase, creo que merece la pena dejar un tiempo entre cada una de las catorce historias.

Los acontecimientos rescatados no son los catorce que enumeraríamos por su importancia histórica, pero sin duda son, tal y como señala Zweig en el prólogo, « […] momentos preñados de fatalidad, en los que una decisión destinada a persistir a lo largo de los tiempos se comprime en una única fecha, en una única hora y a menudo en un solo minuto, son raros tanto en la vida del individuo como en curso de la Historia». Los momentos que alumbra son muy variopintos: la caída de Bizancio, el primer tendido de cable telegráfico que unió Europa y América, etc; además, enriquece el libro no empleando únicamente el relato como género literario, nos muestra la huída de Tolstoi como una pieza de teatro y el indulto a Dostoievski en verso. Hay que tener en cuenta que no relata con todo detalle lo acontecido (sería imposible); por ejemplo, en la aventura de Scott no narra todas las penalidades y adversidades que sufrieron, más aún si se compara con libros específicos como El peor viaje del mundo, sin embargo, ofrece apreciaciones muy interesantes: «Su estilo [el de Scott], claro y correcto, emocionante al consignar los hechos, pero sin imaginación, como un uniforme».

Todos los momentos tienen una gran carga emocional, la mayoría de ellos te hacen vibrar; aunque algunos, como el de Goethe o Rouget, me parecieron algo más fríos. Zweig no nos hace experimentar únicamente lo vivido por los que tuvieron éxito sino que también nos muestra el error de Grouchy en Waterloo, la muerte de Scott tras ser superado por Amundsen o el fracaso del presidente Wilson al final de la primera guerra mundial. Un libro que he disfrutado mucho y que gracias al variado abanico de acontecimientos puede atraer a todo lector y, especialmente, a los que les guste la historia.

(1) Deutsche Gesellschaftsgeschichte, Hans-Ulrich Wehler, C.H. Beck 2008

martes, 30 de mayo de 2017

La risa de los niños se enamoró de la música

“He conocido a alguien, se llama Carlos”. Estábamos en un bar pequeño y a Raúl se le escapaban notas musicales por el bigote al sonreír. Empezaban, tímidas, las primeras notas de una melodía.

Mientras, me han contado que a Carlos le asomaban sonrisas de niños a los ojos y a las orejas. La camiseta adecuada, un café en casa y besos con urgencia.

Las notas de Raúl empezaron a hacerse mayores, a sonar más fuertes, se le colaron en el corazón, se le mezclaron con letras. Y todos sabemos lo peligroso que es que las notas musicales se mezclen con las letras. La melodía se convirtió en canción.

Un día, estábamos cenando en la croquetería, y a Raúl se le coló una risa de niño turquesa en lo que estaba contando. Nosotros nos miramos, en aquel momento no entendimos nada.

A Carlos se le empezaron a reír las tardes, los sábados, las manos. Empezaron a llenársele los recreos de colores, las tutorías de juegos.

También me han contado que a Carlos se le escapó algún do y algún re mientras daba clase, pero, los niños, como son muy listos, no necesitan entenderlo todo y no preguntaron.

Un día quedaron para cenar. Las notas musicales se equivocaron de boca y las risas se equivocaron de nombre. Las escalas musical y cromática se fueron a vivir juntas.

Cuando llegó Carlos, en la casa habías fas por las esquinas, soles por el sofá, mis entre las sábanas. Pero, además, Carlos trajo un saco de verdes, rojos y amarillos. Colocó el verde mar en el salón, el azul oscuro en la cocina, el rosa palo en el cuarto del final de pasillo.

Poco tiempo después, para un aniversario, Raúl le escribió un relato serio con música de fondo a Carlos; Carlos le regaló a Raúl un dibujo hecho en el cole, con plastidecor y carcajadas infantiles.


La risa de los niños se enamoró de la música. La música, los colores y las sonrisas los ha traído de la mano a este jardín, y con ellos a nosotros. Gracias por compartirlo.

domingo, 23 de abril de 2017

Son tan solo unas pocas palabras




Se comprometió y ahora no puede echarse atrás. La pareja ni siquiera se lo había propuesto y ella se ofreció con toda la seguridad del mundo. Ser una de las personas que leería en la boda era una de las cosas que más le apetecía,...o al menos eso pensaba cuando se comprometió hacía casi un año. Ahora, cuando ya solo queda una semana para la ceremonia, una cierta angustia ha empezado a invadirla. No me sale nada, se dice como escritora a la que, en el momento más necesario, ha abandonado la inspiración.

            No tiene que ser nada enrevesado, se repite, tratando de convencerse de que es fácil. Ya ha escrito muchos borradores pero nada que le guste ni que le permita cubrir los dos minutos que le corresponden.Dos minutos pasan en seguida, es una de las frases que ahora más odia y que le dicen algunos amigos, aquellos que hábilmente no se comprometieron y ahora disfrutan de los últimos días pensando como mucho en lo que se pondrán y en lo que podrán comer en la cena.

            Pues no, no pasan en seguida, ni mucho menos. Descubrió por fin, el tema lo merecía, como funcionaba el cronómetro del móvil y cada vez que lo conecta y se pone a hablar mirando el espejo le parece que el segundero corre mas despacio. Ha practicado a pronunciar más despacio. Un día habló tan lento que se le cayó la baba. No parece que por ahí pueda salvarse.

            En su progresiva desesperación, ha mirado todo tipo de artículos, recurso muy usado para no enfrentarse al problema. Dicen que la mejor manera que tienen algunos para no hacer nada es hacer listas. Bueno, nada no, estas personas hacen listas, bastante tienen con eso, dicen ellos. Algo parecido le está pasando. Como cada vez que se sienta al ordenador decidida a terminar el texto le entra el miedo escénico, abre el explorador y mira en internet a cuantas palabras por minuto se debe hablar y qué debe y qué no debe decirse en una charla de este tipo. Ha encontrado que diciendo menos de 170 palabras cada minuto el discurso se hace lento y la gente puede dormirse. Pero si hablas pronunciando más de 210 palabras en ese tiempo, puede que la mitad de los asistentes no se enteren. Estas lecturas no hacen sino incrementar la presión sobre ella. Trescientas sesenta palabras, trescientas sesenta, repite ahora la neurona cabrona de su cabeza haciendo cada vez más complicado el reto que ella misma hace crecer.

             Ante la expectativa de que no le salga nada, ha pensado resumir y decir tan solo una frase pero no le parece bonito porque cree que los novios merecen mucho mas. También pensó en dejarlo e improvisar, pero tiene el llanto fácil y no está segura de si podrá contenerlo cuando los vea allí, a las dos, cogidos de la mano, amándose, queriéndose.. puf, se pone a llorar con tan solo imaginarlo así que por este camino, no. La improvisación la descarta. Está segura de que tendrá muchas cosas que decirles pero se angustia pensando que no le salgan o se le pasen las importantes.

              Escribió un texto larguísimo que ha descartado porque tras un comienzo prometedor se puso a divagar y terminó contando con todo el detalle las aventuras vividas el día en que visitaron el Caminito del Rey, en el que, dado que los dos sufren vértigo, aquello más que caminito se convirtió en pasión. No sabe bien como salieron con vida, sobre todo ella, a la que le tocó llevar las bolsas con los vómitos de ambos Terminó rompiendo el texto porque, aunque gracioso, no le parecía adecuado para la ocasión.

              Ha intentado preparar algo lírico, musical, bañado en amor, pero desde que optó por no tener pareja le repatea que en las relaciones todo se base en la ñoñería y en el modelo hollywoodiense de celebración. Ella quiere un texto original, que haga reír, o al menos sonreír y que hable de ambos, aunque también de los demás y de lo que sienten y de su futuro y de su pasado y del destino y de los sentimientos y de lo bonito y de la amistad y de los viajes y de la compañía y de las mantas para quitarse el frío del invierno... Imposible. Son demasiadas cosas.

             Ha anotado todas las cosas de las que querría hablar, esperando que, teniendo puntos de referencia, pueda hilar algo coherente. Es de las únicas cosas que conserva. No descarta que le sirva finalmente pero no encuentra con facilidad el cemento que lo pegue todo y le salga con un cierto sentido.

               En el grupo de la boda de vez en cuando el preguntan. Odia que lo hagan porque si ella no ha dicho que está no sabe a qué viene que la gente pregunte. Suele maldecir cuando lee los mensajes y sus contestaciones no son para nada lo que se le pasa por la cabeza pero, al fin y al cabo, nadie es culpable de que se haya comprometido y ahora no gana nada peleándose con nadie y menos por este tema.

               Le da vergüenza reconocerlo pero en el últimos meses se ha visto todas las películas de bodas que ha podido, ha tomado notas pero se teme que como son también amantes del cine, algo les pueda sonar. Seria penoso, piensa, que si copia las palabras de alguno de los guiones, pudiera ser descubierta por cualquier de los asistentes o peor aun, por los propios contrayentes. Y no solo ha visto películas. Ha leído libros, se ha comprado revistas y ha llamado a amigos del extranjero. Ha buscado páginas en internet y hasta se bajó una aplicación llamada, como no, Discursos 2.0, pero aquello, además de mostrarle un anuncio por cada dos palabras que elegía, daba un resultado penoso. Tras horas de intentos obtuvo un discurso que solo hubiese podido pergeñar un estudiante de Erasmus mandado a hacerlo por equivocación y harto de tinto.

               Como es traductora de varios idiomas, también ha pensado en bajarse algún discurso de internet en una lengua que ninguno conozca y traducirlo. Ha probado con el Arameo y con el Tailandés pero los que ha encontrado del primero son demasiado toscos y los segundos siempre se ponen a hablar de dioses y no le sirve para nada.

               También ha pensado la posibilidad de leer simplemente el trozo de alguna novela o de algún poema que pudiera gustarles. Eso le quitaría el problema de la creación pero ahora quedaría elegir el texto adecuado y, mientras que dos minutos le parece una eternidad para tener que decir algo inventado por ella misma, ese tiempo es mínimo para leer cualquier texto que llegue a tener sentido.

              Ya, en el colmo de la desesperación, se ha metido algún sábado en la parroquia y ha asistido a bodas en las que nada tiene que ver. Todo el mundo la ha mirado con extrañeza ya que a sus años y a pesar del pañuelito negro con el que ha querido pasar desapercibida, no cumple para nada el modelo de vieja beata que asiste a bautizos, comuniones y bodas como si de la santa más marmórea se tratase. Tampoco lo que ha oído le ha encantado y, para colmo, ahora tiene a cuatro vejetes que ya le han propuesto matrimonio. ¡Eso!, piensa ella, otro matrimonio y que otro dé el discurso.

               Los días pasan y el agobio aumenta. Desea a veces por lo bajini que se produzca un milagro, una aguacero histórico que anule la ceremonia o una ruptura en el último momento, pero se castiga luego por tener siquiera semejantes pensamientos. Descarta hacer como que se pone enferma y no asistir a la boda y la idea de tomarse cinco litros de agua helada el viernes anterior para producirse una afonía irrecuperable no termina de agradarle. Le apetece un montón la boda, solo que tiene un pequeño problema, el dichoso discursito. Dos minutitos de problema, solo eso.

               Pero está decidida a redactarlo y a quedarse encantada con lo que quiere decirles. En realidad, sabe que nada de lo que diga será suficiente. Quizá, piensa, lo mejor sería subir al estrado y estar allí los dos minutos, simplemente contemplándolos y manteniendo la sonrisa. Ojalá estuviésemos acostumbrados a eso. Somos tan torpes en esto del te quiero que queremos siempre llenarlo de palabras que en realidad no hacen falta.

               Con paciencia, sigue escribiendo. Parece que la idea de hacer una lista de referencias puede funcionar. Quisiera tan solo poder decirles con los ojos que les quiere. Pero hacen falta palabras y no está dispuesta a quedarse callada. Cuando piensa que está a punto de abrir las compuertas a una idea genial, le suena el WhatsApp. No sabe cómo, le dio el teléfono a uno de los jubilados de la parroquia y el hombre parece que quiere guerra. Y para estas guerras está ella, con todo lo que tiene que inventar. Le dice cariñosamente que no a la partida de Cinquillo que le propone y se vuelve a concentrar.

            Trescientas sesenta palabras.

            Trescientas sesenta palabras.

            Trescientas sesenta palabras.

viernes, 21 de abril de 2017

Eterno retorno



Estoy sentada en clase, en la esquina de la primera fila, por mis gafas de culo de vaso. Navegan frente a ellas algunos pelos escapados de mis dos trenzas de niña empollona. Observo mi reflejo en la ventana: soy toda gafas, trenzas y jersey amplio, con coderas, heredado de mi hermano. Y sí, soy una niña empollona: la delegada de 6º A, y exenta de gimnasia desde cuarto curso.
La Pajarito está explicando algo sobre la época medieval. Me pongo a dibujar disimuladamente en el margen de mi cuaderno la figura de perfil de una chica punkie que vi ayer en la parada del autobús. Su cresta será de dos colores, verde y rojo, porque dibujo con el lápiz Staedtler 2B que usamos para subrayar en el libro las “palabras clave” que la profe destaca de tanto en tanto: cruzadas, caballeros, torneos, peste negra, siervos de la gleba, y cualquiera saca los plastidecor ahora.
Para Navidades pediré otra vez un Telesketch. Mi madre no quiere comprármelo porque, aunque sabe que me encanta dibujar, dice que es mucho mejor usar lápiz y papel y que una máquina no favorece la creatividad de los niños. Jolines, cuando se pone así parece la Pajarito y no hay quien la aguante.
Acaba la clase; ahora toca mates. Mariajo, sentada a mi lado, rebusca chuches en su cartera. Me ofrece una: “¿Quieres piruleta o chupachús, Rocío?” Le digo que ahora no, gracias; y saco el plastidecor rojo y pinto una parte de la cresta de Nuria –he decidido que la chica punkie se llama Nuria–. El Pantuflo entra, saluda, nos hace callar. Hoy nos va a explicar algo nuevo, difícil, “pero lo veréis otra vez en octavo, así que tranquilos”. Agarra la tiza, se gira hacia la pizarra, se acaricia con la mano libre sus patillas frondosas (me pregunto si le gustarán a su mujer y si harán muchas cosquillas a los mofletes de su hijo recién nacido; nos enseñó una foto de los dos el otro día) y se lanza a escribir fórmulas.
Me quedo mirando fijamente. Esos trazos en la pizarra los he visto antes. Sé de qué está hablando, sé la palabra que va a decir a continuación. Miro los apuntes de mi cuaderno. Se ha posado una mosca encima de la cresta de Nuria, justo donde ya sabía que se posaría. Porque esto ya lo he vivido. Ya lo he visto, ya lo he oído, hasta lo he olido antes. Huele, claro que sí, a chicle de fresa. Mariajo está masticando lo que le queda de su chupachús Kojak; sí, como antes, en esa otra vida. O quizás lo he soñado. O estoy soñando ahora mismo. Pero no, es imposible que sea un sueño. Me suenan las tripas, después va a ser la hora del recreo; si estuviera durmiendo en mi cama no tendría esta hambre.
Los recuerdos me golpean y me aturullan. Antes yo no era Rocío, la empollona de 6º A. Fui alumna de este cole cuando aún lo llevaban las monjas y era un hacha en mates; desastre en todo lo demás. Pero pillé escarlatina y luego está todo oscuro. Y antes de eso, no fui al cole. Tenía padres que me concedían todos los caprichos, cama con dosel, una enorme casa de muñecas, un perro, sirvientes. Era un chico fuerte y travieso, Thomas, que trepaba a las copas de los árboles aunque me lastimara las palmas de las manos y me arañara las rodillas. El primo Edgar me amenazaba con ahorcar a mi perro si alguna vez contaba que a veces él sacaba las pistolas de mi padre del cajón bajo llave de su buró para admirarlas en secreto. Antes, más antes, yo no era Thomas. Era Chandramukhi, y mi madre era hermosa y morena, y decían que me parecía a ella. Cabellos negrísimos, casi azules, largos hasta los tobillos; y cara redonda y dulce como la de la luna. Ella me preparaba el mejor laddu del mundo y al mirarme me sonreía. Aquella noche, antes de la boda, me regaló un cofrecillo de lata, porque “te has de ir con tu nueva familia, y quiero que tengas un recuerdo mío”. Mucho, mucho antes, yo no era Chandramukhi…
―Reparto ciento cincuenta pesetas entre tres niños y siete niñas, de manera que cada niña reciba cinco pesetas más que cada niño. ¿Cuánto recibe cada niño y cada niña? ¿Rocío, te animas a salir al encerado?
El Pantuflo me tiende la tiza. Parpadeo muchas veces. Sé la respuesta; pero mi garganta está seca.
―¿Te pasa algo?
―¿Puedo ir al servicio?―necesito beber agua. Y pronto, cuanto antes, zamparme el bocadillo de Nocilla de mi mochila. Estoy débil.
―María José, ve con tu compañera.
Mariajo asiente, me conduce de la mano hasta el baño de las chicas. Entro, me quito las gafas con cuidado y las dejo en el extremo más ancho del lavabo. Me refresco la cara y bebo. Vuelvo a ponerme las gafas y veo que Mariajo mira preocupada lo pálida que estoy.
―Espérame, voy a pasar al baño un momento―cierro la puerta, llena de pintadas de los gamberros del cole.
Me siento en la taza. Al terminar, saco un pañuelo de papel del bolsillo y al limpiarme, veo una mancha roja, más roja que el rojo del pelo de Nuria. Me vuelven destellos de recuerdos. A Chandramukhi la casaron a la semana de aquello. Al primo Edgar lo encontraron un día en el suelo al lado del buró, sobre un charco oscuro.
Salgo del servicio. Me arde la cara. Igual tengo fiebre.
―¡Oye, qué colorada estás ahora! Vamos a dirección a que llamen a tu casa.

Más tarde, en casa, mi madre me mima más de lo habitual. Me gusta mucho mi madre, más que la de antes, aunque quizá no tanto como la de más antes. Y ya me da igual lo del Telesketch.





martes, 18 de abril de 2017

Reseña: "Your name", de Makoto Shinkai

Había ganas de ver “Your name”, el anime más taquillero de la historia en Japón. Una película que ha conseguido arrebatarle ese puesto a “El viaje de Chihiro” de Miyazaki merece como poco una oportunidad, aunque en mi caso tenía ciertas dudas. La única película que había visto de su director, Makoto Shinkai, era “Viaje a Agartha”, y aunque había leído maravillas de ella y la pintaban como una producción a la altura del estudio Ghibli, para mí fue una completa decepción. Aun así, las críticas y los números de “Your name” eran tan apabullantes que sentía una enrome curiosidad por ella. Y puedo decir, ahora que la he visto, que entiendo su enorme éxito. Os cuento por qué.

Dos adolescentes, un chico y una chica, se intercambian los cuerpos y, de vez en cuando y sin que ellos elijan cuándo sucede, pasan un día entero viviendo la vida del otro. La premisa parece de lo más tonta, suena a comedia chorra para adolescentes, pero “Your name” es la prueba de que no importa tanto si una premisa es buena u original: lo importante es si sabes sacarle partido, y Makoto Shinkai lo hace sobradamente. A través del intercambio de cuerpos nos va presentando a unos personajes con los que es imposible no empatizar, y no deja de resultar curioso que a veces los momentos que más información te dan de un personaje, su vida y sus relaciones, sean los momentos en que es el otro protagonista el que ocupa su cuerpo.

Los primeros compases de la película son frescos y se pasan volando. Mientras el espectador va conociendo la situación, son los momentos cómicos los que marcan un ritmo muy bien llevado que va in crescendo. Pero el gran acierto del director japonés es que, cuando puede parecer que la película se va a quedar en eso, en una serie de situaciones cómicas sin más relevancia, cuando el espectador aún no lo sabe pero empieza a necesitar algo más, entonces Shinkai gira el volante y se lleva la historia por otra carretera. Y lo importante es que esto sucede de forma natural, sin romper la unidad de la cinta.

Una revelación importante da paso a la segunda parte de la historia, en la que aparece el drama y empieza una auténtica aventura. Los protagonistas tendrán que enmendar una situación aparentemente imposible. El espectador se implica emocionalmente porque el director lo ha preparado todo para que así sea, y aunque los momentos cómicos no desaparecen, ahora pasan a un segundo plano y se encargan de rebajar la tensión y mantener la unidad de la película. No diré nada más de la trama, ni siquiera si el final es satisfactorio o no. En vez de eso, y a modo de resumen, destacaré lo mejor de la historia: personajes carismáticos (incluidos los secundarios), una trama en la que el espectador se implica emocionalmente, cambios y giros bien llevados que aparecen justo cuando son necesarios y un ritmo perfectamente medido que sostiene la película estupendamente.

A la animación no se le pueden sacar pegas. Mientras los gigantes Disney y Dreamworks le han pegado una patada en el culo a la animación tradicional y parecen no querer acordarse ya de que un día existió, en Japón parece que encontramos un foco de resistencia que, esperemos, aguante muchos años aún. Pues llamadme clásico, antiguo o ignorante (o las tres cosas), pero a mí la animación tradicional me transmite una vida y una calidez que no encuentro en el mismo grado en la animación digital. Centrándonos en la película que nos ocupa, decir que los dos ambientes en que viven los protagonistas, el rural y el urbano, están perfectamente retratados y consiguen transmitir sensaciones claramente diferenciadas. Dominan los tonos pastel, en los fondos casi se aprecia el trabajo hecho a mano y, al igual que en las películas del estudio Ghibli, no hay grandes alardes, pero todo resulta precioso, funciona y deja que la animación esté al servicio de la historia y no al revés. A veces menos es más. Quizá el diseño de personajes, por poner alguna pega, resulta algo estándar y no se diferencia mucho de lo visto en mil series y películas de anime, pero el carisma de los personajes pronto convierte esto en una cuestión sin importancia.


No quiero acabar esta reseña sin hablar de la música que, como todo lo demás, funciona a la perfección alternando temas pop en los momentos más ligeros con otras piezas que resaltan la tensión, el drama y la emoción cuando es necesario.

En definitiva, “Your name” es una película llena de aciertos y de buenas decisiones, quizá la obra con la que Makoto Shinkai, después de muchos años y de varias películas luchando por erigirse como el nuevo referente de la animación japonesa post Miyazaki, al fin se ha ganado el puesto. Si tenéis ocasión de verla (yo vivo en una gran capital y solo la han puesto durante unos días en dos cines, tirón de orejas para la distribuidora), no os la perdáis. Su tremendo éxito, en mi opinión, es más que merecido.

sábado, 15 de abril de 2017

Reseña: "La habitación oscura", de Isaac Rosa



Autor: Isaac Rosa
Editorial: Seix Barral
Año de publicación: 2013
Valoración: Está bien

Intuyo los cuerpos que me preceden. El guía ha ordenado que iluminemos los escalones, descendemos ignorando la bóveda milenaria de la cueva de Trinidad Grund, su voz nos ilustra: el homo sapiens sapiens... Por lo que nos cuenta me temo que aquella época analógica y cavernaria era más humana que la actual, virtual y de grafeno. En este tiempo de capitulación sin lucha, hay zapadores paracaidistas con alma de escritor, detectan minas, abren sendas, construyen puentes. Entre estos se encuentra Isaac Rosa, en la vanguardia del grupo de insumisos, como acredita su hoja de servicios. 

En La habitación oscura Isaac experimenta con doce sujetos y con el lector, invitado antes de apagar las luces. Como laboratorio, una habitación que nos ciega; como condiciones de contorno, la actual crisis social (el libro se publicó en 2013); como parámetro a evaluar, mi comportamiento y el de mis amigos. Una sociedad inmersa en una situación límite es un planteamiento ya conocido ―por ejemplo, Ensayo sobre la ceguera de Saramago―, pero aquí el matiz, muy incómodo (un pellizco al inicio, un bocado al final), es verse reflejado e interpelado por padecer la misma crisis. Simultáneamente, lector y protagonista.

Esta habitación (un trastero en el subsuelo) y su acceso (unas escaleras) evocan la alegoría platónica pero con otra interpretación: la luz (mundo exterior) nos cohíbe y condiciona, la oscuridad nos redime. En la negrura de esta habitación nos descubrimos, nos despojamos del yo público para liberar al yo real pero desconocido. El tiempo nos transforma y la caverna moderna nos acompaña en la mutación, de un paraíso lúdico (sexual) a un búnker contra el exterior. 

La historia, aunque parte de la trama transcurre a oscuras (o quizá por eso), me parece muy cinematográfica. Tal vez, otro zapador paracaidista, como Jaime Rosales, nos haga ver en la oscuridad.

Como ya hiciera en La mano invisible, los personajes no somos carnales ―¿alto?, ¿cojo?, ¿bizco?―, la crisis no distingue, pero sí identificables aunque carezcamos de apellido. La primera parte de la novela es coral, combina nuestro muestrario de heridas infligidas por la crisis con algunas reflexiones con tintes de ensayo. Ante este collage, la historia avanza gracias al secreto inoculado desde la primera página, nos clausuran la habitación, y por la identificación con la atmósfera anímica y social, excelentemente transmitida. Sin embargo, al sobrevolar el contexto social, sin profundizar en el tuétano del porqué, ¿cómo sobreviviremos el paso del tiempo los protagonistas de esta novela?

Tal vez por eso, en la segunda parte se concreta la historia de algunos de mis amigos (a modo de paradigma) incrementando el ritmo y la tensión. Antes de abandonar esta habitación, Isaac nos mostró, con un lenguaje sin arabescos, las trampas, insinuó un camino pero no tuvo compasión y al final giró el espejo: los héroes no siempre lo son. Por eso, cuando el guía de la cueva Trinidad Grund ordena apagar las linternas, atrapo las fosforescencias de mi reloj. Es pronto para volver a la oscuridad, más aún, si no hay esperanza.  


Extra para los indecisos
Para los que no estáis muy decididos, qué mejor que leer parte del primer capítulo Capítulo I (enlace de la propia editorial)