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lunes, 9 de abril de 2018

Hoy no me abrí



Hoy me estuve llamando un rato y no me abrí.

No me sorprendía encontrarme allí, subido al escalón de la entrada, esperando que yo mismo me abriera. ¿Quién si no uno tiene más derecho a llamar a su propia puerta? ¿Quién sino uno tiene el derecho de llegar de visita a la hora que le apetezca? Y es que nos visitamos tan poco que llegamos a olvidar el proceso de llegada, espera y entrada. Y me debía una visita, la verdad es que me la debía.

Pero hoy me estuve llamando y no me abrí.

Y eso que no aporreé el portero como esos chavales que, de prisa, quieren que les abras antes de haber tocado. No insistí porque sabía que no me gustaba. Un simple toque, con la duración adecuada, era mas que suficiente. Luego la supuesta corta espera, acercando el oído al interfono. Pesaban las bolsas del Mercadona así que las apoyé en el escalón y esperé. La seguridad que empieza a temblar conforme pasan los minutos me llevó a pensar qué me podía estar pasando que no me abría ya. Me impacienté pero confié en mi mismo, como no podía ser de otra manera.

Pero no me abrí hoy, hoy no me abrí.

Pulsé de nuevo pasados unos minutos. El tiempo necesario para salir del baño o terminar la conversación, dos de los motivos que se le pasan a uno por la cabeza cuando se hace esta espera. No cabía la siesta, no era la hora y sabía que me estaba quitando. Ya había pasado también aquella época en que, en los días malos, prefería hacerme el no presente quedándome quieto a más no poder hasta estar convencido que el visitante inesperado se había marchado. A propósito, ¿por qué será que nos causa zozobra no abrir la puerta cuando llaman y estamos dentro?, ¿por qué extraña razón, si el que está fuera no puede vernos ni sabe si estamos o no? Alguna recóndita culpabilidad nos impulsa a responder a la llamada, imagino.

Pero hoy me estuve llamando y no me abrí.

Imaginé una y mil causas. La mente prolífica se expande cuando toca una espera a su vez inesperada. Pesaban las bolsas y apoyadas en el estrecho escalón prometían una caída segura sobre la acera. Es curioso, me dio por pensar, que sea cual sea la combinación de compras que uno haga, sea como sea la colocación, si se va suficientemente cargado, la bolsa apoyada en el suelo siempre volcará al lugar opuesto al que esperamos, que suele coincidir con aquel que facilita que cualquier cosa se desparrame. Está demostrado, pueden hacerlo. De hecho, estoy convencido de que fue en este en lo que se basó Newton para formular su ley de la Gravedad. Compren si quieren durante diez días lo mismo. Lo mismo hasta el más mínimo detalle. Métanlo en la bolsa del supermercado de todas las maneras que se les ocurra, ojo que tienen  que ser de esas que no se separan de ninguna manera y que están especialmente pensadas para que los que compramos solos atasquemos la fila de la caja. Cárguense lo suficiente, eso sí, una sola bolsa ligera no sirve. Apoyen, tengan el valor de apoyar la bolsa en cualquier superficie horizontal, y verán que, sea la que sea la forma en la ordenaron las compras, la bolsa derivará hacia el lado opuesto al que les interesa. Pruébenlo.

La tercera insistencia sin respuesta me hace preocupar mucho más. Estoy convencido de que estoy arriba. ¿Dónde voy a estar a estas horas de la tarde? Existe un poco de desesperanza cuando la puerta de destino no se abre o, peor, cuando no se encuentra respuesta aunque luego no llegue a abrirse. Parece, cuando ocurre, que uno se ha trasladado a la China a hacer la visita. Siente como si no existiese ya otro lugar en el mundo. Como si, en este caso, no pudiera uno sentarse en un bar a tomarse una cervecita o como si no hubiese otro destino. Miré insistentemente el cuadro del portero, confiando que la mirada intensa atraería la respuesta.

Pero no fue así, hoy no me abrí.

A saber dónde me habré metido o el por qué hoy no quiero abrirme. Terminaré entendiéndolo, qué duda cabe, pero por el momento me asalta un cierto desconsuelo. No cabe otra que escoger otro destino aunque en este caso el destino no importe porque tarde o temprano tendré que abrirme. No puedo imaginarme dejarme esta noche durmiendo al raso.

Una última llamada que se hace como para cumplir con el protocolo, con la esperanza de que finalmente aparezca una voz que, aunque acelerada, te abra por fin la puerta. Siempre cabe haber llegado justo cuando empezaba a ducharme. Pero en este caso el argumento se desinfla por sí mismo al recordar que me di la ducha media hora antes de salir.

Me llevé la llave, desde luego, pueden haberse estado preguntando. Pero no era hoy cuestión de irrumpir en casa sin previo aviso. Hay confianzas que, a veces, no puede uno tomarse ni con uno mismo. Quizá tan solo necesite un poco de tiempo. Ya con la llamada debo estar sobre aviso.

Viendo que la tarde todavía brilla de azul oscuro, recojo las bolsas volcadas y me voy a dar una vuelta. Volveré más tarde, que seguro que termino por abrirme.

Pero no olvidaré que hoy me estuve llamando y no me abrí.

 

domingo, 23 de abril de 2017

Son tan solo unas pocas palabras




Se comprometió y ahora no puede echarse atrás. La pareja ni siquiera se lo había propuesto y ella se ofreció con toda la seguridad del mundo. Ser una de las personas que leería en la boda era una de las cosas que más le apetecía,...o al menos eso pensaba cuando se comprometió hacía casi un año. Ahora, cuando ya solo queda una semana para la ceremonia, una cierta angustia ha empezado a invadirla. No me sale nada, se dice como escritora a la que, en el momento más necesario, ha abandonado la inspiración.

            No tiene que ser nada enrevesado, se repite, tratando de convencerse de que es fácil. Ya ha escrito muchos borradores pero nada que le guste ni que le permita cubrir los dos minutos que le corresponden.Dos minutos pasan en seguida, es una de las frases que ahora más odia y que le dicen algunos amigos, aquellos que hábilmente no se comprometieron y ahora disfrutan de los últimos días pensando como mucho en lo que se pondrán y en lo que podrán comer en la cena.

            Pues no, no pasan en seguida, ni mucho menos. Descubrió por fin, el tema lo merecía, como funcionaba el cronómetro del móvil y cada vez que lo conecta y se pone a hablar mirando el espejo le parece que el segundero corre mas despacio. Ha practicado a pronunciar más despacio. Un día habló tan lento que se le cayó la baba. No parece que por ahí pueda salvarse.

            En su progresiva desesperación, ha mirado todo tipo de artículos, recurso muy usado para no enfrentarse al problema. Dicen que la mejor manera que tienen algunos para no hacer nada es hacer listas. Bueno, nada no, estas personas hacen listas, bastante tienen con eso, dicen ellos. Algo parecido le está pasando. Como cada vez que se sienta al ordenador decidida a terminar el texto le entra el miedo escénico, abre el explorador y mira en internet a cuantas palabras por minuto se debe hablar y qué debe y qué no debe decirse en una charla de este tipo. Ha encontrado que diciendo menos de 170 palabras cada minuto el discurso se hace lento y la gente puede dormirse. Pero si hablas pronunciando más de 210 palabras en ese tiempo, puede que la mitad de los asistentes no se enteren. Estas lecturas no hacen sino incrementar la presión sobre ella. Trescientas sesenta palabras, trescientas sesenta, repite ahora la neurona cabrona de su cabeza haciendo cada vez más complicado el reto que ella misma hace crecer.

             Ante la expectativa de que no le salga nada, ha pensado resumir y decir tan solo una frase pero no le parece bonito porque cree que los novios merecen mucho mas. También pensó en dejarlo e improvisar, pero tiene el llanto fácil y no está segura de si podrá contenerlo cuando los vea allí, a las dos, cogidos de la mano, amándose, queriéndose.. puf, se pone a llorar con tan solo imaginarlo así que por este camino, no. La improvisación la descarta. Está segura de que tendrá muchas cosas que decirles pero se angustia pensando que no le salgan o se le pasen las importantes.

              Escribió un texto larguísimo que ha descartado porque tras un comienzo prometedor se puso a divagar y terminó contando con todo el detalle las aventuras vividas el día en que visitaron el Caminito del Rey, en el que, dado que los dos sufren vértigo, aquello más que caminito se convirtió en pasión. No sabe bien como salieron con vida, sobre todo ella, a la que le tocó llevar las bolsas con los vómitos de ambos Terminó rompiendo el texto porque, aunque gracioso, no le parecía adecuado para la ocasión.

              Ha intentado preparar algo lírico, musical, bañado en amor, pero desde que optó por no tener pareja le repatea que en las relaciones todo se base en la ñoñería y en el modelo hollywoodiense de celebración. Ella quiere un texto original, que haga reír, o al menos sonreír y que hable de ambos, aunque también de los demás y de lo que sienten y de su futuro y de su pasado y del destino y de los sentimientos y de lo bonito y de la amistad y de los viajes y de la compañía y de las mantas para quitarse el frío del invierno... Imposible. Son demasiadas cosas.

             Ha anotado todas las cosas de las que querría hablar, esperando que, teniendo puntos de referencia, pueda hilar algo coherente. Es de las únicas cosas que conserva. No descarta que le sirva finalmente pero no encuentra con facilidad el cemento que lo pegue todo y le salga con un cierto sentido.

               En el grupo de la boda de vez en cuando el preguntan. Odia que lo hagan porque si ella no ha dicho que está no sabe a qué viene que la gente pregunte. Suele maldecir cuando lee los mensajes y sus contestaciones no son para nada lo que se le pasa por la cabeza pero, al fin y al cabo, nadie es culpable de que se haya comprometido y ahora no gana nada peleándose con nadie y menos por este tema.

               Le da vergüenza reconocerlo pero en el últimos meses se ha visto todas las películas de bodas que ha podido, ha tomado notas pero se teme que como son también amantes del cine, algo les pueda sonar. Seria penoso, piensa, que si copia las palabras de alguno de los guiones, pudiera ser descubierta por cualquier de los asistentes o peor aun, por los propios contrayentes. Y no solo ha visto películas. Ha leído libros, se ha comprado revistas y ha llamado a amigos del extranjero. Ha buscado páginas en internet y hasta se bajó una aplicación llamada, como no, Discursos 2.0, pero aquello, además de mostrarle un anuncio por cada dos palabras que elegía, daba un resultado penoso. Tras horas de intentos obtuvo un discurso que solo hubiese podido pergeñar un estudiante de Erasmus mandado a hacerlo por equivocación y harto de tinto.

               Como es traductora de varios idiomas, también ha pensado en bajarse algún discurso de internet en una lengua que ninguno conozca y traducirlo. Ha probado con el Arameo y con el Tailandés pero los que ha encontrado del primero son demasiado toscos y los segundos siempre se ponen a hablar de dioses y no le sirve para nada.

               También ha pensado la posibilidad de leer simplemente el trozo de alguna novela o de algún poema que pudiera gustarles. Eso le quitaría el problema de la creación pero ahora quedaría elegir el texto adecuado y, mientras que dos minutos le parece una eternidad para tener que decir algo inventado por ella misma, ese tiempo es mínimo para leer cualquier texto que llegue a tener sentido.

              Ya, en el colmo de la desesperación, se ha metido algún sábado en la parroquia y ha asistido a bodas en las que nada tiene que ver. Todo el mundo la ha mirado con extrañeza ya que a sus años y a pesar del pañuelito negro con el que ha querido pasar desapercibida, no cumple para nada el modelo de vieja beata que asiste a bautizos, comuniones y bodas como si de la santa más marmórea se tratase. Tampoco lo que ha oído le ha encantado y, para colmo, ahora tiene a cuatro vejetes que ya le han propuesto matrimonio. ¡Eso!, piensa ella, otro matrimonio y que otro dé el discurso.

               Los días pasan y el agobio aumenta. Desea a veces por lo bajini que se produzca un milagro, una aguacero histórico que anule la ceremonia o una ruptura en el último momento, pero se castiga luego por tener siquiera semejantes pensamientos. Descarta hacer como que se pone enferma y no asistir a la boda y la idea de tomarse cinco litros de agua helada el viernes anterior para producirse una afonía irrecuperable no termina de agradarle. Le apetece un montón la boda, solo que tiene un pequeño problema, el dichoso discursito. Dos minutitos de problema, solo eso.

               Pero está decidida a redactarlo y a quedarse encantada con lo que quiere decirles. En realidad, sabe que nada de lo que diga será suficiente. Quizá, piensa, lo mejor sería subir al estrado y estar allí los dos minutos, simplemente contemplándolos y manteniendo la sonrisa. Ojalá estuviésemos acostumbrados a eso. Somos tan torpes en esto del te quiero que queremos siempre llenarlo de palabras que en realidad no hacen falta.

               Con paciencia, sigue escribiendo. Parece que la idea de hacer una lista de referencias puede funcionar. Quisiera tan solo poder decirles con los ojos que les quiere. Pero hacen falta palabras y no está dispuesta a quedarse callada. Cuando piensa que está a punto de abrir las compuertas a una idea genial, le suena el WhatsApp. No sabe cómo, le dio el teléfono a uno de los jubilados de la parroquia y el hombre parece que quiere guerra. Y para estas guerras está ella, con todo lo que tiene que inventar. Le dice cariñosamente que no a la partida de Cinquillo que le propone y se vuelve a concentrar.

            Trescientas sesenta palabras.

            Trescientas sesenta palabras.

            Trescientas sesenta palabras.

domingo, 26 de marzo de 2017

Reseña: "El bar" de Álex de la Iglesia


 
Título: El bar
Año: 2017
 
Duración: 102 min.
País: España
Director: Álex de la Iglesia
Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría
Calificación: Buena. 7 sobre 10
Participante en el Festival de cine en español de Málaga 2017. Fuera de Concurso.

 
En El bar, Álex de la Iglesia nos presenta una historia opresiva que se desarrolla en su mayor parte en el interior de un típico local de barrio donde uno nunca pensaría que puede pasar nada y en otros pocos escenarios que no comentaré, y que mantiene el interés aunque en algunos momentos las situaciones se alargan más de lo necesario. Algún recorte de metraje no vendría mal.
Una circunstancia inesperada va a poner en marcha la no del todo razonable mente de los presentes hasta construir un aparente castillo de naipes de enormes dimensiones y trágicas consecuencias. Buenas dosis de imaginación, bastante fantasía y alguna que otra trampa para ajustar una trama  llevada en los principales papeles por Secun de la Rosa, Mario Casas, Jaime Ordoñez y Carmen Machi. Blanca Suarez, a la que me resulta más complicado valorar por lo que comentaré más abajo, completa el quinteto de protagonistas a los que hay que añadir a una magníficamente maquillada Terele Pavez, sin restar valor a los papeles cortos pero justos del resto del elenco.
Destacar quizá la interpretación del malagueño Jaime Ordoñez, olvidando su caracterísitica calvicie para interpretar a un personaje extraño dentro de lo extraño.
Con personalidades extremas en ocasiones que en mi opinión podrían pasar fácilmente a una viñeta de cómic de Ibáñez y un guión con momentos violentos e incómodos, como en la mayor parte de su filmografía, de la Iglesia vuelve a presentarnos individuos nada tibios en una situación que se hace extrema contando con la colaboración de la mayor de las armas para el suspense:  el cerebro del espectador y en este caso, de los propios protagonistas.
Si tengo que poner un pero a la película es el hecho de que Blanca Suarez tenga que mostrarse ligera de ropa durante buena parte del metraje. Un aspecto que reconozco que no me desagradó en absoluto, pero que desde el punto de vista del filme es absolutamente prescindible. Me temo que en esto si patina el director introduciendo ese trozo de carne femenina al parecer aún imprescindible en muchas de nuestras cintas.
La trama intenta mantenernos en tensión en todo momento y aunque en ocasiones se pierde ligeramente, se mantiene el interés aunque a uno algunas situaciones le puedan parecer rocambolescas.
Con un final en el que cabe plantearse si la explicación propuesta puede ocurrir en un país como el nuestro, la película se apoya en las reacciones de individuos enfrentados a una tensión máxima en un entorno que, aunque nunca confirmado desde fuera, alimenta continuamente la vida del guion.
Humor negro y tensión en una película de personajes que generan por sí mismos la historia, más con sus palabras que con sus gestos. Se sale con buen sabor de boca, salvo, imagino, que se sea excesivamente sensible...o claustrofóbico. O que no te guste Álex de la Iglesia.
 
 

 
 
 

domingo, 5 de febrero de 2017

La soledad acompañada


            

 
 
            ―¿Qué te cuentas? ―pregunta el pequeño.
            ―¿Y tú de donde sales?
            ―Te esperaba más despierto ―contesta altivamente el niño.
            ―Yo a ti no te esperaba. Eres lo que me falta hoy ―dice apartando la vista y mirando como pasa fugazmente el AVE. Se vuelve de espaldas y se dirige a lo más alejado del huerto. El nublado y el viento frío hace que hoy lo haya encontrado más oscuro, más apagado. Las lechugas han notado los días de bajas temperaturas y se han encogido. Estarán reflexionando y se encierran en sí mismas, se dice. Tan solo las coloridas acelgas mantienen sus tonos vivos. Rojo, blanco y amarillo tan intensos que hipnotizan. Aún tiene que encontrar qué plato hacer con ellas. Por lo menos el olor a tierra húmeda le anima.
            ―¿Por qué te vas?, tenemos que hablar ―dice el pequeño.
            El hombre vuelve la cabeza mientras hace por abrir el embarrado baúl.
            ―¿Hablar?, ¿hablar de qué?, ¿vienes por aquí y no es para echar una mano? ―termina de abrirlo y levanta la tapa― Te pareces a las tías con eso del "tenemos que hablar". Y será lo mismo ¿no?, lo único que quieres es que te escuche.
            ―Bueno, puedo ayudarte un poco ―dice el crio moviéndose nervioso. Sus mejillas se enrojecen.
            ―Te ruborizas. Claro. No tienes por qué. A mí por suerte ya no me pasa. ―dice sacando unos guantes y un azadón.
            ―¿De verdad? ―su tono ahora es infantil, de sorpresa―. Entonces, ¿era posible?, ¿cómo lo conseguiste? Te envidio.
            ―No fue fácil. Necesité años, ¿sabes? Pero como con tantas otras cosas se trata sobre todo de no pensar en ello. Si te pones a nadar, céntrate en hacerlo y no pienses. Mientras nadas no puedes pensar en que te pica la pierna, tan solo se trata de seguir nadando. Si no, te ahogas, o te ruborizas.
            ―¿Y con las mujeres?
            ―Tampoco ya. Con el tiempo te das cuenta de que todo el mundo es débil. Solo se trata de quien es capaz de ocultarlo más tiempo, y mejor. ¿Me ayudas, entonces?
            El niño se acerca y se pone los guantes que le ofrece. Toma un rastrillo pequeño y se queda pensativo, mirando el terreno, como si se enfrentara a la mas difícil decisión de su vida.
            ―Dudando como siempre, ¿no? Anda y remueve toda esta parte, junto a la valla. Quita las malas hierbas y destripa los terrones más grandes. Si encuentras lombrices déjalas y no te asustes que no hacen nada.
            El crio se arrodilla y se pone a remover la tierra.
            El hombre se acerca a su lomo especial, el las lechugas, los brócoli y las alcachofas, el único que no ha plantado él y que trata con el más intenso mimo y se agacha retirando cada pequeña hierba, cada piedrecita y ajustando la salida de la goma de riego. Quienes lo plantaron son tan especiales pará el que, por mucho que lo cuida, no le encanta como queda.            
            ―Eso, y a mi ni puto caso. Joder. Sigues tan perfeccionista. En eso no has cambiado nada. ―dice el niño que parece tener ojos en la nuca.
            ―No es perfeccionismo, es hacer las cosas bien. ―le ha picado el comentario. A pesar de que se lo dijeron hace tiempo, le sigue resultando difícil aceptar las críticas. Quizá no tendría que dejar que le ayudara. Levanta la vista y observa los huertos vecinos. Pocos hortelanos hoy. El joven de la barba que parece vivir en el huerto no para de moverse. Dos filas más allá una mujer monta las cañas. En un mes se podrán plantar los primeros tomates.El jubilado de siempre apila las mismas cañas. No ve más niños pero, piensa, seguro que cada uno tiene el suyo.
            ―¿Para cuándo el cambio de coche? No me gusta el que tienes.
            ―Mira niño, me la sopla lo que te guste  ―el hombre se levanta y lo mira desde arriba―, si has venido aquí a tocar las pelotas, ya puedes estar marchándote. Si vienes para ayudar, perfecto, si no, deja las cosas y largo.
            ―Tú no quieres que me marche. Si no fuese por ti, ya no estaría aquí. Me quieres demasiado aunque me niegues lo mismo.
            ―¡Yo que voy a quererte! ¡Eres lo más incómodo con lo que me he cruzado!
            ―Soy incómodo porque me tienes en cuenta, porque te afecto, porque te importo. Solo ignoramos lo que no nos importa. No has aprendido mucho, veo que sigues siendo como yo.
             Aprieta el azadón y lo mira con ira. No sería un asesinato, ni siquiera un suicidio. Esto no puede estar penado, piensa. Pero, ¿bastaría que me lo cargara con un solo golpe?, ¿serviría de algo? Y, si lo entierro, ¿sería ecológico? Seguro que no. Sus pensamientos derivan al absurdo.
            ―Tienes suerte niño listillo ―contesta finalmente y se levanta. Se dirige a la entrada y con firmeza, casi con ira, clava la laya en el pequeño recinto exterior, donde quiere plantar rosas. Trabajar con firmeza le hace sentirse mejor. Por un momento se siente solo y libre. Está intentando aprender a desviar los pensamientos y transformarlos en fuerza. A veces se ríe de si mismo cuando considera que si algunos de sus pensamientos se trasmitieran a la tierra igual ésta se volvería yerma, o igual fructificaría con los mas extraños vegetales. No sabe que saldría si enterrara a ese niño. ¿Otro él?
            ―¿Y el tema pareja, cómo lo llevamos? ―interrumpe el silencio el niño.
            ―¡Genial ―dice sarcásticamente el hombre―-, sabía que la pregunta saldría. Tu obsesión de siempre. En este momento, nada. Se está muy bien así, ¿sabes?
            ―Si, ya veo lo bien que se está. ―habla ahora con tono irónico, como canturreando― Y te alquilas una parcela para ocupar el tiempo, ¿no? Lo veo genial. ¡Ohhhh! ¡Qué excitante! ¡Wow! La ilusión de mi vida, ¡un huerto!
            ―¡Oye!, ¿qué pasa?, ¡tú no tienes ni idea! Siempre pensando en lo mismo. Tan imaginativo como te crees y eres más clásico que las monjas del seminario. No se vive de ilusiones, colega, ni de fantasías. Puedes creerte lo que quieras, pero el que tiene que lidiar con las cosas ahora, soy yo. Qué bien se critica desde el tendido de sombra.
            El niño vuelve la cabeza y lo mira fijamente.
            ―Eres un manta ¿sabes? A estas alturas tenias que haber visitado Canadá, tener pareja y dos niños y un coche descapotable. ¡Y ser astronauta!, ¡joder! Mira que lo deseé, mira que lo pensé y lo calculé todo. Y ahora te veo y, ¿qué me encuentro? Un mísero funcionario, solo y dedicado a plantar lechugas. ¿Es que no me esforcé lo suficiente?, ¿es que no lo soñé con suficiente fuerza?, ¿con qué derecho te has cargado todas mis ilusiones? ¡Me lo debes capullo!
            El rostro del crio enrojece. Unas lagrimas retenidas explotan ahora en las mejillas calientes. Golpea el suelo con fuerza. Vuelve a remover el terreno haciendo saltar la tierra.
            ―¡Inútil!, ¡eres un inútil! ― grita el pequeño.
            ―¡Yo a ti no te debo nada, imbécil!, ¿¡te enteras!? Eres tú el que me ha hecho la vida tan complicada. Tú, sí tú, capullo. ¿Quién te pidió que fantasearas tanto?, ¿quién quiere ser como tú querías ser? Tendrías que dejar de quejarte, que es lo que siempre hiciste y aprender a construir. Los deseos no bastan estúpido ¿Te parece poco lo que he conseguido?, ¿lo que soy?, ¿no te parece suficiente un huerto?, Pues te jodes. A mí me parece mucho, estoy encantado con él. Y si quieres venir por aquí será para trabajar y para ver cómo crece. Eres un insatisfecho. ¡No te aguanto!
            El niño escucha arrodillado en la tierra. Siguen discurriendo lágrimas por sus mofletudas mejillas. El hombre continúa el trabajo, malhumorado. Se siente contemplado pero no se mueve. No sabe si se ha pasado. El niño termina por acercarse y le tira del bolsillo del pantalón. Él deja el trabajo y lo mira. Le asoma una sonrisa y le dice: 
            ―Venga, no discutamos. Nos queda todo el tiempo juntos. No se vive de ilusiones, ¿sabes?, y las cosas cuestan. Más de lo que puedes imaginar. No se consigue lo que se quiere, lo importante es no dejar de luchar por lo que se desea. Lo mejor es la lucha, no el resultado ―hace una breve pausa y continúa­―. ¿Sabes?, sigo haciendo maquetas, como te gustaba. Estoy a punto de terminar la Enterprise, la original, y me ha quedado de lujo.
            ―¿Puedo plantar algo? ―dice el crio con voz entrecortada y temerosa.
            El hombre le acaricia la enmarañada cabeza.
            ―¡Desde luego! Ven y te doy los plantones.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Reseña: "De tal padre, tal hijo" de Hirokazu Koreeda



Título: Soshite chichi ni naru (Like Father, Like Son)
Año: 2013

Duración: 120 min.
País: Japón
Director: Hirokazu Koreeda
Guión: Hirokazu Koreeda
Premios:
2013: Festival de Cannes: Premio del Jurado
2013: Festival de San Sebastián: Premio del Público
Calificación: Muy buena. 8 sobre 10


Ambientada en un Japón moderno pero en el que aún persisten fuertes tradiciones, es esta una película que difícilmente os dejará indiferentes.

Un error médico lleva a dos familias a entablar una relación tan poco deseada como ausente de discrepancias. El director acentúa la diferencia entre los mundos de las dos familias para servir de fondo y remarcar el dilema al que se han de enfrentar y que no desvelaré aquí.

Aunque es la historia de seis personajes, dos parejas y dos hijos, el eje se centra en uno de los padres, Ryota, arquitecto y hombre exigente dedicado casi por entero a su trabajo, que es el personaje que sufre un verdadero arco de transformación a lo largo de la trama y en cuyo comportamiento se centra el director para plantearnos las cuestiones que encierra la película.

Historia de emociones contada con suavidad, a veces con lentitud y muy centrada en detalles e imágenes. A mi me ha gustado mucho la casi constante visión de los rostros de los personajes. Aunque hay escenas de exterior se utilizan bastante los espacios cerrados donde los actores destacan sobre el fondo. Como espectador occidental me resultaron extraños algunos comportamientos ajustados a la forma de ser y vivir nipona. Se observa la persistencia de las tradiciones que entre otras cosas lleva a mostrar un papel subalterno en la mujer, más evidente en una pareja que en la otra. También observé alguna falta de expresividad en los momentos clave de la película que de la misma manera hay que achacar a la diferencia de costumbres. 

En esta película Koreeda, más que centrarse en los dos niños y aun sin que estos pierdan peso, se orienta al debate emocional y a los interrogantes a los que se enfrentan los padres, especialmente en el caso de Ryota, protagonista indiscutible de la película, y su esposa Midori.

No son pocas las cuestiones que plantea el filme. La importancia de los vínculos de sangre, la definición de lo que es, puede o debería ser un buen padre, el tiempo y su uso como bien más preciado o el sinsentido de muchas expectativas paternas son algunos de los elementos que se pueden analizar tras ver la película.

Pero será mejor que la veáis. Una excelente película que hace pensar y que se presta a un buen debate. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La sonrisa


 
 
―Leeré hoy un relato que me mandó hace poco una persona y que encierra un pequeño misterio humano ―dice la profesora a los jóvenes que la escuchan con atención.

                "Levantarse cada día a las cinco y media de la mañana no es natural y no hay cuerpo que se acostumbre, pero el de esta mujer está cerca de conseguirlo. Y  no es un despertar de esos en que puedes ponerte a mirar las musarañas del techo creyendo que eres una lechuga, no, es necesario activar, y muy rápido. Y ella lo hace.

                Toma una ducha urgente, de esas que uno consideraría media,  pero le ha pillado tanto vicio que la esponja va sola; un peinado ágil, el albornoz y a la cocina que hay que preparar el desayuno. Mira el móvil sin intención de contestar todo lo que encuentra. ¿Cómo hay gente que madruga tanto?, ¿o es que trasnocha todos los días? Abre la nevera y comprueba con horror que la leche se agotó. ¿Con qué más se puede hacer el Cola-Cao? Con una agilidad mental digna de las once de la mañana, recuerda los batidos  del concurso de saltimbanquis de ayer. ¡Joder!, están en el coche. Dos segundos para reflexionar y aparece por la puerta Silvio, el gran Danés que ama con locura pero que sigue sin entender que de lunes a viernes la prioridad no puede ser él. Detrás surge Pepa, su hija. Soñolienta, restregándose los ojos con los puños. Es una campeona, ya se despierta sin que tenga que llamarla y con tan solo verla su batería se pone a tope.

                ―Buenos días, chiquitina.

                La besa con delicadeza y le pide que vaya al baño a arreglarse. Mientras la niña desaparece obediente, se enfunda en la ropa que preparó anoche. Coge la correa de Silvio y a toda velocidad, abrochándose los últimos botones, baja en el ascensor. Tras pillar los salvadores batidos y anotar en su inmenso disco duro que hoy toca Mercadona, persigue al perro que a pesar de conocer perfectamente el territorio se dedica cada día a descubrirlo de nuevo. Mira el reloj; las seis y cuarto. "Te doy cinco minutos. Si no, hoy te lo haces en la casa". El perro, obediente, tarda exactamente cuatro en detenerse en el lugar más indiferente y soltar sus necesidades. Bolsa y a la papelera. De nuevo al ascensor.

                Al entrar, la niña ya está casi arreglada. Es maravillosa, piensa. La ayuda un poco porque tiene por costumbre darse con la toalla veinte veces por la cara pero nunca se limpia detrás de las orejas. No sabe cuándo se hará consciente de que ese lugar, como Teruel, también existe.

                 Por fin se ponen a desayunar. El batido ha cumplido su función. Mientras toma cinco escasos sorbos de café, mira el móvil. Tiene ochenta y tres wasaps y doce avisos de Facebook. Comentando algunas cosas con su hija y dejándola que termine, se acerca a regar las plantas pero tan solo se ocupa del tomate por el que está luchando, las otras esperarán al mediodía que tampoco hace tanta calor. Ligerísimas líneas de pintura, mínima capa de maquillaje, colonia y a correr. Coge las cosas, la mochila y al ascensor.

                ―Mamá este viernes tenemos la fiesta del profesor ―dice Pepa.

                El ascensor es ya como un anejo a la casa, como el coche o la compra en el supermercado, lugares para compartir información― hay que ir disfrazados de asignatura.

                ―De asignatura ―afirma sintiendo un vahído por dentro. "El puto día del profesor de los cojones. Y tiene que ir de asignatura. Manda huevos".

                ―Y esta tarde toca violín, mamá ―continúa la hija.

                ―Claro cariño, luego te recojo y vamos. Ya te invento lo del disfraz.

                El recorrido al cole es corto. La deja en la puerta tras darle dos besazos y verla sonreír y tira para el curro. Las siete treinta. Bien. Otro madrugar superado. Pone un poco de música pero pensando todo lo que tiene que hacer, al llegar no sabe si ha escuchado a Beethoven o a Camela.

                En la oficina, la rutina le permite un poco de descanso, aunque con los recortes y la cara dura de algunos, siempre encuentra la mesa llena de carpetas. Además, el lunes se dio de baja Esther, por lo visto tiene la uña del dedo meñique del pie distendida. Debe ser grave, piensa con ironía porque se anuncian tres o cuatro semanas de baja. El jefe se hace el loco pero manda que las carpetas de la afectada lleguen a su mesa. Maldice. Con buen ritmo, a toda velocidad, las va repartiendo por los despachos. Podría protagonizar una peli como la Flash femenina. Lo hace tan rápido que ya se discute en la oficina si sale o no sale al pasillo. Unos afirman haberla visto, otros que no lo han conseguido lo niegan. La discusión sobre sus supuestas apariciones la han convertido en una leyenda urbana de la empresa.

                En el tiempo de desayuno, revisa el móvil. De los wasaps tiene:

                Quince del grupo de padres.

                Diecisiete del grupo del taller de escritura. Esta gente no para.

                Quince del grupo del gimnasio.

                Veinte del grupo del conservatorio.

                Doce del grupo del huerto...¿un grupo del huerto? ¿Desde cuando estoy yo en este grupo? 

                Ocho del grupo de la cerámica.

                Diez del grupo de la cerámica del cumple de la profesora. Cuidado con no confundir y fastidiar la sorpresa.  

                Los mira por encima y pasa a otros mensajes sueltos de algún amigo pesado. ¿Cómo se nota que te puedes tocar los huevos con todo el tiempo libre que tienes, cabrón?, piensa y contesta amablemente pero con pocas palabras.

                La mañana pasa con rapidez, pero al menos le permite tener la cabeza en otro lado. Su buena amiga Nuria le ha mandado una nueva foto de Sean Connery para alegrarle la mañana. Cómo la conoce. Desde siempre, aunque le de corte contarlo, es la referencia que la haría abandonar todo. Aunque sea imposible tenerlo, ese será su amor de siempre. Todo el mundo tiene derecho a tener un sueño, se dice. Pero despierta pronto para recordar la fiesta de disfraces de la prima; el arreglo del techo de la cocina; llamar a su cuñada para lo del centro de flores; pedir cita en el veterinario; pedir cita al dentista; pedir cita en el banco para pedir dinero para pagar la cuenta del dentista y del veterinario.

                Cuando la gente se va marchando se calienta un pequeño Tupper con la sopa de ayer. Una infusión y cuatro o cinco cucharadas son suficientes, o a ella se lo parecen. Con la otra mano ha estado leyendo los apuntes del curso de tributación que esta haciendo con sus compañeros.  

                Sale escopeteada a recoger a su hija y camino del conservatorio charla un poco con ella. Hoy tuvo una pelea con su compañera de pupitre, su mejor amiga. Está enfadada pero le hace ver que hasta con las personas más queridas se puede discutir. La niña es bastante adulta y puede mantener largas conversaciones con ella.

                Llegar al conservatorio y aparcar es como querer ir un domingo de agosto a la playa y poner la sombrilla en primera fila. La solución está cinco calles más allá y paseo rápido. Menos mal que está ágil. ¡Que hablen luego de las gimnastas olímpicas!

                Mientras su hija asiste a clase, se sienta en la cafetería y llama a su hermana. Ésta le propone que se encargue de la fiesta de la abuela. Trata de resistirse pero se deja llevar. Es fácil de convencer. Doce invitados, lunch frio, sí, la tía Encarna la diabética viene. Termina la conversación y busca algunas cosas por internet. Vuelve a mirar lo del grupo del huerto y decide quedarse, pero hay otro mensaje que la hace temblar. Como contacto pone "vecino": "Hola. Necesito hablar contigo porque me ha salido una mancha de humedad en el baño. Llámame, por favor, es urgente". Comprueba que tiene tres llamadas perdidas. Se le corta el café que está tomando. Piensa en el fontanero y se enfada al no encontrarle ya ningún atractivo sexual, más bien le vienen a la mente tormentosas pesadillas.

                En menos que canta un gallo, la niña sale de clase. Ahora contenta, el violín le viene genial. De nuevo al coche y directos al Mercadona. Con esto del cambio de hora la tarde se termina volando. Justo antes de entrar Pepa le vuelve a preguntar:

                ―Mamá, ¿de qué me voy a vestir para la fiesta del profesor? ―Si no fuera porque eres de mi carne te mataba ahora mismo, cariño, piensa en un arrebato de ira que desaparece enseguida.

                ―De Matemáticas, irás de Matemáticas ―contesta. Ha desarrollado un sexto o séptimo sentido, ya no sabe cuántos tiene, para solucionar estas continuas problemáticas infantiles. Hoy hay suerte, su hija no dice nada. No ha saltado de alegría pero tampoco ha puesto pegas. Suspira tranquila.

                En el Mercadona. ¡Joder, cuánta gente! El carrito, leche, Cola Cao, margarina, queso, yogures, zumo de melocotón, lechugas y tomates, calabacines... Algunos empleados la miran a veces con cara sorprendida porque ha desarrollado tal habilidad para la compra que hacerlo mecánicamente es decir poco. Se conoce al dedillo la distribución de la mitad de los Mercadona de la ciudad y, cuando entra en alguno que no conoce, sabe perfectamente  sus criterios de ubicación.

                Paga y corren hacia el coche. Aun queda por comprar comida para el perro, tierra para las salamandras y barritas de comida para las cacatúas. La tienda de animales de al lado se lo facilita todo. El dependiente vuelve a tirarle los tejos. ¡No se cansa el hombre este!

                Vuelta a la casa, las siete y media. Quería haber llegado más temprano. La niña toma unas piezas de fruta viendo la tele, ella, unos frutos secos mientras coloca la comida en la nevera, recoge la colada, pone la colada; vacía el lavaplatos, pone el lavaplatos; hace las camas. Las ocho y cuarto.

                Llama al vecino que la amenaza con ponerle una denuncia pero le hace entrar en razón. Llama al seguro. Necesitan mirar en tres ocasiones, tres personas distintas, para verificar que su seguro solo cubre las labores de fontanería, no la pintura. Maldice, no se lo explica pero da el parte. Le manda un wasap al vecino y le dice que lo llamará el perito. Lo de la pintura se lo calla.

                Recibe una llamada de Movistar y cuelga.

                Recibe una llamada de El Corte Inglés y cuelga.

                Recibe una llamada de Seguros la Maravilla y cuelga.

                Recibe una llamada de La Cofradía de los Santos Nazarenos Verdes y cuelga.

                Recibe una llamada de la Congregación de los Dolores Indemnes de María la del tercero y cuelga...¿Y esta gente de qué tienen mi teléfono?

                ―Chiqui, los deberes...

                Se ha puesto a estudiar Historia. No solo quiere dedicarse tiempo sino que compartir los ratos de estudio con su hija la reconforta y hace mejor su comunicación. Terminan los deberes y al baño. La pequeña casi se lo prepara ya pero tiene que controlarle la temperatura. Fijada, la deja juguetear un rato. Mientras tanto, saca los cubiertos recién lavados, tiende la ropa y prepara la cena.

                Después le deja media hora más de tele. Mientras tanto le da tiempo para preparar la ropa del día siguiente y planchar un rato. Mientras alisa la ropa piensa en el disfraz de asignatura. Números..., cruces..., le hará una tabla de multiplicar de madera, unas gafas de infinito de cartón y una corbata enorme llena de fórmulas.

                A las nueve y media, como cada día, cuesta hacer que Pepa quiera terminar la jornada. Promete grabarle lo que queda del capítulo de hoy. La pequeña cae pronto. Mi niña está derrotada.

                Nueva vuelta con el perro y al subir cuenta con unos minutos de tranquilidad que van en contra de los que tiene de sueño, su eterno dilema diario. Plancha la ropa y prepara la mesa del desayuno. Revisa que a ningún miembro de su hábitat le falte agua, besa a la cría, la contempla por unos minutos y se acuesta. Lee unas páginas del libro que tiene entre manos. Es de lo más interesante pero resiste poco. El sopor la va diluyendo y sus párpados caen como losas de seda.

                Y una amplia sonrisa se dibuja en su boca."

 
                Terminado el relato, uno de los alumnos mira a su profesora con cierta sorpresa, como esperando algo más que no llega.

                ―¿Y cuál es el misterio? ―pregunta intrigado.

                ―Que siendo una historia cotidiana y real, termine con esa sonrisa.