El
paraguas roto, los tacones demasiado altos, mi peinado arruinado, justo ese día
que había ido expresamente a la pelu; yo escopetada saliendo del trabajo,
llegando ya tarde para mi cita con Andrés, y ni un taxi a la vista. No os podéis
imaginar un escenario peor para ese 14 de febrero. Y encima, era el primero en que
por fin iba a compartir la cena con alguien que no fuera de mi familia (ya
sabéis, mis abuelos, que se apuntan a celebrar todas las fiestas del
calendario, estén o no aceptadas por la Santa Madre Iglesia; o mi prima Sofi,
que el año que coincidía que no tenía pareja montaba una gran fiesta de San
Valentín que luego, con novio, echaba mucho de menos).
Andrés
me esperaba en un restaurante de cerca del centro de la ciudad, de esos donde
hay que reservar con semanas de tiempo, y también iba a ir directamente desde
su curro. Y yo desesperada, buscando la parada del bus que pienso que me puede
dejar en la puerta. Hay una cola tremenda bajo la marquesina del C2, pero por
suerte el autobús llega justo entonces. Corro pisando todos los charcos y
arruinándome las medias, pero llego; entro la última. Pego tal zancada que me
reviento una de las costuras del vestido. ¡Si es que debería haberme puesto los
vaqueros de siempre! Rebusco en mi bolso clutch
y no encuentro mi bono; así que tengo que pagar el billete y el conductor
no tiene cambio. Dejo el bolso un momento junto a la máquina esa de validar los
billetes, la canceladora o como se llame, y pido al pasajero más cercano que
por favor me cambie mis cincuenta euros por algo más pequeño. Me responde con
un gruñido y desvía la mirada a las gotas de lluvia que le caen a chorro desde
mi paraguas mal cerrado, y me disculpo. Una señora muy amable me cambia los
euros, y puedo al fin abrirme paso hasta casi el fondo. Genial, hay un asiento
libre junto a un hombre con muchas bolsas, y me planto allí. El señor parece
muy enfadado conmigo porque le hago mover los bártulos, pero es que los tacones
me están matando.
Intento
colocarme el flequillo en su sitio, me repinto los labios pero no, no me sale
como a Sofi. Se me cae el espejo. “Por favor, que no se rompa”, pienso
desesperada. No quiero tener siete años de mala suerte solo por esa tontería,
que ya me pasó una vez. Me agacho, lo veo; se ha caído dentro de una de las
bolsas de mi vecino de asiento.
–Disculpe,
es que se me ha resbalado y ha caído ahí– le digo porque hace amago de hacerse
una barricada con sus bolsas, como si yo fuera a robarle nada.
El
bus frena bruscamente; ¿es mi parada? Sí, distingo las luces del parque entre
el aguacero. Poca gente se baja allí. Tengo que levantarme a toda velocidad y
gritar al conductor, “¡Espere!”, y salir disparada a la puerta. Bajo del bus y
piso una mierda de perro; me pongo a reír casi histérica hasta que recuerdo que
eso da suerte. La lluvia amaina algo, busco un árbol para apoyarme y quitarme el
zapato. ¿Dónde están mis kleenex? En
mi bolsito. ¿Y el bolsito? Dios, tengo el estúpido paraguas bien agarrado,
¡pero he olvidado el bolso en el autobús!
Miro
la hora en el reloj de la farmacia de enfrente, rescato una hoja grande del
suelo junto a mi árbol y me limpio la suela con ella; busco otra para rematar
la faena, otra más para limpiarme las manos. Al menos este arbolito me ha
ayudado, y no le ha caído ningún rayo. Visto lo visto, Cupido quería matarme
hoy, pero de momento estoy sobreviviendo.
Camino
hacia el restaurante; no veo a Andrés. Once meses de novios, y no es capaz de
estar a tiempo ahí; no digo con una rosa roja en la mano, sino simplemente ahí,
ahora, justo cuando necesito consuelo para compensar el día que llevo. No tengo
móvil para llamarlo (ni pintalabios, ni monedero, ni pañuelos, ni mini-botiquín,
ni caramelos, ni los chicles con efecto blanqueador, ni –cielo santo– ¡mi
diario!), aunque las llaves sí, porque las guardo en el bolsillo del chaquetón,
menos mal.
Andrés
llega a los dos minutos, me consuela con un abrazo XXL.
Esa
misma noche me pide que nos casemos. Me trae una sortija preciosa. No se
arrodilla como en las películas, porque viniendo para acá acaba de tener un accidente
con la moto y por suerte no se ha hecho daño, aunque la pierna le ha quedado
hecha un mapa.
Mi
bolso con casi toda mi vida, a cambio
de un San Valentín pasado por agua, por mierda y por una petición de matrimonio
hecha por un chico maravilloso que podría no haberlo contado. No se me dan los
negocios, pero me parece un buen trato. Gracias, Cupido.
¿Qué decir de tu relato? Los detalles lo hacen encantador (lo que le sucede a la protagonista en el autobús es tan real...) Es un lujo tenerte en el blog, Ninqisse.
ResponderEliminarPor mucho que lo lea no me canso, en cuanto empiezo puedo ver con claridad la escena, algunas gotas de lluvia han golpeado mi pantalla del ordenador. Gracias por el relato.
ResponderEliminarLas reflexiones de la protagonista me parecen tan reales que me pregunto si lo has vivido. Me gusta mucho. Cuánta perdida potencial contenida en el bolso de una mujer. Gracias
ResponderEliminarGracias a vosotros. Y no lo he vivido. Aunque una vez rompí un espejo. Hace más de siete años, por suerte.
ResponderEliminarQue historia tan conmovedora y divertida al mismo tiempo.
ResponderEliminarUn cuento estupendo que te lleva por las desgracias encadenadas en un día de esos nefastos que a veces todos tenemos. El truco del éxito creo verlo en haber elegido, para la narración, la primera persona y el presente del indicativo, con lo cual el personaje se nos acerca, está delante de nosotros: desde luego que se moja y pisa lo que no se debe pisar del perro.
ResponderEliminarQué bien que está Ninqisse!El ritmo es arrollador, los sucesos se ven, el personaje es fresco y está lleno de vida. Se puede leer todas las veces que uno quiera.
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