Se acercó al ventanal del salón y se sentó en la mesa en la
que más sol daba. Sacó la libreta amarilla y el bolígrafo, dispuesta a escribir
el principio de una historia. Se olía el mar en todos los rincones del centro Santa
María del Descendimiento. Pero ella, a pesar de llevar 78 años viviendo enfrente del Mediterráneo,
no había dejado de maravillarse ni una sola vez cuando se asomaba al inmenso azul,
de cómo brillaban mil diamantes en su superficie, incluso cuando estaba nublado.
Si hubiera creído en los milagros, el mar le habría parecido uno. Pero ella no
creía en nada, de nunca. Sólo se oía el vaivén de las olas o, al menos, ella
solo oía el vaivén de las olas. Hacía tiempo que tenía atención selectiva, uno
de los pocos privilegios de la edad.
A lo lejos, a veces se veían delfines cruzando el horizonte. Su abuela
siempre decía que cuando cruzaban manadas de delfines, las mujeres se quedaban
embarazadas. En cuántas cosas creía su abuela, de siempre. Pero, hoy, se veía
una plataforma petrolífera que viajaba dirección Almería arrastrada por dos
barcos gemelos. Qué curiosidad le producían las plataformas aventureras. Las
que, después de muchos años, cambiaban de destino, levaban anclas y se iban con la música a otra parte. Con esas raíces tan
difíciles, tan hostiles. Eran islas de hierro en mitad de la vida. ¿Qué le esperaría
a esta? Cuántas historias de humanos especiales habrían empezado y terminado
sobre ese esqueleto de metal. Esos humanos con las emociones amplificadas, como
gritadas por un megáfono o, al contrario, adormecidas bajo la piel. Cómo
le gustaría entrevistar a alguno.
Bajó la mirada y se acordó de para qué se había sentado.
Principios… claro. Llevaba toda la vida escribiendo principios. Era su
especialidad. Había escrito principios muy buenos, principios mediocres, y
principios que no daban pie ni a terminar el “érase una vez”. Había escrito el
de la niña feliz y querida, el de la adolescente a la que se le revolvió el mundo,
el de la universitaria inadaptada, el de la joven que fue a escribir principios
a muchos países diferentes y el de la mujer a la que se le acabaron los principios.
Le había inventado principios a Marta, la caníbal de hombres; a Helena, la que disfrutaba
llorando en el cine; a Petra, la valiente que no tenía miedo a nada; a Laura,
la que se apuntaba a cursos de cualquier cosa para sentirse parte de la manada;
a Patricia, la que frecuentaba casas de orgías; a Alicia, la insegura que
solo quería que la amarrasen con besos; incluso, a Cari, la que quería ser
madre.
Había escrito montones de capítulos y todos titulados “capítulo
1”. Siempre en la misma libreta, una libreta enorme con miles de páginas,
amarillentas y con el papel desgastado de tanto manosearlo. Se había
beneficiado de la magia de la escritura para reinventar, si un principio no
funcionaba, solo tenía que volver a pasar la película y reescribir la versión. Pero
nunca había conseguido escribir más de un folio, no había podido pasar de esa
longitud. Por más que lo intentara. Por más psicólogos a los que hubiera
visitado. Por más historias que hubiera leído y observado. Por más que hubiera
crecido. Tenía la sensación de que todo el mundo sabía un secreto que ella no. Y
nadie se lo contaba. Todas esas novelas de quinientas, mil, incluso dos mil páginas
que veía en las estanterías de las librerías. Obscenas. Presumidas. Altaneras. Recordándole
a ella sus relatos de una página, de página y media. Se desesperaba, a veces un
poco, a veces hasta la agresividad hacia los demás, hacia ella misma, a veces hasta la depresión,
a veces hasta la ansiedad más dura, a veces hasta la huida, a veces hasta la nada.
Levantó la cabeza, la plataforma ya había pasado de largo,
se veía muy a lo lejos, como en el siguiente capítulo ya. Volvió a bajarla.
Érase una vez una mujer de principios…
─Señora Pilar, su medicación. ¿Otra vez ha cogido la guía
de teléfono? Por favor, devuélvala a su sitio.
Hermosura de texto. Te lo dije y lo pongo por escrito. :p
ResponderEliminarVaya pedazo de cuento que nos has regalado. Lírico, mágico, lleno de posibilidades, puesto que las historias de Alicia, Cari, etc. están esperando a ser desarrolladas. Aunque sea en una página :)
ResponderEliminarUna historia que transmite sensaciones y que sugiere otras muchas historias que están y que no están. Y decía que estaba oxidada...
ResponderEliminarMe encanta tu relato. Aunque en si mismo no lo parezca, encierra muchas cosas y está contado con un lirismo que atrapa. Enhorabuena.
ResponderEliminarQuiero leer esos principios, espero que este relato continué.
ResponderEliminarY el final me ha dejado una sonrisa por lo inesperado.
Pedazo de historia. El mismo ritmo es parte de ella. Y sorprendente; aunque no debería haberme sorprendido porque el ritmo te va dando una vida en la que el personaje no es absolutamente libre, por algo, lo que sea.
ResponderEliminarDiego A. Nieto Marcó