Eran las dos
de la tarde del treinta y uno de enero de 1895 cuando la comitiva del Embajador
marroquí salió del Hotel Rusia, situado en la carrera de San Jerónimo, para
dirigirse al Palacio Real, donde sería recibido por la Reina Regente. El
objetivo de la visita del diplomático, encomendado por el Sultán, era el de
negociar una moratoria formal en el pago de ciertas indemnizaciones de guerra.
La carrera de
San Jerónimo con sus llamativos horizontes, la Puerta del Sol a un lado y la
Plaza de las Cortes al otro; la calle más ruidosa, alegre y animada de la
capital, deslumbraba con el colorido de los uniformes de la escolta del
embajador africano, y con el dorado de las carrozas para transportar a la
comitiva. Era tal la expectación que la gente se agolpaba en las aceras,
aguardando con impaciencia, curiosidad y cierta hostilidad (por los últimos
enfrentamientos entre ambos países) el desfile del cortejo hacia el real
alcázar.
El embajador,
envuelto entre los pliegues de su blanco ropaje, presentaba un aspecto de
anciano venerable de larga y cuidada barba; le acompañaba su secretario, un
joven de rasgados ojos que brillaban en su rostro de piel de azabache. Junto a
ambos caminaba, discreto, el consejero de la Reina Regente que los acompañaba
desde su llegada a Madrid.
En el momento
en que el embajador bajaba la escalera del hotel y se dirigía a ocupar la
carroza de gala, alguien se destacó del grupo de curiosos que se agolpaban en
la entrada. Se trataba de un general retirado, que salía de almorzar, como tenía
costumbre, del restaurante del Hotel Rusia; y que al ver al embajador; se
acordó de un amigo suyo, un general que falleció hacía unos meses en la última
brutal contienda; pronunció algunas palabras en árabe; creyó que el enviado del
sultán le contestaba con un gesto de desprecio y le asestó dos sonoras
bofetadas. Un hilo de sangre resbaló por la nevada barba del anciano que
intentó responder al ataque, haciendo ademán de sacar algún arma que guardaría
entre su holgada vestimenta, pero el secretario le detuvo interponiéndose entre
él y el agresor.
La primera
reacción del embajador fue suspender inmediatamente la gestión diplomática que
se le había confiado y regresar a Marruecos aquel mismo día. Sin embargo, tras
una larga conversación con su secretario y el consejero de la Reina Regente, en
la que hubo tiempo para que se recibiera la profunda impresión que la noticia
del agravio había causado a la Soberana y su condena enérgica a tal agresión a
un diplomático, ordenó a la comitiva iniciar la marcha hacia Palacio. El
embajador se mostraba visiblemente contrariado y nervioso, por lo que no pudo
pronunciar el discurso protocolario y hubo de hacerlo en su nombre el
secretario. Terminada la ceremonia, la Reina quedó a solas con el embajador y
volvió a manifestar su rechazó a un acto que desmentía la hospitalidad del
pueblo madrileño y que el general debía tener perturbadas sus facultades
mentales. Sólo esta circunstancia podría explicar el absurdo atropello cometido
contra el anciano embajador. Durante la reunión se habló que las relaciones
hispano marroquíes acusaban en aquella ocasión síntomas evidentes de tirantez.
En los días
posteriores el Gobierno y el Cuerpo diplomático, los partidos políticos
representados en ambas Cámaras, las autoridades de Madrid, desfilaron por el
Hotel Rusia en visita de desagravio. El Congreso y el Senado declararon
oficialmente su repulsa “por el incalificable ultraje inferido en la persona
inviolable de un embajador…”. Los salones aristocráticos de Madrid abrieron sus
puertas a la embajada del sultán de Marruecos, mientras que el agresor, el
general de brigada, antiguo coronel de infantería que fue detenido y llevado a
la prisión militar, inmediatamente después del suceso, permanecía aislado sin
querer recibir a nadie más que a las personas de su familia y acompañándose de
una Biblia que leía en voz alta a todas horas.
El general
fue un valiente en los campos de batalla; pero en el cuartel era conocido su
carácter intransigente, que le obcecaba de tal manera que se tomaba como agravio
todo lo que no le gustaba. La única persona que había ejercido una influencia
positiva sobre su carácter fue su difunta esposa; pero desde que la perdió
presumía de una rencorosa misantropía.
Para los
fines que perseguía el representante marroquí, los acontecimientos le
resultaron favorables, pues la agresión del general, permitió al embajador
recibir excusas en vez de darlas; la moratoria en el pago de las
indemnizaciones de guerra fue espontáneamente decretada, sin discusión ni
regateo diplomático. El hado misterioso del fatalismo islámico había conseguido
suavizar lo que en principio era un enconado problema de política exterior.
El dos de
marzo, en un día de gran temporal, partió el embajador para volver a su país
atravesando el Estrecho, el punto de embarque era Cádiz, el barco que lo
llevaría de regreso tenía por nombre “Reina Regente” y en un último gesto de
desagravio llevaría a la comitiva hasta Tánger.
Al anochecer,
tras dejar a los pasajeros en la costa africana, volvía la tripulación en el
navío, envuelto en una negra tempestad de olas gigantescas y torrentes de
lluvia. Durante días los estuvieron esperando en la costa europea, sin embargo
el barco nunca apareció, en vano se exploró el Estrecho de Gibraltar y se
exploraron también las cercanías del continente vecino. Al “Reina Regente” se
lo tragó el mar, desapareció entre la tormenta.
El naufragio
del “Reina Regente”, del que sólo quedó rastro de duelo, fue una tragedia. Era,
en importancia, el segundo barco de la armada española, lo tripulaban más de
cuatrocientos hombres, y el trayecto que tenía que recorrer no pasaba de cinco
horas. Varios habían sido los buques que habían naufragado en aquella zona por
el temporal, pero las tripulaciones siempre se habían salvado; sin embargo de este
no se encontraron ni siquiera restos del navío.
El misterio
del naufragio dejó impresionada a la población que llegó a pensar en artes de
brujería de los africanos como venganza por la agresión y todos esperaban que
tras este sacrificio se hubiera llegado a reparar la ofensa para así poder
seguir en paz con sus vidas.
Galad Artuile
Qué vengativos, un guantazo y se llevan a 400 marineros por delante, sí que hay que tener cuidado con el embajador. ;p
ResponderEliminarLas coincidencias de ambos hechos en poco tiempo y el imaginario colectivo lo convierten en causa-efecto (venganza), sin embargo la realidad es que la perdida de 400 personas no fue un hecho premeditado.
EliminarReflejas perfectamente como, a mi parecer, a veces nos castigamos, humillamos y tiramos por tierra nuestro amor propio por ser políticamente correctos. ¡Buen comienzo!
ResponderEliminarGracias,interesante tu visión, no me fijé en ese enfoque.
EliminarEstá basado en hechos reales?? Hay tantas curiosidades y anécdotas de la historia que pueden dar pie a relatos, crónicas, poemas... Si no es histórico, lo parece. Muy buena recreación.
ResponderEliminarEstá basado en hechos reales.
EliminarA mi me gustó porque, aunque podría parecer absolutamente inventado (no lo sé), creo que se acerca mucho más a la realidad de lo que podemos imaginar. Eso de la diplomacia y las relaciones internacionales seguro que esconde circunstancias tan surrealistas pero a la vez tan humanas y cotidianas como las que describes.
ResponderEliminarSí, a veces la realidad supera con creces a la ficción y algunas historias no necesitan más que poder contarlas incidiendo en un momento u otro de los hechos. Gracias.
EliminarEl final parece un poco precipitado.
ResponderEliminarEs algo que suele ocurrirme, seguiré trabajando en ello. Gracias.
EliminarCreo que el acierto está en la narración lineal, que lo convierte en una crónica que nos hace plantear si es historia o es ficción. Si es historia, interesante y bien tratado; si es ficción, se hace historia. Estupendo el trato del hecho en sí, ya sea ficticio o verídico.
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